Amigos Jhon Perez, un coleccionista de gangas… sentimentales -by j re-

Pudo temer lo peor, pero subido a una errática silla en el Parque de atracciones del Tibidabo veía Barcelona tapada hasta las rodillas del frio que aún no despegaba. Para Jhon, tres vueltas en esta carlinga le aclaraban los pensamientos y por ello al bajar en autobús hasta casi el centro, le permitió parar unos minutos en casa de un amigo. Había muerto ayer por la tarde y le velaban en su piso.

Al entrar percibió un rio de caras largas y la viuda sentada al final. Estaba  sola, le imaginaba abandonada a futuras aventuras ahora que el marido se había marchado. Le dio el pésame. Hablaron de lo bueno que era, de sus ideas fuerza y de las próximas elecciones. Cada vez aquella colección de boutade se fue enredando hasta estar metido en un cuerpo a cuerpo con una viuda, que él, sabia cuan alejada estaba en el matrimonio que acababa de desaparecer, pero por comentarios de su amigo, aún sostenían un derecho a roce. Pero Sam Ruz era ya su ex amigo, para un coleccionista de gangas emocionales, aquella era una oportunidad que le brindaba la vida. Mujer joven, bien vista, llena de dinero en época de deudas y con una conversación continua sobre la pasividad de la gente en la crisis. Esto último era lo que le aguaba la fiesta. Ella era una roja, activista de causas perdidas. Por aquellas rarezas de la vida recordó una novela antigua de antes del 1960. Una sabrosa historia en la cual narraban el incendio del Jockey Club en Buenos Aires a finales del gobierno de Perón (1). ¿Quizá la decadencia española coincidía con aquel recuerdo? Es posible, pero en ambos casos el sexo, trabado, relleno de intercambios pesados y ambiguos era su especialidad. Ella le miro y le pareció ver un brillo en sus ojos, detrás de aquellas bases de crema y líneas negras alrededor de las pupilas que en estos días multitud de mujeres seguían en esta particular moda, las cuales al mirarte parecían rozar el faro de Antioquia          –tanta luz dan mis ojos, tanto ego poseo dentro-. Insistió en acercarle un pañuelo y cual estúpida respuesta, ella sin desmayarse escribió en el su teléfono y se lo devolvió. ¡Guau! Podría haber dicho, teniendo el muerto a su espalda, pero pregunto a la viuda

– ¿Le entierran a la tarde?

–En Collserola. ¿Conoces la casa que tenemos a 2 Km de allí? Jhon asintió para escuchar una frase: “te espero a las 8 de la noche”. Irremediable, cada segundo de más que se quedara allí sería difícil de congeniar con su amigo. Se despidió y miro por última vez la cara de su colega. Cuando bajaba las escaleras aun le quemaba el pañuelo de papel, pero iría a las 8. En lo más profundo de su estilo masculino algo le señalaba que además de una viuda resuelta a olvidar podía descubrir una acalorada correspondencia con su amigo a través de secretos de alcoba, que pertenecían al mundo que había desaparecido. Por ejemplo una pregunta que siempre le habría hecho. ¿Por qué te casaste con ella si sabias que era una cretina? Aun mirando hacia atrás, las bondades de la vida en común de ambos, la resumía en una frase: una tipa caliente que te llevaba hasta el incendio.

Y, porque asociaba aquello con el jockey Club. Tal vez los recuerdos familiares mezclaban el lujo, la impaciencia de una Elite y los odios de la clase emergente del capitalismo de la época del Buenos Aires de los años 50 de Perón, y los deseos populares, que él y su mujer agitaban para destruir los símbolos del buen gusto. Ese era el punto de unión. Tu amigo desaparecía angustiado por una dama que le aturdía con señales de modernidad y buen hacer, y Sam Ruz acostumbrado a soñar con mundos reducidos y pobres, que no soportaba el sexo, digamos que en gotas y los deseos atrevidos de su adorable cantante de ópera.

Esa noche llego a las 20 horas, puntual, cambiado con un tejano irresistible y peinado con la colonia del bote azul. Si algo había que hacer –se dijo Jhon Pérez –era consumar la endiablada relación de tres, incluido el muerto y el incendio del Jockey-. Le abrió la puerta, su peinado era rompedor, cabello negro con fijador hacia atrás y ojos reducidos a un faro que desplegaba una tentación irrepetible. Luego de unos minutos ella dijo:

– ¡Es horrible! Se ha muerto sin dejarme ni una carta de pésame.

– ¡Saldrás de esto!

– ¡Y además no pagó los seguros médicos de este mes!

–Bueno.

Notas:

(1)El incendio y las vísperas / Guido, Beatriz.– Buenos Aires: Losada, 1964. 15 de abril de 1953

(2) Notas históricas: El Jockey Club

Alrededor de medianoche una columna de manifestantes atacó la entrada del Jockey Club de Buenos Aires que da por la calle Tucumán y expulsaron a los pocos socios que allí se encontraban. Todo lo incendiable -cuadros, alfombras, muebles, papeles- ardió y con ellos también el edificio que ya estaba totalmente destruido al amanecer cuando los bomberos decidieron comenzar a actuar.2 Manuel Anasagasti, ex presidente del Jockey Club, contó que entre los bienes robados antes del incendio había partidas de vino con sello y número de catálogo del club. 14 Fuente Wickipedia

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