El grupo Macondo de tres escritores que viven en la Havana Xica (Vilanova i La Geltrú), publican tres artículos. Primero nuestra invitada Úna Fingal, ayer J ré crivello y hoy Lucas Corso con el rey del carnaval se ha fugado. ¡Buenas fiestas!

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REY A LA FUGA

Planean asesinarlo en la hoguera, dijo el hombre de la gabardina. Qué me dice, preguntó atónito el monarca. Lo que oye, prosiguió el tipo. Yo creía que portándome bien este año me libraba, protestó su majestad. Ni por asomo; pero esta vez será distinto, conmigo y mis hombres protegiéndolo, no tiene nada que temer, concluyó el hombre. El rey miró a la comitiva de individuos que seguían al tipo de la gabardina y le pareció estar contemplando a toda una brigada de detectives, todos enfundados en sus respectivos gabanes y cubriendo parte de sus serios rostros bajo el ala de un sombrero a juego con el resto de la indumentaria. Volvió a mirar al hombre y decidió que esta vez no tenía que volver a repetirse, esta vez tenía que escapar de las garras de ese pueblo tan desagradecido. Quemarme a mí, dijo, con todo lo que hago por ellos año tras año. Pero eso se acabó, díganme qué he de hacer. Síganos, dijo el hombre de la gabardina. Y ahí se armó el follón.
Un rey a la fuga no es cosa que se vea todos los días, por eso debían procurar que no llamase demasiado la atención. Ya me dirán cómo, se quejaba su alteza. Primeramente le pidieron que se cambiara de ropa, a lo que respondió que de eso nada, que una cosa era correr por su vida y otra hacerlo disfrazado. Pero si usted ya va disfrazado, señaló uno de los detectives, el nuevo para más inri. Cómo se atreve, joven, señaló el regente. A la calle con él, dijo el jefazo de los detectives. Pero como ya estaban en la calle, lo que hicieron fue ir empujándolo hasta ponerlo al final de todo, para que no se lo viera mucho. Como el rey se negó a desprenderse de sus coloridos ropajes, lo que procuraron fue que tampoco a él se le viera demasiado, por lo que lo rodearon entre todos y así caminaron rambla arriba. Ya me dirán dónde vamos, susurraba el nervioso gobernante. Sospechamos quién anda detrás de esta confabulación, dijo el jefazo, es la vieja Cuaresma de nuevo, por lo que procuraremos no acercarnos demasiado a la iglesia. Qué manía me tiene la tía, musitó irritado el rey disfrazado, y qué asco le tengo yo también. Eso me trae sin cuidado, siguió el jefazo, lo que me preocupa ahora es cómo haremos el cambiazo. ¿Qué cambiazo? Es obvio, contestó el tipo de la gabardina, esta vez vamos a quemarla a ella en su lugar. El rey pareció sorprendido ante un plan tan descabellado. Pero después imaginó cómo serían siete semanas bajo su reinado. Cuarenta días de Carnaval, pensó. Y se estremeció. Ustedes verán, dijo, pero procuren que no se me relacione a mí con todo esto; no sea cosa que, descubierto el pastel, les de por chamuscarme a mí también.

