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He publicado un relato de Lucas Corso, luego uno propio: “Macadam” y hoy, en esta fiesta de relatos breves presentaremos de la escritora: Úna Fingal “El nombre de la Cosa”. El texto lo he dividido en dos, mañana subiré la segunda parte.
A los tres nos une un hecho en común vivimos en Vilanova i La Geltrú ¿Aquí nacerán los próximos grandes escritores? Si… esta ciudad ya es Macondo

by Úna Fingal

La cosa nació y nadie se atrevió a ponerle nombre. En el pueblo estaban tan horrorizados de su propio horror que la imaginación se les esfumó al punto de verla. Los pocos que la vieron. No es que fuese fea o rara, es que era indescriptible. Así mismo. Indescriptible. Baste con decir que ni su madre podía mirarla, al padre le dio un infarto y tuvieron que ir de entierro antes que de bautizo, y para colmo nadie de la casa quería estar en la misma habitación, con lo cual la madre acabó por tomar el hábito de tirarle la comida por el resquicio y ya se espabilará, y voy y cierro la puerta a toda velocidad no sea que se escape.

Es así pues, que la criatura se quedó sin nombre y como quieren las costumbres humanas que es cuestión de referirse a las personas y objetos por nombres, todo el mundo le intituló La Cosa de la Rosita.

Pero es que a la Cosa de la Rosita habría que ponerle un nombre. Sí claro, para que luego venga diciendo que no le gusta, anda y que piense ella la muy señorita. Pues pensar, lo que es pensar no está para pensar mucho, la verdad, que bastante le ha caído ya. Oye, y todo el día la criatura en la habitación oscura que la tiene encerrada, sin que le toque el sol, ¿ya será bueno eso? ¿Y que más da? Si creo que ni siente ni padece. Pues por muy criatura espantosa que sea algo sentirá digo yo. Anda y cállate, no seas mojigata, que tú siempre igual. Oye, y siendo la Rosita tan bonita, ¿cómo le habrá salido eso? Mira, tú, caprichos de Nuestro Señor. Anda la otra siempre igual, al menos los descreídos, que decís vosotros, no metemos al pobre Señor en berenjenales, al final somos más de fiar nosotros, que no andamos con intríngulis y vamos de frente. Ay alma cándida, si yo te contará… ¿Tú? ¡Qué vas a contar tú si no cuentas ni pa’lante…!

Así andaba la voz popular de alterada y mezclada toda ella en barullo magnífico. Todos empezaban queriéndole poner un nombre a La Cosa y acababan tirándose del moño o de la barba.

Tantos conflictos creaba La Cosa a su alrededor que incluso alguien llegó a aconsejar la mejora de llevarla a otro pueblo, o lejos, muy lejos, ya puestos. Sí, buena idea, pero ¿Quién? ¿Quién lo hace? La Cosa muerde, dicen, peor que un buldog, se ve que a la Toñita, la del bacalao, le arreó un muerdo en un fatal descuido de la pobrecita Rosita, que le tuvieron que coger más de veinte puntos, además de ponerle la inyección de la rabia que nunca es agradable. ¿Y la del Tétanos no se la pusieron? Hombre, pues

ahora que lo dices la verdad es que no lo sé, ahora lo dudo fíjate… Estoy queriéndome acordar… Sí, mira es que una vez al cuñado de la prima de mi amiga la Lola, le mordió un Doberman y le tuvieron que poner las dos, fijo que le pusieron las dos. Ah, pues a lo mejor sí, date cuenta, igual llevas razón. No sé yo, que os ponéis de médicas y os olvidáis de los pollos y las señoras montando una cola de caracol que hay para hacerle una foto, que esto es muy estrecho bobas, que os encantáis con nada.

