Son creativos pero inconstantes. Caminan a ciegas por un mundo adulto que les dirige con normas continuas y atropelladas. Hasta algún padre confiesa que un cachetazo puede ser interesante.

Los limites, un escenario cambiante con las normas sociales pero que algunos niños necesitan más que otros. Están aquellos que cuando uno le explica una operación matemática no articulan palabra, están mudos, vienen de un mundo de mudos que les envía a ver aquello que corre por allí y se compone de signos e interacciones habladas. O están aquellos que hablan y predicen hasta lo que hacen sus compañeros y olvidan sus tareas, sus responsabilidades. Luego los que reflejan un cansancio al ser obligados a madurar antes de su esperada adolescencia, llevan la llave colgando, llevan las recomendaciones maternas dando vueltas por su memoria. O aquellos que se zambullen en los videojuegos, y las realidades se agigantan y con ello las trampas que les acechan por doquier en un mundo virtual, efímero, cruel. O los menos que leen y cada letra suda un saber antiguo y guardado por algún escritor o escritora durante años. O aquellos que mantienen sus constantes regulares pero la adolescencia les va a volar los sesos para caer en un precipicio de angustia e inseguridad.
A veces entonamos himnos a su frescura. Los adultos -antiguos niños- consideramos que ese mundo es más grande y solvente que la actual vida de citas y compromisos, no es fácil decir cuál es el mejor teatro. Tal vez.

#El teatro de la vida sobrepasa nuestra singularidad. Tal vez#

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