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General Ma hung Kuoei, 1949, foto H Cartier Bresson

by j re crivello

Ni-lang decidió entrar nuevamente en la casa. El corazón le dio un salto al ver nuevamente todo tirado y sucio. Los días de la orgullosa Sanghai, cuando su tía le hacía venir desde el campo, definitivamente habían pasado. Fue hasta la habitación de su tía, revolvió todos los cajones y escogió algún vestido abandonado, no debía llamar mucho la atención. Se decidió por alguno gris he hizo un hatillo con otros dos en tonos verdes. Luego dio vueltas hasta encontrar un pequeño bolso, dentro añadió ropa interior y medias.

De repente se le ocurrió una idea y paso su mano por debajo del gran colchón, no quiso pensar que había servido para alimento del alma de su tía y de las traviesas proposiciones de los caballeros que alimentaban su ego y, su patrimonio. Su mano derecha dio con un objeto, tiro con fuerza de él. Era un pequeño diario rodeado con una cinta suave de color salmón. No se atrevía a espiar dentro, pero los tiempos eran extraños y malvados, su intuición le decía dónde ir ¿y si aquello le servía de ayuda? Al abrirlo una hoja fina y delgada en la solapa ponía su nombre. Una letra que volvía sobre si misma haciendo lazos para juntarse y regresar al párrafo –narraba en primera persona: “querida sobrina”. Su fecha databa dos días antes de la entrada de los Guardias Rojos en esta parte de la ciudad. Luego cual azucarillo que dejaba en sus manos, aparecía una dirección en América ¿de otra mujer? U otras opciones por si decidía quedarse. Con su dedo índice Ni-lang señalo bajando hasta el final una serie de citas posibles que le dejaba, para intentar conseguir ayuda y salir del país. En una pudo ver el nombre del abogado que había dejado en la mañana tirado en el suelo. Soñó o quiso creer, que alguno de ellos mantendría la estudiada ambigüedad para no ser asesinado por los Guardias, y mantener una cierta influencia en el nuevo aparato. Arranco esas hojas e hizo un intento de memorizar aquello, pero los nervios le doblegaban. Busco en los muebles una tijera, la hallaría en un cajón, eran dos hojas doradas envueltas en una graciosa y sensual braga de seda rosa. Con ella corto y separo cada dirección y las distribuyo en los dobles fondos de su vestido. No caerían todas, tal vez salvaría una parte. De una manera distraída, ojeo el diario, pudo leer que aparecían reflexiones personales y consejos para ser una excelente amante o para el arte del buen vivir. Aquello le parecía ¡tan alejado de su vida!, lo cerro y escondió, le leería más tarde con tranquilidad.

