By j re crivello

Víctor Brown sabía que detrás de la cornisa antes de girar por el viejo camino que lleva al acantilado con vista al mar, siempre dejaban allí un paquete. Ese día antes de salir de casa un encuentro casual con su hermano le previno.

_ ¿A dónde vas? –pregunto su hermano.

_Caminaré hasta casi cerca de la cornisa. Y describió el acantilado que solo conocían las gentes de la comarca. Agreste, lleno de un ruido que se repetía cada segundo y una bruma continua con un viento a salitre.

_Allí ellos dejan siempre sus cosas

_Ya lo sé. Hoy me lo llevare –respondió Víctor B

_ ¿Y?

_Lo venderé por mi cuenta. Su mirada fue desafiante, estaba harto de aquel lugar que lo utilizaba para reparto de una mafia que vivia fuera de su zona.

_Aquella gente no se va de chiquitas –insistirá su hermano. Tienen muy mala leche y te buscaran.

_ ¿Cómo? Si no saben quien ha sido, ni intuyen que el sacerdote del pueblo se lo quedará.

_Pero deberás venderlo y te…

_Para eso cuento contigo –dijo el sacerdote Víctor Brown

_ ¡Tu estas de remate! “Hace días que le doy vueltas al tema –volverá a insistir Víctor, y desarrollando su argumento agregó-, de ellos pasa por la comarca un paquete diario y no tenemos ni para arreglar la Iglesia. Cada vez somos más pobres y esta ruta me quema.

_Los que confiscan son comunistas –dijo su hermano para agregar: Y tú te debes a la Iglesia.

_Y a mi gente –terció Victor Brown. Cuando lo tenga –miró a su hermano, lo dejare en el pajar detrás del negocio de Aristóbulo, tu lo cargas y lo haces llegar a Prince. Ya sé que me dirás que ese es un perro, pero cada domingo viene a misa y se confiesa. Él me ha dicho que sacaremos 40.000, lo suficiente para los arreglos y algún extra.

_Vale -dijo su hermano. Víctor fue hasta ese descampado, el paquete estaba al lado de una roca. La cocaína pasaba por allí desde hace años. Un tal Vergara Dos Dedos la hacía circular llevándose al infierno cada vez a gente más joven. La subió al coche, antes se detuvo en el borde del acantilado, desde allí podía ver unas olas grandes y fuertes. Más lejos, es probable que alguna ciudad de América mostrara su larga noche. Este acantilado le despertaba intensos recuerdos. ¿Cómo se había metido a cura? Su fuerte atractivo espiritual tal vez, pero el paso de los años le empujaba a en dos direcciones los proyectos sociales y una vida en compañía. Las gotitas de agua le daban en la cara, se seco con la mano, una imagen femenina de juventud llamaba a su vacío emocional. ¿Y si abría ese espacio? ¿Quién se lo impedía? La moral, aquel chicle que predicaba en el pulpito se removía astuto recordandole, atizándole. En casa estaba la imagen, una foto antigua, de una mujer serena y un teléfono. Al regresar marcaría el numero, pero se prometía no convertirse en un pájaro Espino.

Pasaron tres días, los sucesivos paquetes siguieron su recorrido. Aquella noche, golpearon a su puerta, de un empujón Prince entro hasta caer a sus pies, llevaba la cara rota y estaba muerto de miedo. Luego entro Vergara Dos Dedos, venia solo. Era un tipo corpulento, llevaba un sombrero con ala ancha y en cada brazo un ancla grabada al estilo Popeye –y dijo:

_Padrecito, Ud. me debe algo. Y sin mirarle dio un giro por la sala. Víctor sin inmutarse respondió: El paquete, se lo has regalado a la comarca y a la Iglesia.

_Padre… ¡cojones! Y… yo ¿que obtengo?

_Los paquetes seguirán pasando –dijo Víctor. Vergara Dos Dedos levanto un brazo señalando su cara:

Que te den padre. ¡Que te den! –y dio un portazo. Dos días infernales le confirmaron que Vergara Dos Dedos no haría nada por el momento, su próximo paso era retirar un paquete el siguiente mes. Y esperar. Esa tarde llamó al numero de la foto, del otro lado una respuesta inmensa dijo tan solo:

_Han pasado diez años. ¿Dónde estás? Y la frase que le derrumbo: Iré a verte.

#A veces construimos rocas que señalan un obstáculo. Y este se derrumba al menor contacto#

Nota.

Creo que la historia continuará –j re-

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