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by j re crivello

A veces nadamos desnudos. Sin contar cuantos metros van quedando. El agua se escurre, antiguos compañeros quedan, y el infierno se asoma como si fuera dueño de la pista en la que bailamos de antiguo.

Pero, nadamos. Frío, tesón, tardes decaídas y hasta el corazón inquieto por miedo a morirse, o despegarse de algún deseo traidor.

Y… nadamos. En esa larga ola que nos levanta o nos deja metros aquí o allá no hay permisos para hacer otras rutas. Es que a veces ni siquiera nos lo permitimos. Nos han dicho de pequeños, tú sigue, tú no te detengas. Con lo cual crecemos en un líquido con medidas y roles, con amores auténticos o traiciones rápidas y definitivas.

Y… nadamos. A veces aparece una pregunta. ¿Te detienes? O, ¿Te atreves a detener? Y comenzamos despacio a reaccionar, el mar se aleja, la brazada se reduce y vemos como aquello que creíamos era una isla, es un paisaje para experimentar, es ese tal vez el espacio que deseábamos pero que tras traiciones, una tras otra no nos la hemos permitido.

#Me detengo. ¿Nos detenemos? Ya nadie se ahoga por dejar de bracear. ¡Nadie!#

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