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Lucas Corso firma este texto representando a las nuevas generaciones de jovenes escritores. Le ví hace dos semanas, nos contamos nuestras cosas y le propuse escribir sobre “la vida de provincias”; mañana me toca a mí A disfrutarlo…

by Lucas Corso

La comitiva fúnebre avanzaba calle abajo en dirección al cementerio. El ataúd, todavía abierto sobre los hombros de un puñado de los más allegados al pobre desgraciado que en él yacía, se mecía al paso que estos iban marcando y que, siendo cuesta abajo, era un tanto inseguro. Como solía ser costumbre en este pueblo, un grupo de niños iba detrás del cajón. Sin embargo, en este caso no se debía tanto a la tradición como al cariño por el tipo al que iban a darle el último y casi nunca deseado adiós.
Al señor Baldomero se lo encontraron muerto en el suelo de su casa junto a su destartalado transistor con el que, cuando funcionaba, escuchaba canciones de las que ya nadie se acordaba. Infarto, dijo el primero que llegó. Se le acabaron los años, dijo el médico. Ley de vida fue la conclusión final. Y todos lamentaron no volver a ver en acción aquello por lo que el viejo había brillado no sólo en aquel pueblo, sino en toda la zona: sus increíbles manazas. Conocidas por todo el que tuviese orejas para escuchar aquellas hazañas y ojos para comprobarlas, aquellas manos de descomunal tamaño fascinaban por igual a niños y mayores, y en no pocas ocasiones congregaban en la puerta de la casa de Baldomero a un puñado de los primeros, seguidos después por otro tanto de los segundos que, aprovechando el viaje en busca de la chavalería, no dejaban de maravillarse observando aquel prodigio de la naturaleza. Al viejo, día sí día también, le daba por hacerles una gracia y les aplaudía, emitiendo sonoros palmetazos, o movía las manos como si de enormes abanicos se tratase, agitándoles el flequillo y las trenzas a los más pequeños y los cuellos de las camisas y las faldas al resto. Dos brazos rematados por aquel par de fenómenos no era algo que se viera todos los días ni en todas partes, y sin embargo, si había algo que intrigaba del mismo modo a todo el mundo era el tamaño de los bolsillos de sus pantalones, los cuales sospechaban que serían grandes y hondos como sacos de patatas y en los que podría caber cualquier cosa, puede que incluso alguno de esos risueños criajos con el pelo arremolinado por el vaivén de las manoplas de Baldomero bamboleando sobre sus cabezas.
Por eso no debe extrañar que la misma multitud que se acercaba hasta su portal cada tarde, después de la siesta y antes de la merienda, fuese la misma que lo acompañó en aquel viaje de bajada al camposanto. Una vez allí ya no bajaría más, pues por mucha fama de la que pudiera gozar, no había sido Baldomero un hombre de muchos posibles ni se le conocía ninguna fortuna escondida bajo el colchón, por lo que tendría que conformarse con un nicho cualquiera, como si siempre hubiese sido uno más. No obstante, y mirándolo bien, quizá siempre había sido así, siendo las manos las únicas protagonistas reales, más que el individuo que las iba arrastrando por la vida. Pero se acordó que no estaría bien darles a ellas un entierro a parte, que ponerse a cortar con el serrucho era más propio de bárbaros, además de que enterrar dos veces a una persona, por muy insigne que ésta hubiese sido, costaba mucho dinero y que en fín, un difunto sin manos daba un poco de pena; cómo iba a poder rascarse entonces los picores de la eternidad.
Sucedió sin embargo, y es en este punto cuando debemos recordar la veracidad de lo que aquí estamos relatando, que llegando a los primeros castaños situados frente al portón del cementerio, y para gran sorpresa y horror de los que hasta allí habían llegado, las manos del viejo volvieron a hacer acto de presencia, emergiendo de las profundidades del féretro para agarrarse como sólo ellas sabían hacer a lo primero que engancharon, esto es, la rama de uno de los árboles. La comparsa cargando con el cajón, ajena a esta inaudita novedad, siguió con su paso, más acelerado al encotrarse ya en terreno llano, y dejándose atrás al bueno de Baldomero, que colgando de la rama como un mono cualquiera, se columpió sobre las cabezas de la comitiva de niños que lo venían siguiendo. Este hombre sintió en sus huesos una alegría que sólo se podía relacionar con el gozo de haber vuelto a la vida, aún ignorando que lo habían dado por muerto y casi enterrado, y fue por esto último por lo que no comprendió las caras de pánico, los gritos y la espantada de personas que se formó bajo sus pies de tamaño estándar. Los que cargaban con el ataúd, concentrados en su misión, siguieron hasta el nicho, ajenos al hecho de que lo único que cargaban no era más que el recuerdo de una niña que hoy, más de cincuenta años después y siendo la única que permaneció allí quieta, bajo el castaño, todavía puede ver al viejo Baldomero balanceándose sobre ella hasta que sus manos se soltaron y volvieron al mundo de los vivos. Y aunque no se sabe si finalmente metieron la caja vacía en el nicho, aquello hizo que desde entonces y hasta el día de hoy todos los entierros se detengan bajo la misma rama de ese castaño durante dos minutos, uno por cada mano, para darle una última oportunidad al difunto de aferrarse a la vida para seguir columpiándose un poco más.

Lucas Corso, joven escritor que participa de la generación Subway, Editado por Playa de Ákaba

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