natalia Goldberg 1

Amigos, a veces uno empieza un camino –j re- la serie es de 3 artículos. La imagen es de Natalia Goldberg gran pintora y escritora de EEUU.

Entre y me senté en la barra. Hacia frio fuera. El viento producía una sensación de pérdida del alma en los habitantes de esta aldea. La barra, los colores, la música eran americanas. Corría el año 1975. Había llegado a un pueblo pequeño incrustado en la montaña. “Los Alpes no duermen nunca” fue la palabra del lugareño cuando me indico este bar tan desigual en el espíritu de la comarca y luego agrego: él, seguro sabe algo, pues aún tiene contacto con gentes que se marcharon hace un siglo a América. Al acercarse a la barra el dueño del bar, abrí el papelito que llevaba en mi bolsillo, un garabato de una mujer mayor, en la cual solo decía Maria Grazia. El tipo me miro, le mire. Tendría unos 80 años, rudo, lleno de rizos en una cabeza poblada y gruesa.
_ ¿De Argentina? No entendí como lo había deducido y respondí:
_Si. Luego soltó una disquisición de seres que subían a barcos, se aguantaban el frio y el hambre, y trenes que dejaban esas almas en un vertedero gigante que llamaban La Pampa.
-E la vita. Mascullo, luego dejo caer dos vasos y puso grappa. La destilaban en este precipicio donde la luna cae directa en los valles, les ilumina y se mete en las ventanas como si buscara a desconocidos y si uno mira hacia arriba se esconde en las alturas. La vida en estos pueblos a más de 2000 metros, de montaña, de piamonteses, se resbala, se apiña en las laderas y crea sueños de nata, de embutidos olorosos, de vinos añejos. Sirvió otra grappa. Mi esternón raspaba, mi cabeza ya flotaba.
_Marie Grazia –repitió. Es una señora baja de cabellos claros que cuenta historias muy antiguas y lee los ojos a quien le visita –dijo acelerado y raudo. La había definido igual que quien me enviaba, mi abuela, Domenica. Ella vive en una casa de tejados de piedra desigual poblada de gatos. A 300 metros arriba. De allí se ve el valle. Y sirvió otra grappa, para agregar:
_Domenica y Teresa. Dos nombres que espantaron los recuerdos de casi cien años. Me explico que los barcos se llenaban en Génova y se hundían en el mar. Que siendo niño veía a los últimos en marcharse, subir por esa ruta azulada y llena de ilusión. Esos dos nombres y 200 más los sabía de memoria; su padre le obligaba a recitarlos uno a uno para preservar el espíritu que se alejaba.
_Marie Grazie fue novia de mi padre. No se casaron. Me explico que sus ojos verdes llenaban un vaso. Que sus ojos verdes llevaban muy lejos o preguntaban a quien le visitaba. Se apartó del mostrador y llamo por teléfono. Luego al regresar dijo:
_Ella está esperándole, esta vez fue un español fluido y grande como la olla de los pobres el que salió de su boca. Quise pagar y no acepto. Mi abrigo gamulan pareció ser débil ante el frio que entro por la puerta. Helado desde fuera y caliente por esa grappa que bailaba dentro. Antes de seguir caminado metí la mano en el bolsillo derecho, una carta y una foto de Domenica se apretaban sin más. ¿Qué diría al entrar? ¿Cómo sería esa antigua mujer? Para quienes le citaban siempre decían, ella cultiva la mirada del recuerdo. La subida fue lenta, me pesaban los pies, parecía que cada paso era más angustioso y débil y el viento me desplazaba de lado a lado. Me detuve, pregunte a otro aldeano y miro a casi 50 metros, luego señaló y dijo tres palabras:

_Ella le espera.