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Ultima entrega de la colaboración y continúa la de ayer por Úna Fingal…

By Úna Fingal

Sigue la búsqueda de los tres niños desaparecidos… Decía una radio cansina, salía por la ventana de la cocina de baldosas blancas y desconchadas de la señora Quina, a cambio le entraba el aire tórrido de junio, ¡qué lástima! Se decía a sí misma mientras mondaba patatas para el guiso, ni les han dejado acabar el curso a los pobres… ¿Qué dice madre? Bostezaba Emilio, el hijo acabado de levantar. No, nada, lo de los niños esos, acaban de echar las noticias… Eso ha tenido que ser la Cosa. Pero agárrate un trabajo, hijo, agárrate un trabajo, ¿Cómo va a ser la Cosa, hombre? Madre, le digo que ha sido la Cosa, ¿cree usted que no tiene ya edad de hacer mal del peor? ¿Qué edad tiene? No creo que tenga ninguna edad, la Cosa no cumple años, hijo, agárrate un trabajo y no digas más disparates, que no haces más que disparatar todo el día. Mire madre, pues usted no se queda corta, mire que hacer patatas guisadas en junio, con el calor que hace, se las va a comer usted. ¡Qué te busques un trabajo, Emilio! Y qué se cree que estoy haciendo todo el día de aquí para allá, ¿eh? Eso de cantar con un acordeón, no es ningún trabajo, es una vergüenza, es pedir, te importa poco, no tienes amor propio, las vecinas todo el día llamándote mendigo y a ti te da lo mismo… Madre, yo le traigo dinero a casa cada día… Que usted no tiene donde caerse muerta… ¡Si no fuese por mí! El día que triunfe se va usted a arrepentir de todo lo que me llama. El aroma de las patatas encerradas en cebolla, pimiento verde y ajo, todo cortado en finas rodanchas, sazonadas con sal y pimienta, salpicadas con aceite de oliva, bañadas con tinto del Duero, huye por la ventana llevándose la discusión envuelta consigo, parece que aroma y voces se han enamorado y en su revuelta felicidad topan con la maga Greca y la besan en dulce violencia. Greca sonríe sin echar más que un ligero reojo a la ventana que sabe bien ella lo que ocurre en cada rincón, sigue su lento camino de ennegrecida silueta y el bastón la lleva más allá de sí. Que la maga Greca no puede ya con su alma lo sabe bien Rosita, pero con todo la ha mandado llamar. Sostenida en el timbre de la puerta pende una consulta que Rosita la de la Cosa no sabe cómo hacer. Dos mujeres sentadas en un lóbrego salón, cada una recogida sobre sí en opuestos sillones de verde tapiz, entre ambos se interpone una mesa cargada con servicio de té y pastas, azúcares, chocolates, una chimenea tímida crepitando, es toda la luz que Rosita es capaz de soportar por ahora. La maga Greca aguarda. Ninguna impaciencia. Lo tiene todo hecho. Ya. ¿Entonces será Rosita la que esté nerviosa, verdad? Pues no. Los nervios los perdió. Nunca le ha interesado encontrarlos desde entonces. Y el tic – tac del reloj que no para y se te mete en la cabeza. ¿Oiga, qué me está diciendo usted? ¿Qué se pasaron horas como el Benito, sin abrir la boca ni la una ni la otra? Pues para eso… ¿Me está llamando mentirosa? Mire que llevo en ca la Rosita desde antes que la pariese su santa madre que en el cielo esté, y nunca he contado nada que no fuese cierto, ni medias verdades, ni medias mentiras, la verdad entera y punto, y a mí nadie me ha tenido que llamar nunca la atención de que las cosas no fuesen ciertas… Que a una no le hace falta inventar nada con todo lo que ve. ¡Pero bueno, que yo solo me exclamaba, mujer! ¡Que no dudo de nada! Pero es que tengo ganas de saber el final… Pero si es que no hubo final, oiga… Que a la Rosita, pa’mi que esta ya ha perdido la cabeza del todo, pues va y le pregunta a la maga que qué nombre le podía poner a La Cosa que en su día parió la muy desdichada. ¿Y qué le respondió la maga? Pues no va y le contesta que se lo piensa y se lo estudia y vuelve otro día con la solución del acertijo. ¡La madre! ¡Cómo sigue en esa casa de chiflados, váyase antes de que le pase algo irremediable! Mire, es que la pobrecita Rosita me paga más que si me hacía cuatro casas juntas, y yo con no subir a la parte de arriba… ¡Quiá! ¡Calle, ni lo nombre, ni lo mente! No, pero oiga, que no sé yo si será tan demonio cómo dicen… ¡Lo ve cómo los niños aparecieron, mira que montarse en el vagón mercancías del asturiano! De la paliza que les daba yo… Pero oiga, que eso no quita maldad a la Cosa, a ver si nos entendemos. Sí, pero ya le decía yo… A ver, a mí, darme aprensión me da, miedo ya no. Aquí la culpa la