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Todos hemos tenido, o tenemos una tía o varias. Reúne los requisitos para vivir en nuestras cabezas durante años. Las hay cargadas de ternura, las acomplejadas, las rutilantes, las odiosas y las sensuales. Y en esta lista, tal vez Ud. rellenara con nombres de su colección personal a cada característica.

Vuelvo a re-editar esta serie –j re-

Tía Emma

De cabello lacio y canoso, delgada y firme. Con voz ronca y ojos azules intensos, ella nunca perdería el tiempo con un hombre. Sus fieles compañeros, el alcohol y la moto incomodaban a sus enemigos. Surcaba el pueblo como dueña de una nave rasgada del musgo del mar.

Ella lucho en la Segunda guerra mundial y aquello le dejo una paga de Italia. Su insolencia era el contrapunto de su vocación de servicio. Trabajaba de enfermera y era capaz de ponerle una inyección a cualquier hora de domingo   -en su casa y en su cama-. Nada le ataba o al menos eso creía. Al ser mi madrina, muchas veces visite su extraña casa. Una cama, una nevera antigua y poco más. Comía en el restaurante de un hotel de tres estrellas. Muchas veces subí a su moto.

Era como apropiarse de los senderos inexpertos y desiguales de un pueblo de provincia.

Una vez por rara casualidad pasados los años, al regresar a su pueblo me encontré con su muerte. Es decir había fallecido y fui a su velatorio. Emma tenía una especial bondad para criar o ayudar a niños difíciles. Al entrar me topé con uno de ellos –yo era otro; pero en esa senda al más allá ese día intuí que éramos varios, y, llorábamos su particular cruzada para alimentarnos espiritualmente.

Uno de los difíciles, R, me entrego una carta. Era un sobre ajado y deslucido, pregunte con un gesto, él insistió en que la leyera. Al final la abrí. Dentro una de ella y mía. No tendría más de 8 años. Aquella mujer terca y tan criticada me había dejado una foto y un papel arrugado. Leí atentamente:

Juan

Estate quieto. Recoge tus cosas. Cómprate una moto. No descuides tu trabajo.

¡Va fan culo!

Emma

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