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El rojo furioso del verano se adivina cada noche. El ventilador marca con sus aspas el sueño nocturno. Cada giro es cruel ante el sofoco que domina a sus dueños. La madrugada les trae un soplo de leve brisa. El verano se presta al gusto carnal, al asesinato, o la perdida de la memoria. También es el renacer de los apetitos del próximo año.

Nos dirigimos a una parte antigua y débil que espera nuevos contratos. De compra, de ilusiones o de deseos de una aventura antigua y extrema.

No sabemos más de aquello que nos puede contar nuestra experiencia, como por ejemplo, aquel recuerdo de una familiar, entregado al entierro disoluto de la tierra y el formol. Es más, al descubrir una imagen de aquel o aquella, intentamos redescubrir una enseñanza, o nos detenemos en la ilusión. Tal vez, aquello nos trae un alborotador cráneo, o un su paso vacilante.

Pero también es la fecha de los pescaditos fritos –digamos en el ocio que procura el calor, de la camisa fuera de borda, que se impone al cinturón. Es tiempo de sandalias y cáscara de sonrisa. Es tiempo de cerveza, de pausa obligada. También de suegra y niños. De trifulca familiar ante deseos diferentes que deben ser consensuados.

Todos corremos detrás de la ilusión y de la búsqueda del anonimato, que rompa con la estulticia diaria. De todos, parte una frase, que damos rápida salida ante la pregunta temida.

_ ¿Te vas de vacaciones?

_Si.

_ ¿Hasta cuándo?

_Solo 15 días.

Y en este lado del hemisferio la crisálida comienza a despertarse en esta primavera fría, con lluvias a ratos e infidelidades o rupturas para preparar el armario de verano.

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