La dueña de la pollería se llamaba Ernesta y estaba tan harta de las dos mozas que la ayudaban como de Rosita la de La Cosa que decía ella, porque siempre le andaba pidiendo los menudillos y nunca se los pagaba, y a ella le daba mucha rabia porque sabía bien que no eran para el perro, que el perro comía de los mejores piensos y de todas las sobras, que ya lo había visto ella más de una vez, y si hubiera sido para el perro no le hubiera importado, pero siendo para la Cosa que habitaba en la casa con ellos se podía considerar alimento de primera necesidad y aquello ya era harina de otro costal… Tenía que pagárselo. Mañana, decía Rosita y se iba corriendo con la cara medio tapada con el monedero y mirando al suelo como si tuviera vergüenza por algo. Y es que alguna vergüenza debía tener cuando Dios la había castigado con semejante engendro. Ernesta sabía de sobras que aquello era peor que Belcebú, lo habían dicho las de la limpieza que ni se acercaban a la habitación maldita, pero veían salir humo por el resquicio y el olor a azufre lo delataba por demás. Pues entonces se la podría matar a la Cosa, y favor que se le hace a la pobrecita Rosita y a todos nosotros de paso. ¿Pero qué dirá don Anselmo hombre? ¿El cura…? ¡Ese, encantado, mujer! ¿No lo ves? Sí a él es lo que le interesa, ir quitándose el maligno de en medio… Y doña Pura siguió sirviendo la sopa en el plato de don Manuel, que a cada cucharón se iba acordando de todos los antepasados de su mujer. Sabiendo que tenía prisa, que hay examen a les tres, que debía llegar antes, y la hora que es, y le ponía sopa hirviendo, claro, como ella tenía todo el día para comérsela si quería, y él a echar los hígados por la boca, como siempre… Sin resuello ¿cómo iba a poner en cintura al Melindres y al Purgas? Que si se sentaban juntos ya estaba la marimorena liada. Pero cómo no les ponían a trabajar y le dejaban a él en paz. Y doña Pura parlotea sin ver cómo se desborda la sopa que corre en ardientes riachuelos hacia el delta de la entrepierna de don Manuel. Ensimismada como sigue, el alarido del marido la devuelve al mundo presente con ojos de loca.

Y es que no había casa que no tuviera una buena bronca cada vez que salía la Cosa a relucir. Por eso se contaban con los dedos de una mano aquellos que no la odiaran. Con los dedos de una mano y en concreto con un dedo, el del mudo, que no

hablaba con nadie si bien estaba atento a todas las conversaciones, aunque, según afirmaba don Restituto, el prócer doctor, las entendederas del pobre Benito más que escasas no existían y por eso no le hacía ninguna falta hablar. Y mira cómo será que se puede hablar cualquier cosa delante del Benito y no pasa nada, yo un día me quité una media en sus narices, ¿y qué pasó? ¿Qué va a pasar? Pues nada. Nos reímos de lo lindo a su costa, íbamos una cuantas. Pero es un hombre… Ese ni es hombre ni es nada… Eres remilgada, chiquilla, tú no te comes una rosca, lo que yo te diga. Bueno, vale que no me guste que se hable de estas cosas pero eso no quiere decir que yo no… ¿A que no le levantas la falda a la Charo? ¿Qué te va que sí? ¿Y qué hay para el que se la levante? Un cigarro. Pues entonces nos lo jugamos a los chinos. ¡No! Piedra, papel, tijera… ¡Vale! ¡Un, dos, tres! ¡Tijera! ¡Piedra, te chafo! ¡Papel, te envuelvo! La carrerilla del niño no puso sobre aviso a la Charo que seguía cacareando con la Pepa falda de flores naranjas, Pepa inclinada más de lo debido sobre el poyo de la casa de la esquina, Pepa que se le ve todo por la delantera exagerada, y a la Charo que le falta bien poco para enseñar el trasero todo entero. Los otros dos energúmenos esperando agazapados tras la esquina y aunque se acaba la tarde la sombra aún insiste en prestar asilo a sus lascivas caras pecosas de dientes partidos. Así fue como el grito inundó la plaza y las bragas rosas de encaje llenaron la sesera de los tres gansos que pies en polvorosa, desaparecieron callejón abajo, justo al llegar a la última casa, la de la pobrecita Rosita y la Cosa. Dejó de vérseles.

Sigue la búsqueda de los tres niños desaparecidos… Decía una radio cansina, salía por la ventana de la cocina de baldosas blancas y desconchadas de la señora Quina, a cambio le entraba el aire tórrido de junio, ¡qué lástima! Se decía a sí misma mientras… (continuará mañana)

Notas

El nombre de la cosa relato de marzo de 2008, publicado en el volumen “Largo Recorrido”. Ciklos editorial 2011.

http://www.amazon.es/Largo-Recorrido-Isabel-Laso/dp/147096368X

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Web escritora oficial

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