by j re crivello

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Personaje de la Novela “La habitación roja”

La Sra. Ling aviso a su ayudante para que abriera la puerta al Gran Dragón, cinco hombres tomaron sitio en un semicírculo y en el centro pudo sentarse con gran esfuerzo un individuo de cabeza rapada, grandes ojos negros y casi 70 años. Era la primera vez que le visitaba y era uno de los pocos chinos al cual la Sra Ling aceptaba en sus servicios. Sus guardaespaldas se retiraron quedando tres consejeros.

Le quito la ropa y quedo desnudo, en la parte del tórax una profunda cicatriz dividía su piel. La Sra Ling vio un espíritu fracturado lo que impedía iniciar su último viaje. No le refirió lo intuido pero si le insinuó con una mirada que sobrevivía en una dificultad. Aquellos grandes ojos negros se hincharon y sus pupilas usaron ofrecían una respuesta ¡el precio no importa! Ella le obligo a estirarse y le unto una crema balsámica hecha con cola de dragón y hierbas silvestres de la zona de Manchuria por todo el cuerpo, solo dejo su cabeza y sexo al descubierto. Aquello cristalizo, adoptando una unidad que al tirar de la piel le producía un gran dolor. La Sra Ling bebió de un bote un relajante muscular y con sus labios lo fue dejando caer dentro de la boca, que comenzaba en unos labios saturados de maldad. El líquido produjo efecto y permitió al Señor de la mayor triada china recuperar lentamente la paz. Luego ella le hablo al oído, sin blasfemar, ni recurrir a ninguna palabra obscena, y su sexo recupero la vitalidad, pero ella prosiguió durante largos minutos rodeando ambas orejas con un murmullo que aumentaba sin cesar casi hasta convertirse en un cantico. La escena suponía tener a su merced a un dragón que no podía moverse, ni articular respuesta. Sin mediar explicación, la señora Ling recogió un martillo envuelto en seda de su lado y dio un golpe potente en el centro de su tórax. La cera cristalizada hizo un ruido explosivo y se partió en miles de pedacitos. De los tres ayudantes que quedaban alrededor reaccionaron sorprendidos por la fuerza de aquel encanto y la violencia de su despertar. El Gran Dragón tenia las cejas levantadas y su asombro parecía haberle salvado del odio que le atrapaba. La Sra Ling se puso de pie y regreso con una bata roja con dragones amarillos pequeños forrando su interior y le hizo ponérsela y sentarse en la posición de la flor de loto frente a sí, a ambos les separaba muy pocos  centímetros y, la risa; o la maldad; o la bondad bailaban en su respiración. Y… un dialogo comenzó:

–El mal –dijo él. Quizás, intentaba responder desde dentro de una interminable ruta que minutos antes su fría caparazón le había retenido.

–Te atrapa y te seca –respondió ella

–Pero el mal está preparado para llenar la Tierra de hormiguitas que desean seguirle. Ellos escapan a la bondad. Quieren sexo; o drogas; o venganza; o juego. Son los avanzados soldados del ejército… de la Ira. Hizo una pausa y sonrió, en sus labios una lengua remojo la piel hasta dorarla de cristales finos. –El mal no cautiva –respondió ella sin dudar –y agrego. Más le visitamos y más te posee hasta convertirte en un ser rígido. Has venido ante mi asfixiado, ¡hasta en tu sexo!. Ella había soltado su bata y estaba desnuda, desde su pelvis subía un dragon tatuado en rojos y dorados mientras sus dos senos grandes y rectos mostraban una mujer de 70 años pero joven y atractiva. Su cliente levanto la voz:

–Si no estoy yo, ¡estaría otro!

– ¡Quítate! –dijo la Sra Ling esbelta, serena, y rodeada de una belleza inusual.

–No, soy y ¡seré! el Gran Dragón

-¿Hasta cuándo? –pregunto ella con cierta ironía. Su cara blanca como la leche se acentuaba con una corona rosada en sus labios, suaves y finos untados con mantequilla de reno de la que hacían hace 200 años en la China Central.

-¡Hasta mi muerte! Volvió a insister el Jefe de la Gran Triada.

–Ella esta próxima. La Sra Ling levanto la vista mirándole hasta entrar en su cliente y darle a entender que su solicitud de hace minutos era el último trabajo, luego, estaría solo en el escenario de la Ira. El percibió el mensaje e intento doblegarla con el chantaje, al decir:

–Debes continuar o… La Sra ling abrió su bata aún más, mostrándose sensual y dominante, pero serena y se atrevió a decir:

–El camino de la Ira se elige y práctica. No estaré allí ni… ¡que me arranques la vida! –y agrego: Debes marcharte y pagar el servicio. Has convenido un precio antes de venir a mi casa, lo has acordado con tus cinco consejeros. Ellos dan fe. El Gran Dragón había recuperado su estado anterior, estaba incómodo con el acuerdo y prefirió pagar antes de acabar con ella, aunque dio un rodeo alrededor del precio:

-¿Cuánto? La Sra Ling saco una lista de 101 personas que sufrían su persecución y dijo:

_ ¡Liberales!

–Esto es más que lo que vale tu servicio, y muchos de ellos son del Estado   –dijo él

–Al entrar, mi precio era tu alma, y ¡tú lo aceptaste! Pero prefieres seguir en aquella esfera de dominio, pues bien, imagina que cambias tu alma por estas 101 almas.

– ¿Y sino? Pregunto con fastidio el Gran Dragón. Ella respondió:

–Tú dominas la materia, yo el espíritu. Sino no lo aceptas, en siete días  te iras secando. Su cliente se puso de pie y uno de sus consejeros agarro la lista. Desde la puerta, mirando a la Sra Ling, el Gran Dragon le sermoneo:

–Vivirás muy poco, muy poco Y se marchó.

Después de la cita, La Sra. Ling se vistió y bajo a comprar un licor con un lagarto dentro, luego dio un paseo para regresar a su casa a las nueve en punto. Su sirviente le sirvió una ensalada de lechuga y patas de cangrejo. Luego se retiró a su habitación. Se desnudó y se vistió con una capa de seda amarilla por fuera y roja por dentro. En aquella desnudez casi fantasmagórica, bebió copa a copa, hasta que no puedo controlar el fino roce de la seda con su piel blanca, sin una arruga, que le transporto a su juventud llena de espasmos de amor. Se durmió hacia las dos y de su boca durante largo rato saldría un vaho de alcohol que empañaría la botella. En el Este de Shanghái algunas cubiertas de los tejados volaron ante un viento duro y recio, luego vino la lluvia que se transformó en barro.

 

Nota:

El Gran Dragón dio orden de dejar a los 101 en la frontera china, luego envilecido consulto con los consejeros, pero callo desmayado, entrando en un sueño profundo del que no despertaría. Dos noches después la triada fue asaltada y dominada por Don Xing, un antiguo comisario de provincias que construía sus redes mafiosas utilizando la fuerza el miedo y no la Ira.

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