By J re crivello

Sentí un leve sonido en la puerta y miré el reloj, eran las cuatro de la madrugada. Nada podía definir la relación entre ambos que esa extraña tardanza. Alberto pregunto dónde había estado, no se escuchó nada desde la otra habitación. Se había quedado dormido en aquel desangelado piso del Ensanche barcelonés. Hacía tiempo que deseaba refundar la relación pero siempre estaba dándole vueltas al asunto. Se levantó y recogió un ramo de flores que había comprado esa tarde. Dijo: “tengo ganas de…” Desde la habitación contigua la voz respondió con un. “prepárate que ahora voy”. Esa respuesta le dejaría más abandonado que antes. Ella aceptaba amarle con una doble ración, la de su aparente calma ante las horas que había estado perdida y las recobradas de madrugada. Alberto fue hasta una salita vecina, frente a una poderosa cocina de aluminio y neón donde comían tan juntos, tan solos, los domingos. ¿Hoy era domingo? –se preguntó. Miro el calendario. Era el día temido. Ayer un temblor leve había asustado a la ciudad. Nada más que una pila de edificios y unas grietas. La ingeniería social no se había alterado. Ni siquiera los temores de sus gentes llenarían los titulares de la prensa vespertina. Ella entro. Estaba guapa y social. En su cara surcaba una estela de la noche de refriega. Pero no le pidió disculpas, una sonrisa y un beso les hizo sentarse uno frente al otro.

“¿Dormirás luego?” -.pregunto Alberto. “Haré siesta” –dijo ella. “Si te parece, vamos al embarcadero a mirar el lago” agrego su amada. El asintió, ella se refería a un discreto espacio del lago vecino, donde las familias llevan a sus hijos los domingos en verano. Al ser invierno estaría desierto, y su zona alejada de las miradas. ¿Por qué no tenían hijos? –terca y torpe pregunta que cada tanto se hacía. ¿La diferencia de edades les desanimo? O, alguna especie de soledad egoísta. En ¿ambos quizás? Tantas cosas deseaban hablar desde hacía tiempo y se le atragantaban. Le volvió a mirar y Alberto dijo: ¿no es muy temprano para ir hasta el lago?

“No –dijo ella- entre que nos preparamos y llegamos, podremos ver la salida del sol”. Otras veces de una manera mecánica habría llenado los bártulos y se habrían marchado, pero esa mañana estaba como paralizado, sentía un escozor, una cierta ansiedad. ¿La diferencia de edad estaba apareciendo?, o  las diferentes soledades llenaban los espacios que ambos no se atrevían a compartir. ¿Quizás no se puede vivir siempre en amor? Ese gusto químico de sentir al otro pegado a uno y uno estar viviendo una experiencia irrepetible, era, tal vez,  la definición breve de aquella circunstancia. Al ver a los artistas de Hollywood y sus cambios de amor y rupturas, no podía menos que reflexionar del sin sentido de intentar revivir esa atmosfera salada y amarga de sexo y tocamientos. De seducción y continuos cambios de escenarios para lucir la apretada agenda que le daban la publicidad ante los demás. Ese, sentimiento efímero de lo nuevo y lo viejo a la vez. Para el, todas las comedias románticas estaban construidas sobre el alargamiento de la conquista y el beso. Sobre el sueño de una respuesta y el acoplamiento. Ella dijo:

“¿Nos vamos?”. “Si” –respondió. El lago seria el preámbulo de otra atmosfera se conformó, para consolarse. ¿Y si los regresos tardíos se repitieran? ¿Se pondría una escafandra de buzo para navegar en la desidia de un matrimonio roto? No, tal vez fuera una noche, una necesaria ruptura de sexo desprevenido al que todos deseamos en nuestra imaginaria nave. Y, ¿si encuentro un teléfono, o una factura de un hotel de carretera? –Se dominó diciéndose- No, su mujer no era así, ella  –él imaginaba- no vivía envuelta en brechas de amantes llenos de esperma, solitarios y tristes. Que difícil le resultaba ver su otra cara envuelta en un lio, le hacía sentirse mayor y estrecho. Desvalido y alterado de su función clásica. Él estaba acostumbrado a la conquista desde el poder y la satisfacción material. Y, todas sus mujeres -atrevidas y sedientas- de sus relaciones anteriores relaciones sumaban,  y aquella, o la otra representaban el mismo itinerario de ascenso social que él conocía. Pero se había hecho mayor y los miedos le aturdían. La respuesta estaba allí, sin ver, les conocía, eran parejas llenas de ajo y güisqui, que libaban solas y se sometían a los demás, a las leyes del amor mercancía. Pero ese fenómeno ya no era solo de hombres también cada vez más mujeres se atrevían. ¡Pero que estaba diciendo! Ella no le abandonaría, estaban un sinfín de detalles materiales que su esfuerzo había dejado atados. No quiso pensar, decidió seguirle hasta el lago.

#Hasta el lago#

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