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Hace tiempo que deseo hacerle un homenaje a este extraordinario escritor, pero persona llena de compañía y hacienda emocional. Debo confesar que mi amor por su Irina –musa, invento, amiga, ficción o realidad- es un amor adolescente. Con vosotros j. a. Ordiz

Nota: En los conciertos yo soy su telonero. J. re
by j. a. Ordiz

A mi madre la dieron por muerta apenas cuatro años después de haber nacido. A punto estuvieron de enterrarla viva. Las existencias siempre pudieron y pueden y podrán ser otras, y sin existir me habría quedado yo de no ser por un consumado beodo que, de nuevo trastornado por el alcohol, se fijó en la niña amortajada y algo vio en ella que los cuerdos no veían, acaso cegados por la pena o por la lógica de lo que sí veían.

—Que alguien baje hasta la villa y avise al médico.

—Cuándo dejarás de confundir el día con la noche, cuándo; el jornal entero fundes en vino y para castañas las que tú pescas. Ya está avisado el cura, hombre, tira para casa y deja en paz a la familia.

—De la familia soy, no estaría aquí si no lo fuera. Que suba el de la bata blanca y que se quede el de la bata negra. Muerta estaría, no lo sé, pero ahora está viva, ¿no lo veis?

Vieron al fin los cuerdos lo que el beodo, inspirado por el etanol, enseguida vio.

Como consecuencia de su total o parcial fallecimiento temporal por neumonía, perdió el habla mi madre, aquella chiquilla de pelo trigueño y piel tan blanca y ojos tan claros que más parecía la hija de un ingeniero belga —varios los que entonces andaban por suelo asturiano para gobernar la profundización de los pozos hulleros— que de su padre, el carbón en las miradas de mi abuelo y de mi abuela maternos.

Fue un mielero de Castilla, que por la aldea pasó al cabo de cinco meses de acaecido el deceso aparente de mi madre, el que remedió su mudez persistente a base de mieles y de emplastos varios que hicieron efecto cuando él ya habría regresado a la meseta.

De modo que, chico yo, mientras mi madre elegía para mí las moras más dulces de los zarzales, no las verdes ni las rojas, aún amargas, sino las negras, pudo ella contarme que en mayo era cuando más hambre se pasaba en los tiempos de posguerra, días de siembra en las tierras, no de recolección.

—Así que unos vecinos que ya no viven en el pueblo compraron un jamón y lo reservaron para ese mes, para mayo. Tenían un hijo mayor que tú, pero retrasado mental. Ese hijo quería comer el jamón y sus padres le repetían: «No, ese jamón es para mayo». Un día llamó a la puerta un mendigo. Solo estaba en casa el rapaz. Le preguntó al mendigo: « ¿Quién eres?». «Soy Mayo», le contestó el mendigo. Entonces sonrió el rapaz y le pidió: «Espera, ahora te traigo el jamón».

No maduraban las moras entonces, no: que amargaran poco le importaba al hambre.

Blog: https://jaordiz.wordpress.com/

Nota:

Mi primer empacho con moras a los 9 años. Una tarde, verano, siesta y subido a un arbol. Me curo Domenica -mi nona- solo con un metro de hule y palabras mágicas. j re

 

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