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Amigos, colabora hoy en el blog, Lucas Corso -con quien comparto el- a partir de una imágen elegida entre ambos. Mañana subiré mi parte -j re-

– ¿Qué nos ha pasado, Nathaniel?

– La vida.”

Six feet under.

El tiempo y todo lo que había en él se detuvo, como si alguien hubiese pulsado el botón de Pausa en el mando a distancia del mundo. Lo único que continuaba moviéndose era la torre de trocitos de madera que, tambaleándose gelatinosamente sobre la mesa de la cocina, aguantaba estoica cuando el reloj dio las tres en punto de la madrugada. Era ya muy alta, resultado de una hora y media de nervios de acero y pulso a prueba de bombas. Quitabas un trocito de abajo y lo colocabas arriba. Cada cinco pisos de la pequeña construcción, un respiro para observar. Los tres hermanos se recostaban entonces en las sillas.

  • Creo que esto es un error. – dijo Nicanor mirando a su alrededor.

  • ¿Qué es un error? – preguntó Juan observando la torre de madera.

  • Todas estas flores que están llegando. – contestó Nicanor. – Papá todavía no se ha muerto y ya lo estamos enterrando. Quizá todavía se pueda salvar.

  • Los médicos dicen que no. – señaló Enola.

  • Los médicos a veces se equivocan. – insistió el menor de los hermanos.

  • Entonces las flores serán su regalo de bienvenida. – concluyó Juan extrayendo delicadamente uno de los trocitos de madera de la base.

La construcción volvió a temblar y todos aguantaron la respiración. Sin embargo, tampoco entonces se vino abajo.

  • Esta torre me recuerda a él. – murmuró de nuevo Nicanor. – Siempre a punto de derrumbarse.

  • ¿Quiere decir eso que lo estamos matando nosotros? – inquirió Enola.

  • No seré yo quien lo haga. – sonrió Juan colocando con éxito en lo alto de la torre la pieza que había extraído.

Silencio de nuevo. El mundo entero parecía que podría disolverse en cualquier momento como una pastilla efervescente en un vaso de agua. Enola, la mayor de los tres hermanos, se estremeció. Quizá fuese la imagen de aquellas flores rodeándolos, o la repentina calma en aquella casa donde nunca nadie se había callado nada y donde siempre había música; donde siempre había movimiento. Movimiento en círculos, movimiento hacia delante, a veces (más de las que le gustaría reconocer) hacia atrás. Pero fuese en la dirección que fuese, aquel lugar había sido siempre el punto de partida de todos y para todo. Miró la calle a través de la ventana y se sorprendió recordando la tarde en que, sentada en la misma silla, vio venir a sus padres después de dar uno de sus paseos. Volvió a estremecerse. Era como si los estuviese viendo en aquel preciso instante, como dos fantasmas que se aparecían para recordarle ciertas cosas que pocas veces se había atrevido a compartir con nadie. Como por ejemplo, qué era el amor para ella. Para mí, el amor es ver a mis padres pasear, había dicho una vez para no volverlo a repetir nunca más. Porque cuando alguien sale a pasear, no sólo va de un lado a otro físicamente, sino que también lo hace mentalmente. Pasea a través de sus miedos, de sus dudas, de sus sueños y esperanzas. Y compartir ese momento con alguien me parece lo más bonito que se puede hacer.

A Nicanor no le pasó por alto la mirada perdida de su hermana. Siendo el menor, había tenido oportunidades más que de sobra para observar a sus hermanos sin que estos se diesen cuenta, tan ocupados siempre en sus cosas. Recordó entonces cómo era la vida cuando eran más pequeños y todo era más simple; cuando lo único que dolía de verdad eran las collejas después de cortarse el pelo. La casa, y en especial la cocina, no habían cambiado mucho; pero sí la luz. Y eso era extraño, pues el Sol siempre había sido el mismo. Pero de algún modo, sus recuerdos estaban iluminados por otro tipo de claridad y envueltos en el eco de canciones que ya hacía mucho tiempo que no escuchaba. Su hermano saltando de madrugada desde la ventana del salón al jardín para ver el amanecer, su padre afeitándose mientras hablaba entusiasmado de algo sin ninguna importancia, su hermana poniendo pimienta en lugar de orégano en la pizza, y sus alaridos al probar el primer bocado; su madre riendo. Su madre cantando. Su madre cosiendo sin dedal. Su madre preparando un té contra el insomnio. Su madre. De repente aparecía. ¿Qué estaría sintiendo ella ahora? ¿Y por qué no había dejado que ninguno de ellos pasara una noche en el hospital? ¿Por qué no había querido volver a casa para dormir, aunque sólo fuese por unas pocas horas, en una cama? En su cama, la de los dos. Quizá ahí estuviese la respuesta.

Juan no los miraba. Tenía los ojos clavados en una pieza de madera que sobresalía por uno de los costados de la torre. Y ni siquiera eso estaba viendo. Su mirada iba más allá de lo que tenía delante; siempre hacia el futuro. Viendo cosas que todavía no habían ocurrido y que tal vez nunca lo hiciesen. Sintiendo nostalgia por todo aquello que jamás había vivido, quemándole, huyendo hacia delante. No quería estar ahí, en ese lugar emocional donde la gravedad de todo cuanto ocurre es más potente y pesada de lo que sus huesos podían soportar. Sus piernas siempre habían estado a punto de partirse por la mitad, de quebrarse en trocitos minúsculos como las tizas que guardaba en un cajón junto a la pizarra. No era su padre, como había dicho Nicanor, el que parecía estar siempre al borde del colapso; era él. Su padre era tan sólo un espejo dónde se reflejaba la caída de un hijo a la deriva. Y ahora que esa caída era real, se sorprendió al descubrir que era él el que seguía en pie mientras todo se derrumbaba a su alrededor. Tenía que salir de ahí antes de que todo se le cayese encima. Pero se preguntaba si habría algún lugar al que escapar cuando lo que estaba colapsando no era ningún edificio sino su propia vida. De eso no hay escapatoria. Tan sólo gente con la que protegerse. Pero si consiguiera colocar bien las piezas de nuevo, nadie tendría que protegerlo de nada. ¿Desaparecería entonces toda aquella angustia?

  • Se va a caer. – dijo entonces Enola al ver a su hermano sacar de la base de la torre un trozo de madera demasiado comprometido.

Juan no pudo reaccionar a tiempo y toda la estructura se vino abajo con un sonido de huesos esparciéndose por un suelo de piedra. Todos se quedaron mudos al ver el resultado de tanta tensión hecho añicos. Y entonces sonó el teléfono. Fuera, en la calle, algo o alguien había vuelto a darle al Play.

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