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 Este artículo es antiguo… pero me gusta -j ré.-

La hoja en blanco me mira, en agosto, entre el calor y los recuerdos que aun cabalgan no puedo más que soplar en voz baja. La carencia de espíritu se ha apoderado de mí. Es como un vago que retrasa la limpieza del wáter hasta que de su interior crece una maleza verde que capta a cualquier bicho que vuela por su alrededor. En ese estado de postración pero de convulso interior nos encontramos. Nada nos calma, ni el sexo violento, ni un beso pasajero, ni la visita al súper para comprar bajo pretexto de reponer. La calma chicha que amamos crea futuras tormentas de gran violencia. A las señoras y señores que les domina el hacer no lo padecen. Limpian, comen, ofrecen una cola y hasta se montan en un breve aparato que rema sexo. Pero los amantes de la haraganería, de las ilusiones atrevidas pero sin final, no entienden este talento de hacer. Esta vacuna que al nacer algunos se saben poseídos y cuando la vida les reclama el regreso se les hiela el alma.

Ellos o ellas, estan poseídos de la fuerza innata de crear objetos o empresas, o fincas, o nervios de acero que la sociedad les reclama. Y así se desvanecen por una enfermedad o una insistencia en recogerles de regreso. Los angustiados, viles o lentos del espíritu asistimos y si nos reclaman nos vamos igual, pero sin obra ni procesión que nos llore.

Elija el grupo al que pertenece. En uno dan medallas, en el otro a lo sumo, dos amores le despiden.

Nota

Inspiran este artículo:

La muerte de Rosalía Mera fundadora de Zara, o un agradable hombre que lucha por sobrevivir al que visite ayer por la tarde.

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