by J re crivello    imagen by John Maloff

Con una mirada puesta en alguien que llegara y pedirá algo, o con una sopa en la cabeza que te impide correr, o sentado en un ordenador antiguo que anuncia que se va a caer el sistema y te va a dejar solo. Pero no he mirado la palabra o casi; algunos la citan por Estopa, de “estranguis” del mismo Cornellá donde viví tantos años. Una ciudad del extrarradio de Barcelona con calles y aceras para los coches y donde los peatones mirábamos de estranguis el espacio, para meter baza, nalga, o el carrito de mis dos pequeños. Pero también sería una palabra fea que define a los recién llegados, a una sociedad metida en el nacionalismo y llena de himnos y autodefensas ante lo español, lo de fuera, lo que nos gana. Y vivir de estranguis es meter un ojillo en aquellos himnos y no creerse todo, sino parte. Es como comprar pescado, abro el bicho y me dicen que si tiene un color tal es seguro, que es fresco y, si tiene un color cual esta arruinado y lleno de provincianismo.

Pero de estranguis estamos en la consulta del dentista o el médico, mientras miramos el Hola, y observamos a las señoras mayores con sus joyas y sus afeites en línea, sentadas, para hacerse ver la oreja o el pernil, o a los señores mayores con sus trajes de la navidad pasada, que leen la prensa gratis. De estranguis sumamos más conocimiento que en la compra diaria del dominical, al cual con la crisis le hemos dejado tirado y abierto en canal.

¿Y los escritores? De estranguis salvamos el comentario de nuestros personajes, o ahuyentamos al tipo tieso que se quiere meter en nuestra casa de fantasías y es demasiado vil, o ella es demasiado sexi y ambos tuercen luchando contra nuestros hábiles contenidos morales que ¡Zas! nos cortan cual guadaña cualquier exceso.

Por ello ahora escribo a las 6 de la madrugada. Sale todo frito y sin normas. Hasta lo estrangui metido allí adentro por la infalible Policía de la Moral.

#¿Viste?#

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