Sale una superposicion de un texto que no es culpa mia, los brujos hoy están alterados -j re-

     Cupido, el peor arquero de la historia. El querubín celestial encargado de repartir desamor indiscriminadamente, el que necesita miles de flechas en la diana para conseguir dar en el blanco. Por cada acierto que consigue ha de acumular multitud de fallos, pero eso no le impide perseverar en el error como si de un autómata perturbado se tratara: su única misión consiste en intentar agotar las flechas de un carcaj con capacidad infinita, sin llegar a entender que nunca lo conseguirá. Por cada amor celebrado el día de San Valentín existe una cantidad exponencial de fracasos detrás, el bagaje de amores fracasados anteriormente por cada una de las personas convocadas en una nueva relación. El 14 de febrero marca en el calendario la visita a un perpetuo mausoleo en el que reposan las lágrimas y los corazones rotos de miles, millones, infinidad de seres humanos que fueron felices en manos de otra persona que, finalmente, decidió que sus vidas no estaban destinadas a celebrar otro día de los enamorados. Nadie recuerda a ninguno de estos desgraciados en dicha jornada. Nadie. El olvido los engulle y desaparecen de la faz de la tierra como si no merecieran una mísera elegía.

Algunos viven indiferentes, obviando lo que sucede a su alrededor durante esas 24 horas. Otra vez será, quizás. O puede que no, tal vez. Otros lo viven con mayor sensibilidad, recordando tiempos pasados que siempre parecen mejores de lo que fueron, pero acabando un pensamiento tras otro con la misma penosa conclusión. “Ojalá siguieras aquí…” es un triste lamento para un alma abandonada, pero aun así no deja de retronar en millones de mentes segundo tras otro. El peor arquero de la historia nunca descansó, y lamentablemente no lo hará jamás, provocando nuevos latidos en los corazones que cruelmente, siempre cruelmente, porque cruel es acabar con el amor, iniciaron otro distinto, desembocando en una nueva realidad en la que estos inhumanos verdugos de antiguos sentimientos celebran otros recién estrenados tal día. Desamparadas sin consuelo, las ánimas desahuciadas lloran, o rugen con rabia y odio, o se ahogan en un envenenado vómito surgido de emponzoñadas entrañas que se han infectado por un simple “tenemos que hablar”. Ojalá lograran calmarse, pero no pueden: el amor puede ser más frío que el invierno, más tóxico que el veneno, más enfermizo que el más temible de los virus. Y al mismo tiempo, bienaventurados los huérfanos de corazón que consiguen expresar esa desazón y así sentir algo más, porque a la postre Cupido no hizo diana en ellos con el más nefasto de sus estiletes voladores.

La flecha inmortal. El alma que se hospeda en la oscuridad, incapaz de mostrar ningún tipo de rebeldía. Aposentado en el silencio, un corazón que ya no late condenado a seguir existiendo da vida a lo que antes fue un ser humano. Catatónico, inmóvil en la penumbra, solo recuerda la sensación de estar cayendo en un infinito agujero, en una sombra sin fondo a la que fue empujado por unas cuantas palabras a las que nunca supo reaccionar. En silencio, vive aislado del resto del mundo en su burbuja, ajeno a que la vida se le escapa de las manos, aunque es una vida que ya no desea desde hace mucho tiempo. El peor arquero de la historia fue por fin consciente de sus errores con ese ser y jamás se arriesgó a errar una flecha más con él, sin madurar siquiera un instante lo que ello conllevaba. Que ese corazón jamás sería el destinatario del proyectil apropiado. Que ese corazón nunca jamás volverá a latir.

Ojalá pudiera ayudarte. Ojalá pudiera conseguir que volvieras a sentir algo. Ojalá pudiera hacerte sonreír, ojalá pudiera borrar del calendario el 14 de febrero, para que nadie pudiera celebrar que lo que sientes no existe para el resto del mundo y hacerte recordar que tu dolor es solo tuyo, y ninguna otra persona del planeta es capaz de sentir nada ni remotamente parecido. Pero no puedo. Solo el peor arquero de la historia puede, y tiene la más aciaga de las punterías.

Pero ojalá pudiera hacerte recordar que todavía amanece, aunque la mitad de tu alma no esté contigo.

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