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(1) by j re crivello

Una sarta esquiva de mal-encarados con las convenciones. Hasta que al ser famosos aceptamos domesticar nuestras almas. Pero nuestra tarea es imaginar mundos cerrados pero muy reales:

“Mi Nona antes de irnos a la cama, acostumbraba a rezar con un rosario largo de plata y cantos unidos entre sí. En esa época mi vida en San Carlos, un pueblo de La Pampa central transcurría de una manera anodina y aburrida. Tenía 8 años y me habían dejado depositado a cuenta de la separación de mis padres. El mundo que me rodeaba era presidido por un sonido extraño. El idioma piamontés, aquel verso,  participaba de mis calzones, comidas y deberes. Los cuales por cierto los hacía en el centro de la cocina, en una mesa que hablaba con el patio y una extraña vecindad: Los Dolan.

Pero una de aquellas tardes de provincia mi vida se alteraría, en la casa de al lado un asesinato frio modifico mi apetito infantil. Todo comenzó cuando la vecina golpeo en la puerta desesperada. Mi Nona y yo le dejamos pasar. Lloraba desconsolada y solo atinaba a decir: “mi Jorge”. Sin conocer la causa de su desconsuelo, le acompañamos hasta su puerta, entramos hasta un zaguán que olía a cebolla frita, casi al final estirado en un sillón su marido estaba amarillo y fresco de agria muerte. Mi Nona se acercó hasta él, sin tocarle paso su mano por delante de su nariz. Se dio vuelta y dijo: “no sale aire de sus ventosas”. Por mi parte dije: “llamemos a la policía”. El fiambre pareció darnos la razón. La vecina fue al teléfono y pidió con la comisaria. Un murmullo metálico nos hizo intuir un “ahora vamos”. Cerramos la puerta de la calle y los tres nos fuimos a la cocina a esperar. En aquella atmosfera de cebolla frita, pude observar que las ventanas daban a un gran patio y en el fondo una especie de cerco encerraba a cuatro pavos reales. Uno de ellos desplego la cola de un azul y dorado intensos. Estaba encandilado en aquel manto de plumas, cuando las dos señoras dejaban pasar al agente. Era regordete y llevaba un bigotito fino y ralo. Se inclinó ante el muerto, que creo estaba ya harto de esperar. El hombre le sacudió para ver si respondía. Pero Don Jorge no nos dijo nada. Le intentaron abrir la camisa, pero descubrieron un enorme rosario que le apretaba. “Se ha asfixiado rezando”, dijo el policia. Desenredaron la causa de su muerte y la dejaron en la mesa de la cocina. Me acerque hasta ello y vi que era idéntico al de mi abuela.

los escritores somos (2)

Los escritores somos una raza especial: morbo, recuerdos, afectos sobrevenidos. A ello le sumamos el color de las comidas, sus suaves crestas de colores vivaces, el gusto provinciano, la primera experiencia de sensualidad o muerte y una marcada espiritualidad al borde del esoterismo.

“Mi Nona puso un plato hondo cubierto hasta la mitad, luego cogió un trozo de hilo fino de cocer, con la tijera corto aquellos 15 centímetros, en pequeños rectángulos, dejándoles caer dentro. El contacto con el líquido les hizo bailar y entre tocarse. Una vez acabado aquel movimiento, mi Nona miro dentro y se volvió hacia su demandante. Sin más tradujo su experiencia en consejos sobre el futuro y la salud. Allí acabo todo. Le ayude a recoger sus herramientas. Un hilo se pegó en mis dedos, le desate y le mire. Parecía vivo e inquieto. Le metí en mi bolsillo. Pase todo el día jugando pero noté a mi pantorrilla dura y seca, tal vez

#Sentía el peso de la arena del desierto pegada a mi vida#.

 

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