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Rene Magritte

By j re crivello

Luis F abrió una caja, de su interior, extrajo un título de propiedad, ponía F G Varela. De esta manera había acabado el día anterior, luego We Be había llegado e inundado con sus artimañas las horas de la tarde, pero eran las 8, Barcelona despertaba y luego de lavarse y preparar un café con cuatro galletas duras de un fino grano de chocolate que le recomendaba su médico; pero se le cruzo por la cabeza un antojo y decidió abrir una lata de aluminio de aquellas que se usan para poner dentro el dulce de membrillo.

En su lateral se leía hecha en España, y la marca Santa Teresa, como buen goloso, esa caja escondía un antiguo recetario, pero lo aparto y fue hasta un grupo de papeles atados por una cinta de color marrón. Dentro guardaba varios documentos, uno de ellos, muy antiguo que Luis F separo y estiro en la mesa, era una ordenanza del rey de 1805 que promovía el oficio de corsario, leyó en voz baja: “he tenido por conveniente usar de igual arbitrio, promoviendo y fomentando el Corso particular en todos los mares, y auxiliando á todos y á qualesquiera Individuos que se hallen establecidos en mis Dominios, para que puedan hacerlo baxo aquellas leyes que autorizan el Derecho”. Luego se saltó varios artículos y releyó otro que le parecía interesante: “el Vasallo mio que quisiere armar en Corso contra enemigos de mi Corona, ha de recurrir al Comandante militar de Marina de la Provincia donde pretendiere armar, para obtener permiso con Patente formal que le habilite á este fin, explicando en la instancia la clase de embarcacion que tuviere destinada, su porte, armas, pertrechos y gente de dotación”(1).

El largo documento precedía a otro más pequeño que habilitaba a F G Varela para corsario. Luis F respiró e hizo un descanso, podía visitar aquella lapida antes de morir y ver a su antiguo familiar en su original emplazamiento. Para él, las vueltas de la vida hacían que corriera en su interior sangre de pirata. En su ventana, desde donde veía cada mañana las dos casas más visitadas por los turistas en Barcelona, además de La Pedrera, ninguno de ellos intuían una perla oculta, un antiguo corsario que soñaba con recorrer las últimas horas viviendo en la ventana al atravesar la calle. Busco su móvil y llamo a Lucas Boy, a esa hora su colega dormía plácidamente y escucho:

– ¡Que!

– ¿Has comprado esa casa en el macizo?

–Si

– ¿Me llevaras hoy?

– ¡No me fastidies! La voz ronca de Luis F insistió y su amigo volvió a la carga

–Pero si te meto en el coche, te vas a fatigar

–Quiero ver esa tumba.

– ¿Cuál?

–La de Varela

– ¿Y ahora que mosca te ha picado? Luis F no respondió, ya estaba sentado mirando una segunda reliquia, una carta escrita con letra menuda de Varela. Iba dirigida a una señora de buen ver que recibía todas sus pertenencias, era una especie de testamento y a través de una hermana llegaría hasta sus manos. Era solo una descripción de sus viajes y trifulcas, casi al final, le atrajo un garabato que llevo hasta la ventana y observo a trasluz, decía “en esta colina donde el macizo se detiene, el Corazón Dormido nos consuela”, tal vez era la primera descripción de la casa y aquel espacio donde se instaló el cementerio y donde dejaron a algunos de los Varela.

Lucas Boy llego al mediodía, le ayudo a vestirse, con un sombrero panameño que le daba una apariencia espectral, sus 40 kilos de peso no ayudaban. En media hora estaban allí. Pero llegar al cementerio, aquello suponía subir un suave repecho, para ello Lucas Boy le sentó en una silla de ruedas con un techo de lona que había fabricado de manera artesanal. El Corazón Dormido despertó en Luis F una honda sensación. Parecía plegarse a una generación de los Varela, a esa suave brisa que venia del mar y remaba a través de las hileras de viñas. Le dejo frente a la lápida un buen rato, para Lucas Boy esa veneración no era calculada, sino más bien la adjudicaba al mal estado de su amigo y la medicación que le generaba fantasías raras. Pero, Luis F luego de recuperar el aliento dijo:

–Este tipo es mi abuelo. Era corsario y recorría este litoral hasta más allá de Cádiz. Les robaba a los moros que faenaban muy cerca de estos reinos. Mira allí –dijo señalando la lápida y en la base. Lucas Boy corto la hierba y además de la fecha, aparecía una frase reseca pero escrita en negro: “la mirada escapa desde esta tumba”. Para su amigo aquello sonaba a brujería y dijo:

– ¡Menuda frase! Seguro que nos fulmina aquí mismo. Luis F no escucho, se había dormitado. Espero una hora sentado junto a él y volvió a contar las tumbas: eran siete.

Por la tarde Lucas Boy dejo a su amigo en su casa. Luis F estaba demacrado y llamo al médico. Pero aguanto aquella noche en un silloncito frente a la ventana. No aceptaba irse a la cama, con voz temblorosa solo hablaba del tal Varela y su corte de corsarios, de sus naves, de la carga de pólvora que recibían, del tabaco robado, o de los tesoros que había en la tumba que acababa de visitar. Lucas Boy reía de tanta fascinación aventurera que había desatado aquella visita, pero al recoger la lata de membrillo pudo ver aquellos documentos y conecto el pasado con su amigo y murmuro un: a veces la mirada escapa desde la tumba.

Notas

  • Para el más pronto apresto de los tales Armamentos, es mi voluntad, que si los Armadores y Corsarios pidieren artillería, armas, pólvora y otras municiones, por no hallarlas en otros parages, se les franqueen de mis Arsenales y Almacenes á costo y costas, con tal que no hagan falta para los baxeles de mi Armada, y que si no pudieren pagar al contado, se les conceda un plazo de seis meses para satisfacer su importe”
  • Ver documento adjunto en http://todoababor.mforos.com/1556315/6828597-ordenanza-para-hacer-el-corso-de-1801/

 

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