Amigos, ya sé que mis historias les dejan “Nocaut” A mi también -j re-

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 Ladronzuelos de historias que escuchamos a la vera del camino, en una zapatería mientras nuestros pies estallan ante la insistencia del vendedor o en un bar bebiendo café mientras una o varias palomas de la Rambla nos asaltan por un trozo de croissant.

Mi nona espiaba el alma ajena, debo reconocerlo. Todos los jerséis que me hizo los tejió al lado de la ventana mientras veía pasar a la gente, e imaginaba sus historias. Por ello cada vez que era invierno y me ponía sus jerséis una cantidad de historias entretejidas me asaltaban. Alguno pensará que estaba desequilibrado, no. Ella había puesto la vida en la lana y la lana guardaba con rigor y cariño esas cuentas dobladas y sin fama, como la siguiente historia que someto a su consideración:

Aquella mañana de sábado logre despistarme del control de mi Nona y me fui al patio. No me intrigaba ni la gran pajarera que se abría a mi derecha, ni el posterior gallinero de fino alambre y suelo ondulado de tierra marrón y desconocida. No, mi interés era llegar hasta la tapia y lograr ver del otro lado. Me habían puesto un traje azul y la gomina me apretaba el cabello, esta tirantez, dejaba ver el contraste de mi pálida cara larguirucha. Estaba preparado para asistir al entierro del vecino de mi izquierda. Era la conversación del pueblo. Esa misma mañana antes de dejarme un poco olvidado le había acompañado a mi Tía, hasta la carnicería. El dueño un catalán, de cuerpo lleno y pelo ondulado, no dejaba de decir que el muerto se lo tenía merecido por no aceptar que las deudas del juego debían pagarse. Mirando hacia arriba, le pregunte en voz baja a mi Tía, que significaba aquello. Un golpe en la cabeza me sacaría de dudas. Reemplace la respuesta por mis propias conclusiones. El vecino era un mafioso que jugaba al póquer por las noches y regresaba a su casa de madrugada. Antes de acostarse le daba una tunda de palos a su mujer -si había perdido, sino, se ponía a roncar hasta las 12. Más de una vez le había visto salir a esa hora. Su nariz de galgo le definía, pero además, la colonia que se ponía después de afeitarse me recordaba al día en que lavaron a mi bisabuelo antes de meterle en el ataúd. Aun retengo esa figura metida en mi retina -al asomarme desde un descansillo en la ventana que daba al patio. Pero no sé si mi vecino muerto de repente estaría en el cielo. Mi abuela dice cada noche, que antes de llegar al cielo, está el Purgatorio. Allí esta Dios y va separando a uno y a otro. Los pecadores se van al infierno y no soportan el calor muriendo asfixiados. “¿Jugar a las cartas será un pecado?” –a veces me pregunto, porque yo lo hago cada día a la siesta con mis 4 primas. En los días de mucho calor, esta actividad me distrae en la peor hora, cuando los mayores se van a dormir y no quieren sentir ningún ruido.

Ya había llegado hasta la pared, puse una silla cerca, pero comprobé que era muy baja. Como no había una escalera, fui hasta el gallinero y me traje un cubo de hojalata que utilizamos para darles de comer. Con aquello pude llegar hasta el límite de esta cubierta de cemento. Del otro lado se veía una casa en el centro de un gran patio de tierra, luego nada más. Esta familia era el comentario del barrio. Sus miembros siempre estaban inmersos en una actividad detrás de otra. El más destacado el padre. De porte arrogante, su cascara de nuez debajo del mentón parecía salir más allá de sus palabras, le había oído hablar más de una vez con mi abuela. Fagocitaba las erres y su descaro iba gradualmente en aumento. Comenzaba con el tradicional comentario del tiempo y se animaba de una manera, que siempre lograba venderle a mi Nona algún cacharro que no serviría para nada. Luego ella paciente lo dejaba en el montón de Los Dolan, al final del patio. En mitad de la conversación, siempre, no dejaba de incluir su frase preferida:

_¿Se acuerda Ud. de Pérez? Mi abuela le miraba con respeto. Y él, recogía alguna anécdota diferente de aquel extraño personaje que me representaba un mundo, pero, debo confesar, en las noches al repasar mis aventuras, dudaba si era cierto lo narrado. La última de Pérez, era que había tenido una novia que acostumbraba a criar gallinas, para luego venderlas al carnicero catalán. Hasta allí aquello, no habría sido más que un detalle sin importancia. El descalabro aparecía en el giro del asunto. Según Dolan padre, la novia, le vendía más animales de los que podía criar en su pequeño patio. Al indagar el porqué, el tal Pérez había descubierto que ella gustaba de visitar por la noche los patios vecinos. Con un cuchillo alargado y fino, daba cuenta de su cuota para el mantenimiento de las necesidades de la casa.

¿Y qué fue de ella? –pregunto mi Nona. “Apareció degollada -respondió, más allá del final del rio. ¡Vio! donde gira un poco y se hace un remanso, para volver a acelerarse hasta la salida del pueblo”.

_ ¿No se supo quién fue? –insistió mi Nona. “Pérez me dijo –agrego Dolan, que un cuchillo tan ágil se transforma”.

_ ¿En qué? –pregunto mi Nona

_En la muerte –respondió Dolan. Y mientras pensaba subido a la lata y pegado a la tapia escuche:

_Hola. ¿Qué haces? Estuve a punto de desmoronarme de mis recuerdos, al ver muy pegada a la pared, una niña rubia de mi edad quien me hablaba. ¿Cómo había llegado hasta allí sin verla? ¿Se habría arrastrado pegada a la pared hasta dar conmigo?

_Hola –respondí. Nos miramos un rato. Ella sostenía en su mano un mazo de cartas. “¿Quieres jugar? –pregunto.

_No. De pronto sentí que me agarraban de la cintura y me tiraban hacia atrás. Mi abuela había dado conmigo y me reñía. Intente defenderme con una explicación sencilla:

_Quería ver quien vive allí. “Nadie” dijo mi Nona, “no es un sitio para meterse. Es una familia mala”. Enseguida pensé: ¿vivía allí otro vecino al cual matarían igual que al otro?

_Nona.

_ ¿Qué?

_Nos quedaremos sin vecinos. Mi abuela sonrió.

_No mueren todos a la vez –dijo. Algunos se enferman, a otros les cae la amargura y a otros la envidia les quita de en medio.

_ ¿La envidia? Dije para continuar: ¿no hay remedio para eso? “No, es lo que sienten los demás cuando te van bien las cosas” -agrego mi Nona.

_ Al vecino de al lado, ¿cuál de las tres le mato? –le pregunté. “No se tal vez la segunda”, -dijo ella.

_ ¿La amargura te viene de dentro o de fuera? -insistí. “De fuera. Los que te rodean son los que te devuelven lo tú que pones en ellos”. Mi Nona recogió todo. Estaba lista para ir al entierro. Me dio su mano y le seguí hasta la puerta.

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