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Mañana regresa la Sra Ling -j re-

Los escritores somos un grupo de jibaros corta cabezas, respiramos hondo cuando nos cuentan historias de seres “malos de la cabeza” o salimos en defensa de los débiles pero algunos sumergimos la platita en colchones antiguos, por ello siempre recurro a mi Nona y sus historias de espía vecinos:

Podríamos decir que despreocupados y leves son los eructos de mi vecino. Se apoya en un dialogo imaginario dentro de su casa y suelta aquello cada tanto. Le oigo de lejos, casi descubro que en su manantial de primavera, esta angustiado. El otro día le vi venir de frente. Cojeaba. Algún dato que mostraba ese lenguaje no verbal que intercambiamos, me decía de su intenso sufrimiento. ¿Le habrían echado de su trabajo? O, ¿se llevaría mal con su mujer? O, ¿el mayor de sus hijos con quien discutía seguido -un adolescente refinado- le impedía ser feliz? Intente pararle y hacer la pregunta clásica:

“Hola vecino, ¿va todo bien?”. Pero su saludo franco y seco le alejo de mi solidaridad. Así es la vida, me marche pensando, mientras sumaba su patrimonio y su hermosa mujer, que por cierto fumaba en el patio con aquel frio de comienzos de primavera, sin más falda que una enagua delicada, que cambiaba según el día, del rosa al verde.

Al día siguiente por la tarde quise entrar en casa, pero mi llave se estropeo. No tuve más remedio que tocar la puerta del vecino. Las unifamiliares son de esta manera: contacto de envidia, mujeres u hombres deseados y eructos o peleas de los niños rebeldes.

Me abrió ella. Estaba como siempre, de ropa de casa y enagua rosa estilo Levante. Le explique mi situación. Me dejaría pasar a regañadientes. Fui al patio y salte la tapia de flores y verdes de domingo recién regadas por un aspersor. Al darme vuelta para saludarle, vi como ella estaba fría y tiesa. El transparente de su encaje inducia hasta un breve y sediento ímpetu. Me tire hacia mi casa. “Es una pareja estupenda” –pensé mientras caía del otro lado. 

Al día siguiente una gabardina gris cubría a mi vecina. Salí fuera, viendo como le subían al furgón policial. Pregunte al de uniforme y respondió: “le mato ayer tarde. No pude menos que conectar mi entrada en su casa del día anterior y el finado que estaría esperando en la planta alta. Quise retirarme ante aquel minúsculo cáliz de vida matrimonial. Una señora a mi lado dijo: “¡se lo tenía merecido!” 

“¿Quién?” –pregunte. “Ella” –dijo, la morosa de chismes. 

_ ¿Porque? –pregunte. “No hacía más que calentar a los vecinos” –respondió.

 

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