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Amores tóxicos

¿En qué categoría pone Ud. a su madre? Baje, baje un poquito del pedestal. Si aún desea leer este escueto papel electrónico. Convendremos que estos amores se construyen sobre el intercambio de solomillo, pan y leche. Luego, nos animamos a hablar con aquellos orangutanes que tenemos cerca. Y –más de una vez- las respuestas son pueriles, desmadradas, con poca fe y una carga de hipocresía suficiente.

De ello deducimos que es mejor alargar los intercambios ¿familiares? Les vemos en las fiestas, en alguna boda, en el entierro. Y poco más.

Hace unos días, en un programa de televisión española “La tarde”, un hijo respondía ante la pregunta de porque no veía a su madre desde hace 9 meses.

“Es la pereza”.

Al ver la reacción ante su temida madre y los líos con nueras y de más del citado señor, no puede uno más que sonreír. Los amores que se intercambian pero se alteran con la rigidez, o la maldad o los celos o envidias, son como la multiplicación de los panes y los peces, traen más amargura y culpa.

En la última Cena, un clásico de las relaciones humanas. Judas aparece de espaldas y aprieta con fuerza en su mano, el cobro de su ambición. Parecería que el mundo idílico hacia el Padre está roto, por alguien que le ha vendido a los que interpretan la Ley. Este claroscuro entre la bondad y la culpa, es una ambigüedad que en las familias se pone de manifiesto, en las diferencias respecto a los que detentan el poder, o la ley.

 

Un amor tóxico diríamos, que se construye en la incomunicación y la obligación por mantener aquel sentimiento.

De la libertad y la elección surge el verdadero sentimiento. Los lazos de sangre nos alteran, al suponer que amaremos o corresponderemos a la provocación o la ofensa con paciencia y tolerancia.

¿Y qué hacemos con Judas?

Tal vez, preguntarnos: si alguien está dispuesto a venderme, no será que es un sentimiento tan humano: inclusive vive en quien preside la mesa.

 

 

 

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