By j re crivello

H Raz se meció en la reposera, sonaba como si la tarde de domingo fuera impenetrable. En su interior un latiguillo de angustia le atrapaba. Su amigo Artl estaba en la cocina. Preparaba una mezcla de menta fosforescente y coñac.

Los domingos a la tarde cuando le visitaba, ambos parecían dos hojas muertas en medio de un viento rápido y cálido. Nada evitaba que entre ellos surgiera ese nexo común de los hombres al final de su carrera, de sus historias, de sus manías por ser atrevido y pendenciero, pero frio e intenso cuando son despojados de su orgullo. Su pacto aún se cumplía y en escasos minutos Artl le dejaría entrar en una de las habitaciones donde el hechizo pesa con ganas y retirar una carta o un papel para leer y hablar de ello durante la tarde. Esta actividad, había ido reemplazando lentamente las tardes antiguas donde su rivalidad de Boca/ River les permitían escuchar las transmisiones de radio Rivadavia y el gordo Fernández que gritaba los goles como si no fueran a acabar hasta el lunes.
_ ¡Ya está! –dijo Artl. Dos copas grandes de menta y licor más unas galletas de salami en su interior marcaban las cinco. Era verano, en la ciudad el ruido estaba anestesiado por la siesta y los miles de bañistas que escapaban de la ratonera bonaerense. Los dos fieles a su costumbre utilizaban un ventilador antiguo, de los que regalaba Perón en los años de la plata fácil. Puedes ir –añadió Artl-, R Haz se pudo de pie y está vez escogió la habitación del comienzo del zaguán, estaba llena de papelillos doblados entre si y solo permitía entrar un metro. Su fascinación le atrapaba ante aquel día que pudiera leer una de las del final, y que el imaginaba serian… las más antiguas. ¿Estarían devoradas por las ratas? Tal vez si, o la casona las conservaba con primor hasta que un día, las sucesivas muertes que alertaron al vecindario, quizás las descubrirá un escritor refugiado en un silencio. Metió la mano hasta donde pudo. Luego tiro evitando se desplomara la montaña de papelillos. Y volvió a cerrar con cuidado. Al llegar hasta su anterior posición el corazón parecía escapársele. Pero bebió menta, se reclino y estiro el papel; su amigo Artl sonrió esperando que el misterio rodase ante ellos. Y comenzó a leer en vos alta:

Nunca había entrado en ese desván. Fue mi primera vez esa tarde. Todas las cajas estaban selladas, no eran muchas. Decidí mirar en alguna de ellas. Habían pertenecido a mi abuelo y, a su muerte las habían dejado por no saber si tirarlas o no. Y dentro ¡siempre papel! Que… facturas, que… recibos de alquiler de la rue 120 de una calle de París, que… un cartoncillo de una publicidad de un cine de esa ciudad. Y un tesoro, si, cinco cartas atadas con una cinta roja. La atmosfera me daba la espina de lo convencional, señor escribe a señora y esta le contesta. Preferí no abrirlas, fui hasta una mesilla llena de polvo, aparte con un trapo esa espesa niebla, deje entrar la luz por un ventanal redondo que daba a un bar donde fritaban mañana y noche, y con lápiz y hoja escribí a la señora que ponía el remitente: Sara Sagan. Esta no será francesa –me dije. Y me solté. Después de los saludos de rigor, con fuerza surgió mi interpelación: Ud. estaba en la vida de mi abuelo y el falleció hace tres años, con lo cual deduzco que su vida estaba unida por alguna especie de acuerdo. ¿Me puede responder a esta pregunta? Vuestro pacto era de…
a) de amor
b) de sexo
c) de dinero.

Aunque parecía brutal, le puse un sello de 22 pesos y mi dirección de Buenos Aires. Y espere agazapado en la rutina. En tan solo tres días el correo argentino fue capaz de dejarme una respuesta. Era de Sara. Era de París y su franqueo era de 3 euros. La abrí  –aún lo recuerdo- mientras desayunaba en un bar de la esquina de Cervantes, antes de subir a un colectivo que me llevaría hasta la tumba de mi abuelo. Era domingo y había decidido llevarle dos margaritas. Decía:

“Estimado señor. Tengo 85 años, percibo aun los recuerdos de su abuelo tal como:… era, en una tarde gris y llena de nostalgia. Le conocí en un viaje a esta ciudad. Nuestro amor duro cuatro días. Si, respondo a su pregunta parecida a un test, la b) fue compleja y ocurrió en un lavabo de la estación antes de despedirnos. La c) era una insistencia por parte de él para compensarme de aquellos días efímeros. Nunca acepte ningún regalo, ni cremas, ni perfumes. Y… le he amado sin escrúpulos y él me ha amado como una estrella que brilla sin dueño. Con cariño. Sara Sagan”.

Estaba azorado, había sido tan salvaje y estúpido que había ofendido a esta bella mujer. Ante lo cual, me decido escribir algo para aliviar mi sentimiento de angustia. ¿Y si le enviaba las cartas? ¿Y si las leía antes? O ¿si las retenía? Podía preguntar en casa si conocían de la existencia de Sara Sagan. Mi abuelo había sido un político famoso y una indiscreción siempre era mal vista por mis familiares. Decidí contestar de una manera vaga para ganar tiempo y romper aquel lazo que me llevaba al pasado.

