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Amigos, nos vamos a México. Comienza una nueva historia -j re.

La línea de la playa muestra el fin de la plaga de langostas que cada cierto tiempo invade y estremece a los habitantes de Cuernavaca. En este caserío se junta el espíritu cerril unido a la miseria, divagando ambos por estos pueblos olvidados de la civilización. El autocar que me llevaba se detuvo. Baje y recogí mi petate. Metí mano en el bolsillo y rescate del fondo un papel arrugado y meloso. Ponía: Caterra 18. Una dirección entupida. Pare al primero que se me cruzo mostrándole aquel papel. Un gesto hosco e irregular me señalo una calle que seguí hasta dar con un emparedado de tapias. De entre ellas, una  mostraba un cierto orgullo, en el centro se aguantaba una puerta roja empotrada en un caserón antiguo. Mire hacia ambos lados y golpee con los nudillos en la madera. Se había levantado un fuerte viento que arrastraba con él la tierra de este jodido pueblo. Probé dar otra vez y percibí que se abría. Una vieja simpática pregunto:

— ¿Que desea?

—Busco a Doña Palmira.

—Soy yo —respondió. Pude observar una mujer mayor y una enagua de color ocre se mecía empujada por la brisa. Al mirarle a los ojos ella mantuvo su respuesta. “¿No se acuerda de mí? —pregunte.

—No. “Soy Grande del Cabo. El hijo de Sun”. “¡Ah!”. Su expresión fue tenue y de mal querida, tal vez no se había enterado y dejaba intuir que me había localizado en su pasado.

— ¿Y qué le trae por aquí? Ella no soltaba la puerta, ni me invitaba a entrar.

—He venido impulsado por una pregunta. Creo que Ud. conoció a mi padre y quería saber de él. Le llamaban Cárdenas. “Pase” -dijo. Un estrecho pasillo daba salida a un amplio comedor con una chimenea oxidada. La sala daba un olor a lavanda y parecía venir de fuera el ruido a unas cotorras, me imagine que estarían en el patio como acostumbran en esta región los vecinos que poseen multitud de pájaros asilvestrados que guardan en sus casas.

—Siéntese. Su mano señalaría un sillón de mimbre, frente a dos reposados y famélicos sofás en uno de los cuales ella ocuparía el otro espacio. Golpeo las palmas y una mujer joven y de buen ver apareció. Dio orden de traer naranjada con hielo.

— ¿Mi padre era? Un seco sonido me corto la inspiración.

—Yo le conocí bien   –intervino ella quien parecía haber encontrado ese espacio en sus recuerdos. Cárdenas fue mi amante —la frase seca y plomiza me permitió observar que su descripción bordeaba la acritud —para agregar, y su poder, llegaba hasta el final de este valle. Le odiaban hasta las iguanas. En las épocas malas, a la gente porque les ahogaba y en las buenas porque había que devolver sus préstamos. Al final del relato hizo un descansillo.

— ¿Sabe Vd. porque murió? “En esta comarca decimos ante una muerte extraña que habrá bebido el fiero y seco veneno al comer pescado fino –su respuesta concluyó con una sonrisa. Lo que devolví con un gesto de sorpresa.

