by j re crivello

Jhon Pérez puso la ramita de perejil en su boca, esperaba que la tarde se diluyera y la noche sucesiva se tragara sus moléculas de soledad. Estaba sentado en un bar de la playa, era invierno y Barcelona no toleraba destierro ni siquiera en invierno. De pronto alguien le rozo la espalda, al darse vuelta una señora de buen ver ocupo el asiento de al lado. No quedaba mesa y aquello le recordó la Barcelona de los años 70, donde más de una vez la gente compartía mesa de garito, o de restaurante. Le saludo con la cabeza. Ella quiso repetir su señuelo, pero esta vez con una mirada rasa, de celos, o de maravilla ante una cita inesperada. Jhon Pérez sabia de lo ocasional, era su especialidad. A veces se preguntaba al ir a misa y confesarse con el cura de parroquia del barrio de Sant Joan por si aquello no fuera una imbecilidad. Su sacerdote –de casi 73 años– repetía en voz alta: “a veces tenemos apetitos imposibles de conservar sin la asistencia de terceros”. Pero aquello no era la firma de un pagare, ni una letra, él sabía que en situaciones se transformaba en una sólida camiseta unida a la seda y suaves dosis de sexo, y este cura reunía una respuesta que no casaba con sus tretas de ludópata de la mirada.

– ¿Vive  aquí? –pregunto Jhon Peréz

–Detrás del Tibidabo

– ¿Cómo ha llegado a este trozo de playa? Imaginaba que la Barceloneta era un barrio alejado del otro lado de la montaña, y tan desigual, donde sus vecinos amaban el buen vino, las zonas verdes y aquí el barrio era de pisos de 50 metros y turistas echándose fotos ante la reliquia.

–He dejado mi coche en la esquina. Esta mañana al levantarme, me asee, y me dije: Sara hoy conocerás a alguien que se peina con Floid.

–Es verdad uso esa marca de loción y fijador –confesó sorprendido que ella distinguiera a un varón de marcas antiguas y agrego-. Hace años la probé en una farmacia del Barrio de Gracia y me gusto; te deja el cabello estirado y ágil. ¿Te quedarás a cenar por aquí cerca?

–En casa, siempre me gusta hacerlo en un saloncito recogido de mi piso. Allí preparo unas salsas con vinagreta y las mezclo con algo de carne y abundante cebolla. Dicen que esta mezcla limpia el corazón y le abre a una a la aventura. Jhon Pérez pudo reír, pero se mantuvo austero en las formas. Pero al mirarla vio una mujer lánguida y perfecta para su alma. ¿Algún defecto tendrá? Por ello insistió al preguntar:

– Tú… ¿crees en el amor a primera vista?

–Siempre. A mis tres maridos anteriores les conocí en circunstancias rápidas y raras.

–Los tres están… ¿muertos?

–He tenido mala suerte. Grandes señores, serios, respetables y con una gran dosis de humor. ¡Así me gustan! Pero unas fiebres mal curadas les alejaron de mi lado. Los tres están enterrados en la misma tumba, acaban en 0045, 0046, 0047.

– ¡Qué maravilla! –exclamo Jhon Pérez. Luego se detuvo a observar su piel fina y tersa, sus manos delicadas y alargadas, su escaso colorete, labios sensuales y mirada cáustica. Llevaba falda que dejaba el contorno de una cadera arrebatadora. Y un juego de zapatos color mostaza. ¡Un premio gordo a su vida! –pensó.

– ¿Nos vamos? –pregunto ella. Jhon Pérez pudo hasta medir su edad, de cincuenta, y ver como al ponerse de pie era de su altura. Se levantó y miro en dirección al mar. ¿Se despedía? ¿Se metía en un peligro que le arrebataría la vida? Recordó a su confesor de 73 años: a veces tenemos apetitos imposibles de conservar. Le acerco su brazo como si fueran marido y mujer, y su corazón se disparó agitado mientras caminaba en dirección al coche. Antes de subir ella dijo:

–Te preparare unas endibias con salsa ácida y picante. ¿Te gusta? Jhon Pérez respondió: esta mañana he desayunado un caramelo de sodio con flan, me dejaré llevar por tu encanto. El coche subió en dirección a los Túneles del Tibidado, un cazador de gangas por primera vez se sentía incómodo, ¿Qué hacía? ¿En el próximo semáforo abría la puerta y se tiraba por una calle lateral?

_Esto no lo he hecho nunca –rompió el silencio, confesándose ella.

_Yo solo sé amar de esta manera –agregó Jhon-.

_Te apetece un chicle de menta y sodio

_Son mis preferidos –dijo Jhon-.

_A veces cuando recuerdo a mis tres maridos supongo que ellos se marcharon por que no les ame bien. Jhon Perez un especialista en sabores diferentes notó que ella guardaba un recuerdo mal resuelto. En los años que llevaba dando tumos, de corazón en corazón siempre seguía una máxima: tu amiga es una aventura… ¡respétala! Ante lo cual dijo:

“No sé aun tu nombre, ni tus ideas, ni tus creencias, pero los próximos minutos subiremos con más fuerza que la noria del Tibidabo”. Algo estaba cambiando en su interior, lo percibía desde hace meses, cansado de aventuras irrepetibles, o de sorpresas intentaba oír el sonido de una compañera. Era como un: ¡Sáltate el semáforo Jhon! A su espalda Barcelona se alejaba, sus edificios empujados por un equilibrio de ciudad nodriza de la imagen, de las tentaciones por abrirse al mar y ausentarse de España, o por las identidades de cada vecino que les unían los 200 idiomas no reconocidos y uno oficial, igual que el only english de EEUU. A veces al subir por esta carretera Jhon preparaba su destierro, y hoy era uno de ellos. ¿Cuál es tu nombre? –pregunto.

_Cris Sanders. Somos una gran familia que ocupa desde allí hasta allí de la montaña. Jhon se estiro hacia atrás, tarareo una ráfaga estúpida

#La senda nos hunde

¡Amame!

¡Amame!#