Estimada Sara Sagan
No conocía la relación con mi abuelo. Y tal vez he sido un poco descortés en mi misiva. Los años –soy joven, parecen mantener activos nuestros recuerdos. Mi abuelo falleció hace tres años, estaba casado y con cinco hijos. Mi abuela falleció el año pasado.
Un saludo J Llol.

¡Al fin! –-pensé- me había desprendido de ella.
Tres días después el cartero me entrego una misiva –abultada por cierto. Dentro una foto de ambos frente a la torre Eiffel y una misiva muy gentil que decía:

Estimado J Llol
Le adjunto un paquete de 5 cartas que guarde de aquellos años. No encontrara más que breves historias de amor y precauciones ante el futuro. Nada de lo prometido entre amantes jóvenes se cumple. Pero puedo decirle que el corazón traza unas ranurillas que aparecen por la noche cuando estamos espesos. Su abuelo era un ser inteligente y duro. Maravilloso en los extremos y terco para reparar los errores. Aún recuerdo una tarde emotiva. El apoyado en una baranda de una escalera y su fuerza al mirar queriendo intuir que la separación es desigual: es decir quien se marcha va seco y afiebrado, pero al llegar cura, quien se queda, siempre gira la vista hacia la puerta de entrada pues presiente que el aire devolverá el aliento perdido.
Con cariño Sara Sagan

No podía abrir aquél juego de cartas, ni las anteriores. Las puse una encima de la otra, según la fecha. Me imaginaba que una iba y la otra volvía. Que cada espalda se mecía en su contraria. Y escribí una tercera misiva:

Estimada Sara Sagan
Me imagino que una señorita en París es un sueño muy masculino. Por ello he envuelto una carta en otra –las que me envío y las que aquí he encontrado- y he decidido visitarle para hacer honor a dicho sueño. Y… a mi abuelo. Estaré allí la próxima semana
Saludos J Lllol. Puse 22 pesos y envíe aquella misiva esperando llegar muy pocas horas después del envío.

París
Entre en una sala tibia y llena de imágenes. Sara Sagan, deduje estaba sentada casi al fondo mientras miraba por los cristales. Detrás bruma. Parecía haber caído en esta ciudad un fantasma que con avaricia secuestraba sus energías. Llevaba en mis manos las 10 cartas. Al girarse, una mirada honda y de carácter se refugió en mi saludo. Dijo:
–Nunca pensé que la vida me devolviera a alguien parecido a él. Al tocarle una piel frágil me sedujo. Pude imaginar hasta que aquella mujer era dueña de la vida y la dejaba caer calle abajo para que los demás le agradecieran. Le entregue las cartas. Las retuvo, las miro, luego dijo:
_ ¿Por qué?
_Entré en el desván de un amigo y Ud. me invito a concluir –respondí.

Al terminar, respire y moviendo el papel, confuso cite en voz alta “Nada de lo prometido entre amantes jóvenes se cumple”. A mi lado Ricardo Artl sonreía, su bebida estaba seca y dije: ¿Es una historia de verdad? El sin inmutarse respondió:
_Ya no recuerdo si es cierta, pero que fascinante resulta pensar que los amantes jóvenes mienten en su amor desmedido. Pude responder si, o repetir aquella estupidez del cole cuando mentía a mis amores diciéndoles que regresaría para pasar otra noche y ello no era más que un silencio ante el miedo al compromiso. Ante lo cual dije:
_Artl… he amado, podía confesar ya, era lógico que el tiempo se abriera paso y surgiera entre nosotros un territorio, ante lo cual agregue, pero… cada brazo o cada labio ha sido efímero, muy travieso y estúpido. Ahora en mi vejez cultivo aquellos recuerdos. Arlt respondió:
_En esta carta aparece un regreso al pasado que muchos queremos reeditar. Deseamos que eso sea posible. Pero nada es como la Coca Cola, chispeante y fresca. Deje amigo, deje R Haz, deje que el pasado se despegue de Ud. Suelte lastre. Despliegue ante si las limitaciones que ofrece la vida y elija vivir pequeños riachuelos y verá que el frio del alma se calentara hasta abatirle de deseos nuevos. De… ¡deseos nuevos! –repitió Artl y se dormitó en la reposera. Recogí las bebidas. Eran las 8 de la noche, el calor de Buenos Aires aun trepaba por las azaleas del patio. Me moje la cara con agua y al secarme sentí que renacía y pasaban delante multitud de tareas que debía cumplir. Dar el pésame a aquel, pedir disculpas a varios, referir si mi familia estaba viva aún y hasta comprarme un gato de color dorado y miel. Mientras Artl roncaba cerré la candela por fuera de la salida a la calle y pude ver al fondo el zaguán resplandecer.

Al caminar me imaginé que Artl despertó y preparo una sopa de ajo, la radio daba los resultados del futbol. Boca ganaba por dos y River perdía por dos. Mientras rasgaba el fondo del plato pensó en aquella mujer que le ataba al zaguán desde hace años. Lloró… un poco. Y… Buenos Aires se sumió en un pozo de leyenda.

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