Juan re-crivello

Pueyrredón 23. Esa era la dirección en que Oscar Bor concertaba sus citas. Una calle ancha, de las miles que tiene Buenos Aires, con aceras que se utilizan para navegar o vender Frankfurt al caer la noche. Esta ciudad está dormida, cuando los inquilinos palidecen a final de mes. Allí todo el mundo fisgonea a su vecino, o descubre que la alcantarilla es un sub-mundo parecido al exterior. Oscar Bor acostumbraba a fumar un cigarrillo detrás de otro, Chesterfield King Size, lo compraba en un Kiosco a la vuelta de su casa y camino del trabajo solía parar en un bar de la esquina, un café de nombre raro: “Filogonio”. Casi antes de dar las 22 de la noche. Era su ultimo café, luego un garito en un sótano y una orquesta de nueve músicos para que él -quien cantaba para los turistas que invaden la ciudad en estos días. Pero en su cabeza no había más que la tormenta sentimental que le invadía. María O., una espléndida morena de atrevidas formas quien salía con él desde hace ¿uno?, ¿dos? meses. ¡Es que todo había ido tan rápido! Que no se atrevía a considerar si seguían o no esta aventura. Antes de pagar extrajo un papel de su bolsillo del pantalón:

“¿Te veré esta noche? El día se alarga de tal manera que no puedo apartarte de mi interés. Todo me refiere a ti. Todo recuerda los tres cuartos del alma donde resides”

María O

_ ¡Muy fuerte! -dijo en voz alta. Siempre había pensado que sus anteriores amores eran un recuerdo vano y suave ante la intensidad de esta comedia que le tocaba vivir. Se llevó la mano a su nariz. El perfume era una huella, y esta le acercaba a aquella intensa noche donde cada muslo cometía un exceso y donde él aparecía como un alegato al miedo o a la osadía. Recordó un segundo una estrofa de su tango preferido:

Corrientes 3, 4, 8,

segundo piso, ascensor.

No hay porteros ni vecinos.

Adentro, cocktail y amor.

Y pudo pensar, que la mezcla de deseos y la llamarada que aparecía de madrugada al regresar a aquel piso donde no podía escapar  diariamente. Y, sonó su móvil

_Hola –dijo

_ ¿Vendrás de noche? ¡Como siempre! –preguntó ella.

_Si

_Hoy hablare con F S y le explicare que ya no puedo más. Le diré –agrego ella- que no voy por casa desde hace seis días por este amor que nos consume. ¡Qué nos pasa! –su exclamación fue un eco para Oscar, y escucho: Cada día es una nueva prueba que nos somete. ¡Cada día!

_No sé –la irregularidad de su respuesta le hizo agregar: a veces pienso que la cita es un malefició, nos incluye en la noche y luego perdemos esa regularidad que da la claridad de la vida cotidiana. Físicamente ¡estoy muerto! Llevamos noche tras noche envueltos en un atractivo sensual continuo que ¡joder!, parece no acabar.

_Nos recuerda al tango –dijo ella y rio con fuerza. Para agregar. ¿Es un bucle? Es un espacio –y agrego en tono explicativo-, donde lo físico, la bruma, la fragancia, los silencios, la voz que proyectamos, o esa ternura que descargas en mí. ¡Oh Dios!

_Esta noche –dijo el- cuando cante, proyectare un misterio que dejara a las almas de los noctámbulos… al lado del deseo. Les empujare a ese sentimiento que cada giro de esta música sensual nos provee… de un espacio único; donde ellos se aprietan; se perdonan; sus infidelidades o sus olvidos.

_Estaré –dijo ella- como cada noche ¡contigo!

_Como cada noche -repitió él y colgó. Oscar Bor se puso de pie, subiría por esa calle rellena de adoquines para torcer a la tercera, ver el Obelisco de costado, y romper cada celda diminuta donde su pie se mojaría al contacto con la acera. Estaba comenzando a lloviznar, Buenos Aires cambiaba de cara, llenaba su barriga de melancolía y los tangos que cantaría -dentro de una hora- serian amargos, sensuales, llenos de apetito por amor y sexo.

“Casi una vida” –dijo, -y giro para entrar a su club.

Anuncios