Esta noche podría tener visita, el funcionario que había visto en la zona de los fusilamientos, aquel que había vivido en su aldea unos años, del cual recordaba su apellido Deng podría influir. Ello le impulso a preparar una noche agradable. Decidió ir hasta el lugar donde habían dejado a su tía. En la parte trasera de la casa, donde criaban los cerdos. El cadáver estaba allí, seguía sentada y apoyada contra una pared. Su cabeza pendía como olvidada del sufrimiento y sus piernas abiertas y desgarradas, mostraban la categoría de los que le habían utilizado. Busco una pala y comenzó a cavar en un lateral del camino que da al corral, luego la arrastro hasta el agujero dejándola caer y tapando con tierra. Decidió  poner encima una pila de ladrillos para disimular la tierra removida. Ahora debía limpiar un poco la habitación y la entrada, echar llave y esperar. No aguantaría mucho allí, sola, mientras la ciudad se desangraba. Le ayudaría quizás, que en los próximos días millones querrían escapar, pero luego requisarían las casas para dárselas a los amigos del régimen y ella iría directamente a una cárcel o al campo a sumar mano de obra. De tan solo pensar que le enviarían al confín de China, a una aldea alejada de la que jamás regresaría y este pensamiento le doblegaba. ¿Habrá agua? Vio un pozo y lleno una cisterna que alimentaba el lavabo. Se hacía de noche y no debía llamar la atención, subió hasta la habitación y en el lavabo lleno con agua fría una bañera pequeña. Los grifos dorados habían sido arrancados de cuajo y los azulejos azules y rosados se mantenían de la rapiña. Encendió una vela y se desnudó. Al quitarse las prendas de campesina, solo era una mujer provista de futuro y ajena a un mundo que deseaba matar la originalidad. Metió los pies dentro, el frio le erizaba el vello y su cuerpo blanco se reflejaba en el azulejado. Se pasó jabón por los senos y levanto las piernas abriendo una y otra vez los muslos. Volvió sobre si misma a preguntarse ¿si el sexo era hacia arriba, o su tía se sumergía en los músculos masculinos? De manera recta ¿como si luchara encima de ellos? ¿O  empujando hasta vencer el deseo de cada jefe que le compraba sus horas? No sabía cómo era aquello, solo intuía. La observación en el campo, de las cuatro cabras que tenían, le daba alguna pista, pero no entendía aquella insistencia previa cuando los animales se pasaban la lengua una a otra para montarse y gemir sin letra ni canción. En ese lago de agua helada, su cuerpo le hablaba, le decía de la espera, de las dudas y el intento de preparación, para quien le visitaría esta noche. Se secó, luego se pasó una crema por todo el cuerpo. En el frasco ponía “de aleta de tiburón”. Intuía que las propiedades de este potaje alterarían a su amigo. Luego se puso una media detrás de otra hasta el final de la pierna. La seda del vestido y su suavidad le atraían hasta aquel paraíso abandonado de su tía. Se peinó, prefería renunciar a su melena y se la recorto hasta debajo de sus orejas. Estaba cambiada, de la rudeza de antaño ahora se veía una mujer sencilla pero atractiva. Limpio todo, ahora debía buscar comida, algo aún más difícil. Volvió al diario y le hecho una mirada. Extrajo una carta y extasiada la puso cerca de la vela. ¡Qué estupidez! ¡Había algo escrito! Miro varias veces y pudo ver un símbolo. Miro en la habitación –y nada, fue hasta el lavabo -y nada. Decidió ir a la cocina y en la parte de la despensa vio el mismo símbolo. Era un azulejo pegado y fuerte, decidió quitarlo. Detrás había una llave que al empujarla separaba el fondo de madera de la alacena. Con su vela entro y pudo ver una pequeña despensa. ¡Tenía comida! No mucha, pero arroz y alguna cosa de secano. Además una bodega que guardaba un poco de vino dulce y licor de arroz. Con ello comería un poco y prepararía la visita. De nuevo en la habitación, miro algunas fotos, un general gordo y fofo dormía la siesta, leyó por detrás “General Ma Hung-kouei, came to Nanking just before its fall” y ponía el año de 1949” y al pie de la imagen, un saludo de enamorado escrito en carboncillo.

Se despertó de repente, se había dormido con la foto de ese extraño general, ¿Qué hora seria? Se puso de pie y el diario de su tía cayó al suelo, recogió todo y pudo ver que una hoja llevaba una marca. La abrió y apareció una descripción del general Ma Hung, la letra cautivadora de su tía describía de una manera descarnada e irrepetible que el gordo llevaba siempre consigo varias tabletas de anís con marihuana que partía en dos y quemaba con incienso, para luego girarse en la cama y dejarle hacer. Ella le masajeaba en la espalda y en segundos su ronquido era tan intenso que el cristal de la ventana se desplazaba levemente dejando entrar el aire putrefacto de una charca cercana.

Sintió unos golpes en la puerta, se asomó discretamente. Era Deng y su coche negro detenido unos metros más adelante. Bajo a abrirle.

Página Web de la Sra. ling

Notas:

Claves para seguir la historia

Ni-Lang: madre de la Sra. Ling

1949: Entrada de los Guardias Rojos en Shanghai

Deng: Bajo su liderazgo, la República Popular China emprendió las reformas económicas de liberalización de la economía socialista1 que permitieron a este país alcanzar unas impresionantes cotas de crecimiento económico.2 Frente a estos éxitos en la economía, Deng ejerció un poder de marcado carácter autoritario, y su papel fue decisivo en la represión violenta de las protestas de la Plaza de Tian’anmen en 1989.

Miembro del Partido Comunista de China desde sus años de estudio en Francia y en la Unión Soviética, Deng se convertiría en uno de los dirigentes más importantes del Partido Comunista durante la época de Mao Zedong. Sin embargo, su cercanía ideológica al entonces presidente de la República Popular Liu Shaoqi, lo convirtió en uno de los blancos de la Revolución Cultural, campaña de reafirmación ideológica impulsada por Mao, presidente del partido, para mantener el poder frente a los reformistas como Deng y Liu, quienes fueron acusados de derechistas y contrarrevolucionarios. (Fuente Wickipedia)

 

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