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“Al comienzo de la primavera, con el canto de la primera alondra, comienza la vida vagabunda de toda la Siberia, en toda la Rusia; las criaturas de Dios se evaden de las prisiones  y se esconden en las selvas. […] Hay que ratear, robar, incluso asesinar” Pág 257 Dostoyevski La Casa de los muertos

Al comienzo de la primavera una inusual pirámide de seres en busca del sol se lanzan a elegir donde echarse una foto. Son los turistas que azotan, que malcrían su ego en las playas o las ondulaciones de la España actual. En cada esquina de una gran ciudad un grupo de cazadores de reliquias guarda en su retina miles de años que la Península superpuso una encima de otra cual lucha tribal que colonizadores, visitantes, o duelos de religión empujaron entre si el límite de sus pertenencias.

Un país de luchas tribales ha dejado huellas de su fermento, de su característica principal. Amar, ser amados y atacar a quien profese otro himno que no se someta a la regulación de las diferencias.

Una España de católicos, de musulmanes, de voyeuristas, de encamados con concubinas prestadas, de lenguas que desean ser principales y someter a sus competidoras, de señores que niegan la plenitud de la opinión ajena por poseer una elevada incontinencia verbal y suponer que su reforma es la única.

#Nadan en la abundancia del pasquín y la fiebre de la intolerancia#

Ha llegado la primavera y quedan solo 18 días para que vayamos a las urnas y veamos el desfile de locionescuralotodo y… ¿de acuerdo, de pacto, de ceder? Nada. ¡Eso es para el invierno!

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