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by j re crivello

Le dejo encima de la mesa. Su dueño quiso retirarle. Una mirada de la acompañante le hizo arrepentirse. En las tardes de domingo en este bar se acercan parejas llenas de cansancio materno o paterno. Suman. Detrás, un cierto alivio que les incomoda queda en la cocina de su casa. Allí junto a la despensa un trozo de queso, unas débiles mezclas de pimiento y atrevido cebollín. Antes de salir en dirección a la barra plateada donde se encuentran quizás, no lo sabemos con certeza, ella y él se estirasen en la mesada de la cocina. En un cuartucho pequeño y atravesado por una luz roja que viene del patio común. El, tan solo, sumergido en sus piernas, hablase de sexo, o carne seca y agria del amor pasado. Nada más. O sí. Un vaso lleno de güisqui y una lengua barriendo dentro, después del sudor, o antes.
La intimidad de la colmena humana es esquiva. Uno puede imaginar la honradez o el aburrimiento, pero en la cocina del amor, allí se prestan desde el empacho de agua caliente y vientre liso, hasta el calor húmedo y perverso de cada pimiento rojo que ejecuta el baile del amor. O de cada orgasmo que brota en la pelvis. O pasados unos minutos, se sumergirán en el desengaño. O en la torpeza invitada del amante que luego vuelto sobre si, le dirá a ella o a él.
“¿Bajamos?”. “¿A dónde?” –pregunta ella/o el. “En la esquina esta un bar de aquellos de domingo” –y responderá. “Vale”.

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