farmacia antiguo hospital de pripyat
Farmacia Hospital Pripyat

Amigos, mal que me pese la historia avanza -j re-

Era tarde casi entrada la noche, me dolía una muela y decidí ir hasta la antigua farmacia de Pripyat, aunque la mayoría de sus medicamentos estaban caducados conocía un espacio protegido y a salvo de los saqueos ocurridos días antes de marcharse todos del pueblo. Era una sala, larga, de paredes blancas que iluminé con mi linterna.

Las sombras se mezclaban con los espacios derruidos, mi contador de radio se mantenía plano a pesar de estar tan cerca de la central; algún día tendrían que explicarme como en algún espacio la radioactividad se duplicaba y en otros estaba en niveles normales. Mire en unos estantes y vi antidiarreicos y luego pastillas para los dolores de huesos, me tome una, imaginaba que aquello era parecido a beber vodka toda una noche. Sentí un ruido a mi derecha, una luz no muy alejada se movió. ¿Quién podía ser? ¿Un lobo? No les había visto por esta zona. Apague la linterna y seguí detrás del rastro que se movía en dirección  a los antibióticos, conocía esta zona de haberla explorado palmo a palmo. Deduje que era una linterna, ahora subía hacia las escaleras que darían a un gran patio interior donde se amontonaban cientos de camas oxidadas. Fui detrás de la luz casi quince minutos y logre estar muy cerca, al salir al espacio abierto la luna le baño dejando ver a  otra persona. Di un alto y apunte con mi carabina. La figura zigzagueo y se detuvo para darse vuelta y responder: “¡No dispare!” Era una voz suave, de bajos tonos y con fondo a caramelo. Me acerque, llevaba una gorra, se la quitó y una melena rubia se agitó en aquel sarcófago de muerte. “Me llamo, Nadia” –dijo-. Le pregunte que hacia aquí, y relato que hace tres meses se había buscado una casa hacia el Este. Se mantenía con una huerta y compraba en la ciudad que estaba fuera de la zona de exclusión. Deduje que era treintañera. No dejaba de sorprenderme que estuviera alguien en esta parte, hasta ahora había encontrado a algunos ancianos. Me explico que los lobos le hostigaban por la noche y que se encerraba hasta el día siguiente en que desaparecían. Le relate mí entrevista con Mor, el lobo guía pero deduje que en esa zona podía moverse otro grupo.

_¡La zona está infectada! –exclamó. Asentí, atravesamos el hospital y le guíe hasta la calle principal que daba a la entrada. Había venido caminando y no llevaba arma. Me pareció muy peligroso que regresara hasta su casa en medio del bosque. Le invite a pasar la noche en mi refugio y por la mañana le llevaría hasta donde vivía. Asintió.

_ ¿Has comido? –pregunte.

_Un sándwich dijo- para argumentar que su adaptación estaba siendo difícil y dudaba si el paso dado era el correcto.

_ ¿Por qué has venido? Mirando el paisaje respondió: “Mi padre murió en los primeros días en la central. Fue un bombero de los primeros en entrar y la radio le quemo casi todo el cuerpo. Él no sabía a lo que se enfrentaba, me dijeron que con su manguera roció sin parar el núcleo hasta desfallecer”. Abrió la chaqueta que le protegía y saco un álbum familiar, una niña de 6 años hablaba con un teléfono de juguete. Era su único recuerdo y un hijo que nació con la afección del corazón de Chernóbil (1) y falleció después, lo que llevo su matrimonio al fracaso. Nos montamos en el coche y al salir de la ciudad la carretera nos mostraba tres bifurcaciones, ella me señalo la que iba hasta su casa, yo la mía y la carretera central, una recta larga y sombría le llevo a preguntar:

_ ¿Y esta hacia dónde va?

_Va hacia el bosque rojo –respondí.

