By j re crivello

Alborotado, solitario, con otra u otro. Molesto por un final tan austero, satisfecho por tanto ejercicio de besos. O rítmico, es decir puro ejercicio para resolver nuestra propia necesidad…

Y cada escuálido compromiso nos pone ante un con- tacto y este puede ser mísero o atrevido. Aunque detrás esta nuestro corazoncito a la espera de ver en el otro una mirada de aguamarina, tierna y caprichosa.

Si no lo hacemos a gusto no amamos. Somos tan animales que el bocado cultural esta después. Si nuestro partenaire se levanta y sabe a un sudor extraño aquello se ha ido al garete. Si ella lleva unas bragas de tormenta, nuestra libido crece y explota, pero como lleve un correoso cinto de cartón piedra estaremos perdidos. ¡Perdidos!. Y si es él, donde creímos que sabía a menta vemos que una vez de pie, al observar su espalda lisa y caprichosa, y ver como comienza a hablar de la tan jodida Republica del futbol, ¡crack! es cuando sin sentido repasamos en la agenta hasta los maridos de nuestras amigas ¡para reemplazarle!

Los femeninos o masculinos nadamos entre la espalda cargada de amor y el sueño de que este tipo o tipa que rogamos este de muerte. Me ha enamorado   -decimos. ¡Me pone!  –nos reafirmamos. Y ya puestos, salimos como locos a la búsqueda de aquel espacio para alojar nuestro próximo encuentro.

Pero el sexo decae, o sufre los cambios de nuestras necedades. Y le intentamos sustituir por el ritmo, el ejercicio.

“Siempre después de hacer el amor, me levanto y hago ejercicios al lado de la cama para impresionarla”.

Decálogo real contado por un tierno amigo de Universidad ¿te acuerdas Adrián P? El paso de los años le habrá calmado. El entendía el sexo como un ejercicio, en la cama y en el post coito.

Los femeninos y los masculinos nos medimos alrededor de este termómetro. Desearíamos decir, que el liguero estimula, pero nuestro con-tacto aún más.

Desde antiguo, sexo y amor van unidos, parece que actualmente el adecuado ejercicio nos ha liberado del amor. Están de moda los gimnasios, el ponerse en forma… o mantenerla. Pero los románticos anhelan-mos

Aquel estúpido silencio. Aquella mirada de intriga, aquel deseo de transformar la cita en un capital de amor.

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