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Todos hemos tenido, o tenemos una tía o varias. Reúne los requisitos para vivir en nuestras cabezas durante años. Las hay cargadas de ternura, las acomplejadas, las rutilantes, las odiosas y las sensuales. Y en esta lista, tal vez Ud. rellenara con nombres de su colección personal a cada característica.

Vuelvo a re-editar esta serie por las tardes –para los lectores que asoman el hocico después de las 19. –j re-.

Tía Ida era divorciada, vivía cerca de la entrada de la ciudad, en una carretera donde habían construido un gigantesco arco de entrada -de granito. No servía para nada, pero pasados los años le encontraría el significado, al leer un libro sobre la España colonial del siglo XVII, en aquel texto Sor Juana De la cruz relata con alborozo como le encargan escribir los fastos de un arco que construirían en su México natal. Pues regresando a la partida, el arco era un poco como mi Tía. Inmenso, inestable y orgulloso de la apertura para recibir a sus visitas. Ella me recordaba a mi abuela. Su hermana era más cauta, pero ambas tenían el mal de las mujeres del Piamonte: ojos claros, caderas estrechas y una cierta altura que les permitía ser las mujeres modernas que luego vendrían. Ella carecía de marido, o mejor en los años 60 se había divorciado y nunca se volvería a casar. Cuando mi madre iba de visita y me soltaba, en su hogar a veces me asomaba a un cuarto cerrado e inútil. Dentro, se podía encontrar de todo, en las largas horas de la visita, las consumía en ese foso de intriga. Una de los objetos que me llamaban la atención, era una colección de pinturas al óleo de cantantes de cabaré. En aquella época no lograba entender esas crestas coronadas, esas afectaciones frente al pintor, ni esas insinuaciones de labios carnosos y ojos pícaros. Un día me entretuve a contarlas, serian 32, de diversos tamaños, y guardadas prolijamente en una caja. En el continuo flujo de sensaciones que me producían, sabia concluir leyendo una carta. De intenso azul, escueta ponía:

Ida

Te esperare el sábado en la parte alta. Detrás se desnuda un bosque de árboles gigantes. Ve por el camino que bordea el acantilado.

Tuyo Fran

Siempre me saturaba la imaginación verla caminar hasta ese espacio cercano al mar. Daba vueltas al acantilado, veía el horizonte e imaginaba a su amado discutir con ella y dejarse caer. Luego, mi tía dudaba entre seguir o dar marcha atrás, o subir a un barco y traspasar este gris y anodino cuello de elefante que llamaban arco de entrada. No sé -mire Ud. estimado lector-, si los amores deben ser desgraciados o uno quizás imagina vidas envueltas en el misterio al visitar a sus parientes más cercanos. Diríamos que la sospecha de un amor, nos aleja envueltos en celos hacia territorios imaginarios. En la mirada infantil estamos cargados de drama, renuncias, o deseamos anticipos.

Superados los miedos, tal vez ingresamos al mundo adulto. Allí nos espera la teatralidad, los gestos de amor o envidia. Y nos preguntamos, quizás: ¿son solicitudes diferentes, al pasado imaginado?

 

 

 

 

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