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By J re crivello

R Manuscrito había llegado hasta esta frase escrita en una pared, después de comenzar la mañana en la catedral de Barcelona, había estado allí por trabajo, los turistas iban muy sueltos y los bolsos permitían escamotear más de un aparato electrónico que luego el mercado negro pagaba muy bien, pero todo se torció.

Al entrar le pidieron 6 Euros para ver la misa y el espacio donde unos cisnes blancos chapotean en un estanque cerrado creado en el gótico. Su dura respuesta “facking men” casi atrajo a la policía que cuidaba aquel parque temático donde las almas responden a Dios y este les deja reconocer sus vergüenzas. Pero una vez dentro, su trabajo fue productivo hasta que intento atrapar una billetera de un alemán alto e inmenso y este comenzó a gritar y correr detrás de él. R Manuscrito pudo salir por la puerta central y girar a la derecha como en dirección a la Plaza del Rey, pero el guiri le perseguía de una manera aparatosa, hasta que recurrió a una de sus tretas, atravesar la calle más estrecha del mundo. Un pequeño corredor del barrio Gótico, en el cual gente flaca y libre de ataduras como él se pueden brindar el sueño de aparecer en otra calle. Y como pensaba, el alemán se atascó a mitad del pasaje quedándose allí a la espera que le rescatara una ambulancia. Tenía su botín e hiso una llamada al 091 para que salvaran a su víctima, estaba en ello cuando se topó con un edificio antiguo con la cancela abierta y una entradilla con una fuente y una palmera y el lógico cartel pintado en rojo de: “el infierno es otra gente durante el desayuno”. Él no era supersticioso, ni temía al Mas Allá. Su personalidad salvaje y ajena a los caprichos humanos le había mantenido alejado de los problemas filosóficos, pero la intriga pudo más y decidió subir la escalera, ancha, de vuelta en caracol que acababa en una soberbia casa del barrio gótico barcelonés. Una vez en la puerta apretó el timbre, le abrieron enseguida con una frase: “la señora le espera” y le acompañaron hasta un salón que era tan alto como un Dios y con una alfombra medieval y dos sillones. En unos segundos apareció una anciana, le invito a sentarse, podía aun describirla: delgada, de cabello rizado y negro, ojos castaños y mirada huidiza, vestía normal, pero llevaba un anillo de pedrería azul turquesa que el estimo podría vender por 1.000 Euros en el mercado negro. Ella pregunto:

_ ¿A que debo su visita? “El cartel -dijo R Manuscrito-, el cartel”

_Está allí desde hace veinte años. ¿Le ha gustado?

_ ¿Es así el infierno? –pregunto

_Casi seguro. Me han contado que allí están gente como Ud. que ama la vida y resuelve sus desvelos con la fuerza de la imaginación –respondió con vehemencia la suave anciana

_Si, tal vez dijo él. Pero los tiempos son difíciles y mi espíritu se queja.

_ ¿Quiere descanso? –pregunto la anciana. “No –dijo-, solo que me explique la frase”.

_Solo la conocen Dios y yo –respondió la anciana. Pero si se la explico, ¿Ud. que me ofrece? R Manuscrito respondió vehemente y lucido:

_Nada. En mi ley compartimos las cosas. “En la mía intercambiamos” –dijo ella. R Manuscrito un tanto nervioso se puso de pie intentando no dar un gesto de desaire, y pregunto: “¿dónde está la salida?”. La mirada de la anciana pudo dejar ver una puerta de madera lateral. El dudo si en darle las gracias pero se marchó por el sitio y bajo las escaleras. ¿Había visto al diablo? ¿Vivía en Barcelona? Mientras mantenía su corazón oprimido se giró un segundo para mirar la calle más delgada del mundo, dos enfermeros aun porfiaban con el alemán para que se tranquilizara y aspirara suave para reducir su grasa y poder desatascar su enorme barriga empotrada en el cemento. Dio un paso más y pensó:

#El infierno no se merece un desayuno#

 

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