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Australian street Art

“A veces me despierto a las 3 y como no tengo sueño me pongo a jugar hasta que me duermo nuevamente. Alguna vez se me ha caído al suelo la maquinita”.

  1. O. -1ro de ESO-

Están ahí. Crecen, nos aprietan en el cariño. Son fuerza y sal. Responden a los que las femeninas y los masculinos hacemos desde que un señor nos dijo que todo venía desde la costilla de Adán.

Hace unos días al salir el tema -con un grupo de 11 años, esto de la costilla de Adán les hizo destornillarse de risa. Las nuevas generaciones ya saben que los hijos vienen del sexo, del amor, de dos. Saben que aquello es una suma y un sacrificio. Una entrega. Pero también cada vez son más egoístas con ese caudal de amor. Le explotan asociado a la materialidad. Al estatus y a los horarios. Rajan en el suelo, ante una insinuación en la cual “el chorro de calidad de vida se les termine”. Nadan de la tele y el ordenador del dormitorio. O, en los gadget de individualidad.

Y las femeninas y los masculinos, divagamos, transpiramos. Consultamos a las autoridades (maestros, psicólogos, coach, parejas mayores). Y nos responden  desconcertados. Solo una frase látigo regresa como solución: el retorno a los valores tradicionales.

“Decir No, cuando es no”.

¿Fácil? Una riada de especialistas nos aconseja, dominar esta generación hedonista que ve a los abuelos en el restaurante. O, si los ve de otra forma, intuye que su padre o su madre están trabajando para proveerles de MÁS.

De lo cual, ¿es MÁS la solución?

La costilla de Adán deberíamos reinterpretarla. De más amor y límites, con menos estropicio material.

Abuelos, padres e hijos están con el paso cambiado, tal vez todos desean ir al restaurante. Y observamos, que ello nos devuelve ante la fatiga del espejo:

# Un menor compromiso y la crisis del modelo familiar#

 

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