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Les presento a j.a.ordiz siempre cuando publico un artículo de un escritor o de un blogger invitado agradezco su paciencia conmigo. -j re- ¿Qué diré mañana sobre este tema?… ¡horror!

by J. A. Ordiz Llaneza

Cuando Juan (gracias, j re) me propuso escribir un artículo sobre lo que coleccionamos para publicarlo en su blog en compañía de uno suyo, posterior en un día al mío, me las prometí muy felices. Coser y cantar, sí: lo más común a mi edad (nací de nuevo hace unos meses, sexagésimo año consecutivo en que me ha sucedido esto, espero idéntica fortuna cuando llegue el sexto mediodía del próximo solsticio estival) es tener colecciones de algún tipo. Además, el propio j re me indicó rumbos en caso de extravío: pelucas para carnaval, señoras antiguas que les decimos las ex, precipicios donde guardamos los miedos…
¿Coser y cantar? ¡Y un huevo!
Por toda la casa anduve en busca de mis colecciones y, nada, ni una hallé siquiera: ni de sellos, fotografías, relojes, discos, sombreros, paraguas, bastones, zapatillas, millones… Nada, ninguna, ni de insectos disecados o de astrolabios o de gafas de miope o de simples manías o pecados o supersticiones o venenos de químico o perfumes (de químico también) o plumas de escribir o libros (suelo prestar los que me gustan y sabido es lo que pasa con la restitución de tales préstamos; los que no me gustan los regalo por las buenas o por las malas, conmigo no se quedan ni para calzar mesas o sillas cojas).
Asombrado, recurrí a los tres rumbos en caso de extravío.
Ni pelucas carnavalescas ni señoras antiguas o nuevas ni precipicios interiores, j re: únicamente tengo un disfraz, el cotidiano; ex no tengo ninguna porque amé y no fui correspondido o porque amé y fui un cobarde; tampoco tengo, menos mal en este caso, despeñaderos o ruinas espirituales a propósito de guaridas para temores pues solo temo al dolor físico o mental y algo único o doble (aunque sea múltiple su esencia) no estimo que se considere una colección.
Desesperado, otra vez junto al ordenador en que esto voy escribiendo, llamé a Rogelio, mi secretario invidente (totalmente ciego ante aquello que no le interesa o no le resulta conveniente o provechoso), y, cuando lo tuve ante mí, le pregunté: «¿Colecciono yo algo, mi fiel ayudante?». «Años, amo mío, sesenta has cumplido ya». «Años… No sé si valdrá eso. ¿No será hacer trampa?». «Ni idea, mi dueño y señor». «Vaya por Dios y por el misterio de la Santísima Trinidad. ¿Colecciono algo más que tú sepas y que a mí, debido a la edad o a una probable e incipiente demencia senil, se me haya olvidado?».
Movió el brazo ante el rostro, lo convirtió en limpiaparabrisas o ventilador hasta que ahuyentó el humo del tabaco que yo fumaba, asintió con la cabeza y al fin me contestó:
—Cachimbas.
—¿Pipas? Si solo tengo tres.
—Cuatro con la que tienes activa, muy activa, en la boca.
—Ah, sí, es cierto, cuatro. Pero llamar colección a cuatro pipas…
—Arrugas tienes muchas más. Aunque, claro, eso tampoco valdrá, así que espera un poco y se lo pregunto a tu hermosa asistenta.
—A mi asistenta la dejas en paz, ella a lo suyo y nosotros a lo nuestro, ya te voy conociendo yo a ti.
—Entonces nada más veré.
—Desaparece entonces, esfúmate, falso secretario, ayudante infiel.
Y se esfumó, desapareció en un visto y no visto.
Pero al fin me percaté de que sí colecciono algo: enseñanzas de maestros literarios, algunos muy antiguos y otros más recientes; Antonio Soler entre estos últimos, inolvidable e instructiva esa lágrima de carne suya, en realidad una cicatriz vertical bajo el ojo de uno de los protagonistas de la mejor novela sobre la guerra (in)civil española que he leído hasta la fecha: El nombre que ahora digo.
Y en estos mismos momentos, mientras en Oviedo llueve sin piedad sobre los vivos y los muertos y los que van a morir (cito a Cela de memoria, está mucho mejor escrito en su novela, creo o quiero recordar que se trata de Mazurca para dos muertos), me percato también de que algo más colecciono, aunque no estoy seguro de que la nueva colección no sea una mera variante de la anterior, o viceversa: colecciono enamoramientos (cada día enamorado de imágenes, de melodías, de la parte buena, creativa y solidaria y tierna, de las personas o de la fauna y flora de la naturaleza no vil o de ciertos misterios incluso).
—Recuerdos, eso coleccionas verdaderamente.
—Otra vez tú aquí.
—Soy tu secretario. Apego al cargo no tengo, bien lo sabes, pero mientras me pagues lo que me pagas, lo mismo que te pagan a ti…
—La memoria es una embustera fabulosa, Rogelio, mis mejores recuerdos ya no son míos, están adulterados por la benévola mano del tiempo ido, estaría coleccionando mentiras.
—También yo seré benévolo contigo y me callaré ahora.
—No te entiendo, qué quieres decir.
—Créeme, amo, no desees saber más. Confórmate con saber casi tanto como Sócrates.
—Qué sabio, sí, de él aprendí…
—Déjalo ya. Acuéstate y sueña para que los dos podamos soñar.
—¿Sabes si colecciono sueños, Rogelio?
—Los coleccionaste. Ahora te basta con tener uno o dos.
—Sí, eso creo yo también.
—Hasta mañana, amo.
—Amén.
(Tuyo es el turno y el blog, j re, gracias de nuevo)

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