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By juan re-crivello 

Hola, Soy Ron Cortez, me conocen por ser amigo de _gustavo-de-beulaker , vivo en Venezuela donde todo es gigante, hasta las mentiras de un hombre de vozarrón y amigos cubanos. Mi familia vive toda al-ladito, desde los primos hasta los hermanos. Inclusive los gallos que usamos para la riña también gritan  juntos cada mañana. Es una particular y agradable manera de relacionarnos. El compromiso, así le llaman los modernos en estos días, en nuestro caso es sandalias y guayaberas de colores vivos y un ron apretadito por las tardes. Me dedico a vender coches usados, normalmente me llaman y comienzan con la misma frase:

–Tengo uno nuevito y sin raspar por 2.000 Dólares. Yo me paso para verlo, luego hago unas llamadas y lo aumento precio de acuerdo a la cara del cliente. Hay meses que vendo varios y otros tengo que colgar una escoba detrás de la puerta, o si me apuran torcer del cuello a alguno de los gallos para provocar a la suerte. Este remedio es infalible, lo que, evito repetir para no tentar demasiado y no hacerme rico. Como hace unos días, me sucedió al ir a entregar un coche, Un Pontiac antiguo pero remozado. Era un bar de copas en una ciudad a 50 Kilómetros de Caracas. Me puse mi música y llegue cerca de las 6 de la tarde. Me recibió un tipo bajito, moreno de pelo rizado que me hizo entrar a un saloncito, todo pintado en oro. Una alfombra se enredó en mi pie derecho, tenía dibujada una cara de hiena, “de Africa” -dijo el tipo. Luego pasamos al negocio, le pedí 8.000 Dólares y su cara ni se inmuto. Abrió un cajón y saco un fajo de dólares y los conto con energía. Luego me los entrego y agrego 100 extras. Firmamos un papel y le entregue las llaves y el tipo me invito a whisky. Dos días después desperté en una charca llena de barro y con unas braguitas rojas que se enterraban en mis nalgas. No recordaba nada. Ni conocía el sitio. Camine hasta un bar de carretera. Al entrar los parroquianos se echaron a reír un buen rato, fui hasta el dueño y dije:

–Me han robado. Su cara de fastidio decía ¿No?, o… ¡que te jodan! Insistí, pedí me dejara llamar a la policía local. Llegaron los polis media hora después y al ver mis braguitas echaron hacia atrás. Tuve que recordarles que tenía derecho a hacer una denuncia en comisaría. Me llevaron y llame a un tipo que conozco desde hace años. Este llego a la hora, con ropa y algo de dinero. Luego me dejo en casa. Allí intente reconstruir la dirección del comprador, encontré su número de teléfono y llame. Una voz gangosa dijo:

–Hola. “¿Es Ud. el que me compro el Pontiac?” –pregunte

–Me han regalado uno hace dos días ¿Por qué? –dijo el tipo

–Se lo compro –decidí improvisar

–Chico esto vale mucho –dijo

– ¿Cuánto? “8.000 dólares” –respondió

–Dígame una dirección y voy para allí. Tengo un compromiso y quiero regalárselo a mi novia.

–Quedamos a las 8 de la noche en el bar de copas “Dancing” -dijo. Era el mismo sitio   –pensé y le propuse en la carretera 208, Km 13. Es una gasolinera de un amigo, y me serviría de coartada. Luego fui hasta el almacén de mi padre y de la última caja saque una pistola. Llegue allí a las 19:30 y me aposte detrás de un árbol. El Pontiac llego con dos dentro, de los cuales uno era el bajito. Me acerque hasta ellos y les obligue a bajar. ¡Los 8.000 y las llaves del coche!   –exclame. En el maletero llevaban el dinero, luego me dieron las llaves. Les hice desnudarse y ponerse dos braguitas rojas. Y, me marche. Solo pensaba en una frase de un libro que había en casa de mi abuelo y repiqueteaba en mi interior: El desnudo y la carne anuncian venganza.

Con el Pontiac baje por uno de los barrancos más conocidos de Caracas, y gire casi al final para detenerme en un barrio de mala muerte. A mí alrededor se arremolinaron un montón de niños. Al bajar, fui hasta una casa roja y con flores, esa dirección estaba en los documentos del que me robo el Pontiac. Me abrió una mulata. De mi bolso saque una pistola reluciente y le hice retroceder.

_ ¿Qué quieres chico? –pregunto. Soy Ron Cortez y vengo a cobrar lo que tu novio me estropeo hace dos días. Ponte estas braguitas rosas. La mulata se desnudó quedándose vestida con lo que le había dado. En aquel barrio los gritos de salsa no llamaron la atención, ni siquiera la lluvia ni la tormenta que estallo a los pocos minutos. Caía agua abundante y las calles parecían ríos. Solo me asome para ver como aquella tormenta se tragaba el Pontiac y dos cubos de basura, pero seguimos juntos toda la noche mientras ella repetía una canción que comenzaba con un son:

Macita cubana quiero, ¡eh!

Macita cubana, ¡sí!

 


 

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