tienen las víboras esas que vienen de la pollería que inventan que para qué. ¿Esas? Ni se fíe, que son unas lagartas. Pues qué le estoy yo diciendo, mujer. Bueno, pero la Cosa tiene que ser mala, pero mala, sino por qué está su madre como está, viendo espíritus y aparecidos todo el día. Se persigna la comadre a toda prisa. No hija no, que tampoco es eso, no me exagere tanto, mujer. Y se despista la doña como entrando en otro mundo por mirar de reojo como quien no quiere la cosa el auto ilustre, negro, impoluto, de don Crispín el ilustrísimo, negro traje, impoluto todo él, entero y acicalado alcalde del sitio. El ilustre y su santa son los únicos que jamás han comentado ni comentaran nada sobre la Cosa de la pobre Rosita. Como Dios no tuvo a bien bendecirles con el don de la descendencia que por algo sería en opinión de doña Felipina, la beata mayordoma de don Anselmo el párroco, pues se han dado al amor de todos sus ciudadanos que son suyos y así viéndoles como a hijos y suyos les cogen lo que convenga y les dan alguna cosa cuando la merecen y les miran con aprobación en las fiestas de guardar y los ignoran si se ponen pesados, como padres, María, como padres, esa es la verdad, y María la quiosquera asiente mientras ordena con las manos paquetes de pipas, que lo niños salen de la escuela ¡ya! Y la cabeza se le va a María mientras las manos ordenan los paquetes de pipas ya ordenados, se le va tras de su Francisco que está sudando la gota gorda en el terruño, sin camisa, con la piel negra de la solana de cada día, con los músculos al aire, y ella pasa sus manos blancas y suaves por el pecho del hombre que responde y la agarra por las nalgas con fuerza y la aprieta contra sí, y ella notando contra sí todo lo que tiene que notar y le sube un fuego desde las entrañas que la devora toda y un estremecimiento traidor la sacude entera con la fuerza de su Francisco… ¿Qué tienes mujer, te encuentras mal? No, no, qué va, estoy muy bien, muy bien. No, es que como te has puesto tan colorada de repente. Sí porque me he acordado de uno que me coge las revistas y no me las paga, dice que se lo apunte. ¿Quién, quién, quién es? Da lo mismo, es igual, no le conoces. Y mira María la quiosquera con una sonrisa a doña Pura y don Manuel al pasar, agarraditos del brazo, él un paso delante con su humor de perros, ella dando cuatro pasos rápidos para no perder el punto ni el compás. Levanta el sombrero don Manuel, sin entretenerse. ¿Has oído Manuel? Las campanas ya hace rato que tocan así, por quién será. Que sepa yo nadie. Mira, si el Benito está allí tan campante pegado a la pared como los lagartos. A ver si no va a ser ninguno de aquí entonces. Qué bobada, eso no puede ser. Pues no será. Pues claro que no. Y el pobre Benito dando saltos y gritos señalando la última casa de la calle, llora Benito, pero nadie le hace caso. Se desgarra las vestiduras Benito, y nadie le hace caso, sus manos rojas imploran algo al cielo, pero nadie le hace caso, huye Benito, se pierde detrás de la última casa de la calle, olvida tras de sí un jirón de falda con flores naranjas. Vuela el trozo de tela desgarrada, lo lleva el aire a capricho, colgando queda de una alambrada. Hoy la hierba huele a sangre y trae el aire aromas de difuntos, pero nadie hace caso. La procesión de los piadosos y caritativos vecinos llega a la iglesia. Ya hasta los más ignorantes han sabido la noticia, La Cosa ha muerto ajusticiada. Su madre en paz descanse, pobrecita Rosita, fue la encargada. De no darle de comer sería. Qué va, que va, la envenenó. No, no, quemó la habitación, si casi sale ardiendo la calle entera. ¿No te acuerdas? Cada lengua explica como imagina su razón, todo el mundo sabe lo que el otro ignora, pero nadie conoce el Nombre de la Cosa. En la calle falta la última casa, y en el pueblo falta alguien más. Pero a nadie le importa. Dicen que la Pepa se marchó con una compañía de titiriteros. Lo dijo la Ernesta en la pollería. Su palabra es Ley. Y don Restituto, el prócer doctor explica que Benito se colgó del olmo porque estaba harto de no entenderse con nadie, claro, pobre hombre, sin familia ni quién le cuide. Demasiado. Pero ¿por qué no le pondría nombre a La Cosa la pobre diabla de la Rosita, oyes, por qué no se lo pondría?

Notas

El nombre de la cosa relato de marzo de 2008, publicado en el volumen “Largo Recorrido”. Ciklos editorial 2011.

http://www.amazon.es/Largo-Recorrido-Isabel-Laso/dp/147096368X

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