By Juan re-crivello

La parada de la estación estaba clavada en el final de una colina, sin árboles, medio abandonado y recta con respecto a un paisaje ondulado y lleno de pliegues los cuales acababan probablemente en el mar. Quede con ella a las 13, llegaba 5 minutos tarde. Me pesaba el canasto que contenía una gallina joven. ¿Para qué venia hasta aquí? Me había dicho que solo deseaba verme unos minutos, que le serviría de consuelo. Pero arrastraba este bicho en mi espalda y en tantas leguas a la redonda ni un árbol. Solo sol, una brisa suave de gusto salado. Detrás mío, percibía una anemia que salía del pueblo que dejaba y los casi cinco kilómetros que debía recorre a pie para escuchar su confesión. La sotana me quedaba larga, debía hablar con el ama de llaves y pedirle un recorte de unos centímetros. ¿Cuánto hace que estaba en esta villa? ¿Cumpliría 10 dentro de unos meses?, y, aun no paraba de escuchar dentro de mi cabeza esa mezcla de pecados y arenillas –así les llamaba yo, de tanta gente angustiada: por una mirada rara; o un robo pueril; o un abandono. No pasaban grandes cosas en el corazón humano. Bueno si, cada cierto tiempo la gente se enamoraba y paria gatos o ratones llenos de musgo. Que crecían con ganas de ser egoístas y perezosos. ¡Esa era el alma de esta aldea!. La retorcida y caliente espera de sus habitantes, ante los minutos que se deshacen. Cada infeliz de esta calle y adyacentes se lamentaba, de su suerte, del precio de la carne o de la lectura tardía del periódico –al llegar una semana después. O, de cosas como el fetiche, de si los curas debajo de la sotana llevábamos aquello que ellos cuidaban sin acierto y ellas arañaban en las largas tardes de invierno. Es que, si algo les gustaba a mis amados era esa pereza sexual, la cual intercambiaban a escondidas unos de otros. Pero en el confesionario primero lo balbuceaban y luego lo escupían impulsados de la culpa ante tanto enjuague generoso y traición… continúa.

¡Al fin! Había llegado. Pude ver que ella estaba sentada al final del pasillo. Su maleta, una cabellera rubia, lisa y vuelta hacia atrás. Y una cara alargada y nerviosa. Le salude, un beso en la mejilla fue su respuesta. Deje la cesta con la gallina a su lado. Ella le miro, para preguntar: “¿Y esto?”

“Es para ti, de parte de tu abuela –dije. A dónde vas te hará falta” –agregue con cierta confianza sin intuir donde estaba el final de su billete. Ella sonrió, para responder:

“En aquel sitio no necesitamos aves para tamaña empresa”. Yo no me di por aludido, aquel bicho se quedaba allí o se lo llevaba, pero no lo cargaba de nuevo  otros 5 Km. “¿Tienes todo”    –pregunte.

“Si” –dijo ella y agrego: “¿cuándo vendrás?”.

“Yo ¿irme para allí? Tu sabes que tengo una misión aquí”.

“Pero podrías dejar la sotana y marcharte sin más”. En esas palabras intuía una invitación, un ruego que me llevaba a un territorio que desconocía. Ya había aceptado –en los últimos meses, ir de su mano hasta la laguna detrás de la iglesia y allí había desatendido mis valores, a mi Dios. No me sentía con fuerzas para ir mas allá del desanimo que me mortificaba. Ella acerco levemente su mano y la entrelazo conmigo. Una ola gigantesca de amor me asfixio y detuvo en un espacio fuera de la pena y la culpa. Allí no sentía nada más que silencio y tranquilidad. Dije: “si”. Pero estaba aterrorizado.

“¿Si qué? –pregunto ella. Mire la ondulación que nos llegaba por el otro lado de las vías, se levantaba marrón y clara ocultando tras de sí el mar. La gallina a nuestros pies,  podía ser estúpida o culta, no me importaba su estado, ni su empacho de granos. La abuela le había alimentado  para aguantar un siglo, hasta que su torpe razón le dejara en un sitio para remontar, ¿o tal vez intuía mi indecisión?  El calor de su mano destruyo mis dudas:

“¿Dónde?” –volví a insistir.

“V. Ssalin, 38. En la península de Kola. ¿Vendrás?”  “Si” –respondí.

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