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Esta novela me arrastra amigos, la he despiezado toda y reconstruida desde cero. Percibo en sus protagonistas un nucleo de amor, viejo estilo y emociones intensas. Les invito a caminar juntos en su redaccón. -J re.

El Corazón Dormido -05-: Los primeros días del corazón Dormido

A Luis F le repugnaba todo. Desde una caja de cerillas comprada en un chino, hasta los melindros que servían en la cafetería debajo de su casa. Y por citar algo más, cada vez que tiraba de la cadena, su wáter producía un chillido que le reventaba el tímpano. Alguna vez hasta tuvo la tentación de meter la cabeza o la mano dentro para ver si había dejado olvidado o escondido desde hace años un paquete de droga. Como en aquellos programas de la tele americana que sacan lo insólito, o muestran a las señoras obesas, o los negros con cara estirada y marginal que hacen de público y sonríen como si aquello no estuviera en el guion. Para si, era un día definitivo y estúpido, quizás sabía que le quedaban horas, su reloj vital se apagaba y ni siquiera podía meterle mano a WeBe, o cambiar el agua del canario que presidia la sala, quien vivía sin mucho refuerzo de mijo. Y en este intuir de lo breve de su tiempo vital, un colega le había traído una caja inmensa que había robado en un descuido en la Rambla, donde venden bichos, pájaros, peces y hasta iguanas prohibidas por la aduana. Y, ¿de dónde sacaba aquello de que le quedaban días? Pura intuición, como la taza del wáter, estar convencido que algo estaba allí y sobrevendría. Pero imaginaba su final al estilo de Freud, una dosis de 400 mg de morfina –y fin. Por ello había puesto un sello a cada una de las cartas para Lucas Boy, o We Be, donde relataba alguna aventura malvada, o un silencio, o una queja administrativa. Por poner, hasta metió un ticket en pesetas antiguas, del metro de Barcelona que en su tiempo usaba para ir a la fábrica donde su genio mutaba en obrero y apretaba tuercas durante 8 horas. Ese día, quizás abriría su última Coca Cola, él la mezclaba con hojas marchitas de un té traído de Ceylán –la actual Sri Lanka- que compraba en la herboristería de la vuelta de casa, luego la colaba y le agregaba cubitos y un poco de pimienta. Y al beberse el jarabe,  despertaba durante unas horas, y aun era un tipo decente y chistoso. Con la mirada repaso por última vez: las cartas, el té con pimienta, la ropa que le pondrían ese día, tejano marca Levis, camisa tejana Levis y un aparatoso fular rojo para disimular sus entradas y la perdida de piel del cuello. Los que tienen el SIDA –pensó. Son como cowboy antiguos. Ya no montan a caballo, no eructan, ni siquiera piden prestado y se van hundiendo en una pérdida espiritual que les prepara al salto mental de la muerte. Con tranquilidad se puso sus gafas de pasta y releyó en voz alta la carta número 8 que había preparado para Lucas Boy:

Carta Nº 8

«Esta mañana me he frito pescado, luego lo he abierto y dentro he metido una droga alucinógena que me ha transportado. Me sentía un coyote, y subía y bajaba praderas inmensas. El sol me deslumbraba, la carretera era recta y su pendiente se frenaba de golpe. Por la tarde he despertado con un fuerte dolor de cabeza y un corte en la frente, la sangre ya se había secado. El comedor estaba destrozado, tal vez al subirme y bajar de los muebles imitando al Coyote convertí aquello en el desierto de Nevada ¡Y créeme Lucas Boy! ¡LA LUJURIA Y EL DESENFRENO ERAN TAN REALES QUE AL DESPERTAR ME HABIA ORINADO ENCIMA! 

¡Viva El Che!

Nota /consejo para reelaborar antes de enviar: Cuando vamos hacia atrás en nuestros deseos el corazón dormido despierta y nos juega malas pasadas.

Luis F. escribió un visado encima con un lápiz azul de aquellos que utilizan los carpinteros. De trazado grueso le gustaba esa marca tan personal que confería al papel, que consideraba debía ser poroso y recio comprado en una casa de dibujo. Consentía que su vida se acabase y aquel legado de cartas, abriera una fosa en sus gentes, tal vez,  para transmitir un legado de incongruencias pero con fuerza, ante una vida  efímera, sustancial si uno decide vivirla, pero resumida e intensa si se aproxima el pacto con la desaparición física. Se puso de pie y fue hasta el wáter, tiro de la cadena y el chillido cruel le confirmo que estaba en forma. ¿Duraría unos segundos? Luego fue hasta un caballete e intento pintar, tan solo colores grises o claros, el pincel se arrastraba para sentir un ruido de oleo seco sin disolvente, poco a poco apareció una pradera, luego tomo con su mano derecha un carboncillo y escribió en la base:

RETOMO UNA NUEVA CURVA Y ESPERO AGAZAPADO QUE MIS EMOCIONES Re-APAREZCAN  –y firmó con carboncillo: Luis F.

 

 

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