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by j re crivello

Jaime se aposto detrás de un terraplén. El viento soplaba en su cabeza, sin más. Aquella noche le habían puesto en aquel retirado y ondulado camino de la sierra. Solo le quedaba un cigarrito. Le puso fuego y aspiro una bocanada de humo. El ruido en sus pulmones ya no le daba miedo. Recordó a su novia del pueblo. Se entretuvo contando las estrellas. Eran grandes y apaisadas no las vería en ningún otro sitio. La Republica se hundía en la desidia y las divisiones. Él tenía un solo pensamiento, soltar su arma y escapar. Por la tarde la arenga de su comandante había sido la misma de siempre. Sintió un grito a su alrededor, o varios. Un grupo de soldados nacionales paso muy cerca. El miedo le mantuvo tieso, casi desaparecido de aquel espectáculo. Se mantuvo en esa posición hasta llegar el alba. Luego se puso de pie, ¿hacia dónde ir?, ¿hacia atrás o mantenerse en el frente? Le daba igual si le encerraban. Camino unos metros, una patrulla le detuvo. Eran tropas franquistas. Le dijeron que la guerra había terminado -hacia tan solo unas horas y en su euforia lo repitieron varias veces. Le quitaron lo que llevaba y le dejaron. Decidió volver a su pueblo. Llego a la casa de su familia por la noche. Y al día siguiente sembraron patatas -con su padre. La ira se había agotado. Aparecería el odio y luego quizás el olvido.

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