— ¿Ud. no ha probado el pescado fino? –dijo ella mirándome con ironía. Mi turbación fue en aumento. Ella junto sus manos y formó una uve, me resistía a asociar aquello con el sexo. Pero mi suspiro enfrentado a su descaro me vendió. En ese espacio detenido y muerto en la duda personal y la complicidad de su parte salve mi impaciencia con la mujer que entro con el jarabe de naranja. Se puso de pie y nos sirvió lento, dirigiendo sus manos llenas de arrugas a cada copa y dejando que los vasos mostraran su brillo, dando al ritual una atmosfera de entrada en las confesiones siguientes. Luego fue hasta el sillón y sentada desde allí levanto la copa. Me puse de pie y le correspondí. Ella se dispuso a continuar. Previamente abrió un cajoncito, hurgo en él y me mostró una foto amarillenta. Dos jóvenes corteses y bien vestidos llenaban el ángulo de la fotografía. ¿Serían mi padre y ella? –me pregunté. El vino por primera vez a esta casa en el 29. Era un tipo fornido y descarado. Le recibí muchas veces. En aquella época, yo hacía mis servicios para el rico y el pobre. Todos buscaban encontrar un cierto arreglo a sus miedos y furias. Deje de verle alrededor de un año, pero Cárdenas regreso al año siguiente. Su fama había ido en aumento. Mis amigos me prevenían contra él. Pero aquella primera noche me perdí. En los siguientes tres años no salí a la calle, ¡enfebrecida!, hasta ¡aturdida por las esperas y renuncias! Cada vez que le veía se abría en mi interior una angustia de poseerle que  me dominaba más y más. Quise dejarle. Maldije contra el momento que le había abierto la puerta. Hasta que un buen día desnudos los dos, el no pudo conmigo. Y así sucesivamente hasta perder peso, pelo e irse apagando a pesar de visitar los médicos más conocidos. Hizo una pausa. Su piel era muy suave, le sentía más tranquila.

— ¿Y Vd. no pudo hacer nada, al ver su deterioro físico? —pregunté. “Yo preferí dejarle que a mi lado se sintiera feliz, cada noche le cantaba una vieja canción de sus años mozos”.

—Después de tantos años, ¿quién le hubiera deseado hacer daño? Metió la mano en su falda y cogió algo. Me hizo una señal y me acerque hasta ella y abrió la mano. Un ópalo azul, no muy grande, brillaba similar a una almendra. Mi gesto de sorpresa le ofendió. Pero ella dijo algo inexplicable:

—El alambre del nido se balancea, es el asno quien cultiva su ego.

Recogí aquella piedra, de sus manos calientes y pegajosas y me aparte. Cargue el bolso a mi espalda y camine por el largo corredor. Abrí la puerta. Afuera era de noche. El viento seguía soplando ramplón y seco a ras de suelo. El cielo manchado de estrellas se veía profundo y limpio. ¿A dónde ir? Pensé en volver hacia atrás y pedir una cama en un hostal, pero no me confiaba. Camine por la misma calle hasta pasar frente al antiguo cementerio, torcí un poco a la izquierda hasta dar con una posada-bar añeja y miserable. Entre en ella, detrás de un mostrador se veía una mole extraña, avance hasta estar cerca.

—Hola dijo quien se hallaba detrás de la barra. “Quiero un cuarto” —respondí. Bronco e inhábil, un gordo con barba de dos días, giro una carpeta de lomo negro poniéndola hacia mí y dijo.

—Ponga su nombre y DNI. Escribí y volví a darle vuelta hacia él. Miro en ella y pregunto: “¿Cárdenas?”. “Si”.

—Hace años vivió aquí uno con ese apellido. Es el de aquella foto e hizo un gesto hacia la derecha. Un cuadro de cristal, grande colgaba en el centro del comedor, mostraba un hombre de 60. Con gafas rectangulares y corte de cara limpia. Un color salmón y rosa le daba un aspecto inhumano. Juntos organizábamos –prosiguió el relato- las mejores partidas de póker de la zona. Compre esta posada con un préstamo que me hizo. Era buena persona, poseía un talento especial para los negocios, pero era bravucón y faltón cuando bebía de más. Hasta que un día vino a verme amarillo y a los pocos días se secó como uva vieja. Desde esa época este pueblo se ha ido apagando. Su dinero corría y calentaba a más de uno. Venga –me indico le siguiera- hasta la habitación. Al salir del rectángulo que le aprisionaba, un olor a metano descompuesto se me echo encima. Hicimos unos metros hasta llegar a una puerta. El metió la llave y giro aquello para dejar el paso libre al cuartucho.

Antes de despedirse, me miro y dijo:

—Corren malos tiempos. Tenga cuidado. Mire la hora serian cerca de las 11 de la noche. El viento daba con fuerza al ventanuco, me asome al cristal. Una luz de un farol se movía ligera en la calle. El aire barría unas hierbas secas, las imaginé como si rodaran como después de un escarmiento.

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