_Y eso… ¿Qué es? –preguntó. Le explique, mientras giraba en dirección a mi casa que no había que visitarlo, es el color que toman los pinos que absorben la radiación, luego se incendian en el verano y el humo radioactivo se disipa hacia el Este empujado por los vientos del verano. Afortunadamente los vientos van en esa dirección –agregué y conté- que al visitarle hace un año desistí pues mi contador de radio enloqueció. Ni siquiera los lobos penetran en ese núcleo fantasma –razoné. Al llegar a casa y bajarnos era noche cerrada pero la luz de mi invernadero iluminaba la casa y el patio. Ella se sorprendió ante tanta claridad en medio del paisaje. Sonreí, para agregar que los guardias de la zona no llegan hasta aquí, sus detectores de radio más sensibles emiten unos pitidos que les paralizan. Nadia, se detuvo, miraba en dirección a la media montaña, allí estaba Mor, quieto, expectante.

_Es su territorio –afirme con sorna.

_Pero está al acecho, detrás estarán cientos.

_No, dije, con cierta suficiencia, las camadas no pasan de treinta. Hemos hecho un pacto. Mira y verás. Deje la carabina en el suelo y fui hasta él con cierta formalidad. Me aproxime sucesivamente, hasta llegar a dos metros en que su hocico dijo: ¡arrrg!

_La noche será larga –comencé a divagar con él como siempre lo hacía. Tus destinos son parecidos al mío -y agregué en voz baja: la mujer blanca es valiente, aún no conoce ni el bosque rojo. Su pata se deslizo una y otra vez. Su mirada era recia, le molestaba esta suma de humanos en su espacio. Giro la cabeza como señalando hacia la central, deduje que la sede de la muerte había abatido a alguno de sus lobos. El no entendía que mataba, que era lo que escupía veneno. Me quite el aparato de radio y lo desplace delante suyo hacia la izquierda y la derecha, el pitido subió y bajo dependiendo de donde estuviéramos. Su inteligencia natural agrego otro factor de peligro a su historia, luego deposite el aparato en el suelo y se lo ofrecí. Con la boca se lo llevo más allá del linde. Mientras se alejaba el pitido subía o bajaba dependiendo de cada metro cuadrado que pisaba.

Regrese hasta Nadia y entramos en la casa.

#Asomada desde la ventana ella intuía que la civilización fallecida por la fiebre del átomo nada nos debía#

 

Mañana capítulo: Charla con Nadia

 

 

Nota 1:

(1)Los problemas en la salud que siguen generando son tales que existe la afección llamada “corazón de Chernobyl”, bautizada así por la gran cantidad de chicos que nacieron después de 1986 con problemas cardíacos, muchos de los cuales no son tratados o, si lo son, no es en forma adecuada y terminan muriendo.

“Sólo la mitad de los niños afectados recibirá las cirugías que necesitan para sobrevivir: el resto va a morir dentro de tres a cinco años”, advierten desde la ONG “Chicos de Chernobyl”, responsable de llevar hasta la fecha a más de 25,000 menores desde la zona de contaminación a Irlanda, donde familias los reciben de forma temporal para su recuperación en estancias que tienen un promedio de dos años.

Nota 2:

El ambientalista Alimov  explica que “cada vegetal que se cosecha, vaso de agua que se tome, pescado que se coma” son un peligro para la población, al igual que “el humo radiactivo de la gran cantidad de incendios forestales que hay alrededor de Chernobyl”, especialmente en el Bosque Rojo, llamado así por el color que tomaron los pinos al morir tras absorber grandes dosis de radiación.

En este panorama sombrío, Alimov lamentó que “la situación sobre lo que pasa y la inseguridad nuclear no está en el interés del público” y lo ejemplificó con que “el gobierno de Rusia está cortando la protección y los programa de apoyo” a sus habitantes en la zona afectada.

http://www.elsalvador.com/articulo/internacional/video-anos-chernobyl-radiacion-sigue-matando-110526

 

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