La simpática comitiva continuó su camino entre la alocada muchedumbre disfrazada que copaba no sólo la rambla por la que se desplazaban en masa con el monarca en el centro sino también todas las calles adyacentes. Ahí viene el Caramel, señaló uno de ellos. Ese sí que sabe, masculló el monarca de incógnito. Y así, caminando caminando, tropezando con unos aquí y pisando a otros allá, llegaron a lo que al rey le pareció el patíbulo: la plaza del ayuntamiento, escenario de sus anteriores incineraciones de las que, con más o menos convicción, ya pensaba que estaba librándose. ¿Se puede saber qué hacemos aquí?, preguntó estirando el pescuezo para ver por encima del tumulto de sombreros. ¿Quieren librarme de la fogata llevándome justo donde la van a preparar? Calle y agáchese, ordenó el jefazo de los detectives, ¿es que nunca ha escuchado eso de que, conforme más cerca del peligro, más seguro? Claro que lo he oído, dijo el rey, ¿pero a que cuando aparece el oso en el monte usted corre en dirección contraria? Por eso nunca voy al monte, contestó el jefazo. Pues entonces no me lleve usted a la hoguera, determinó el asustado monarca. La comparsa de detectives se detuvo entonces. Señores, cambio de planes: a alejarse. A mandar, dijo uno. Ya estamos improvisando, se escuchó decir a otro. Qué tocada de cojones, dijo alguien de más atrás. Qué soez, reprocharon todos al malhablado. A callar se ha dicho, espetó el jefazo, y p’allá tó el mundo, que todavía hay que encontrar a la vieja. De modo que ahí tenemos a toda la escolta desandando lo andado. Y claro, todos vestidos igual y caminando así tan juntitos, un ratito p’alante y otro p’atrás, aquello les pareció a los que en aquella plaza estaban que lo que en realidad estaban haciendo era una conga a la que, sin dudarlo un instante, decidieron unirse, consiguiendo así ir siguiendo precisamente a aquel que de ellos quería escapar. Mis felicitaciones, dijo el monarca, ahora tengo a medio pueblo detrás mío. Pero nos alejamos de la pira, señaló el jefazo. Y con menudo ritmo, dijo otro que acabó haciendo compañía al nuevo al final del grupo.

El séquito, ahora más multitudinario, apareció rumboso de nuevo en la rambla. Tengan preparadas las pistolas, pidió el rey, no sea cosa que se nos aparezca la vieja Cuaresma y nos la líe. Descuide, lo tranquilizó el jefazo, que están desenfundadas y listas para apuntar; a partir de ahí, habrá que ir pensando en algo. ¿Qué quiere decir con eso?, inquirió su majestad. Pues que con pistolas de juguete como estas, indicó el jefazo, ya me dirá qué quiere que hagamos además de apuntar con ellas. Quizá lanzarlas contra los enemigos, señaló un avispado. Bien visto, Madmartigan, premió el jefazo. El rey cayó entonces en la cuenta de que lo que había alrededor suyo no era ningún batallón de detectives o guardaespaldas, que era lo que había venido pensando durante los últimos dos párrafos y medio, sino una banda de tipos disfrazados, que era lo que todo el mundo había venido viendo desde más o menos el mismo trecho. Válgame Dios, exclamó. A ese ni lo nombre, que es allegado de la vieja y traerá mal fario, censuró el jefazo. Mal fario me están trayendo ustedes, se lamentó el rey comenzando a abrirse paso entre las gabardinas, ¡Aléjense de mí!, gritó. ¡Vuelva aquí, insensato!, le gritó el jefazo. ¡Ahí va el Carnestoltes!, gritó otro que se acababa de unir a la jarana y que iba disfrazado de cura, ¡A él!

El tumulto se apoderó entonces del asustado monarca y, levantándolo por los aires, fue llevado en volandas de nuevo hasta la carroza que transportaba su trono, el cual había permanecido vacío. Una vez instalado en él, y casi oliendo ya el tufo a sardinas asadas, a pesar de que todavía faltaban unos pocos días para ello, amenazó con el puño cerrado al grupo de detectives que, visto el éxito de su misión, ya comenzaba a dispersarse por las calles de alrededor. Poco o nada más se supo de ellos. Por su parte, el rey Carnestoltes pensó que si iba a acabar ardiendo un año más, procuraría que todo el mundo lo hiciese también los días que le restaban aunque fuese entre llamas de confeti, caramelos y un nada moderado consumo de bebidas espirituosas. Prefiero reinar siete días a lo grande en la calle que siete semanas encerrado en casa bebiendo té, fue lo último que se le escuchó decir poco antes de perderse nuevamente entre el desatado gentío de la plaza.

Lucas Corso, joven escritor que participa de la generación Subway, Editado por Playa de Ákaba

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