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by j re crivello

Me desperté cerca de las 10. Estaba hecho un lío. La Palmira me había dejado sin información y no me quedaba más remedio que volverme a casa. Me lave un poco y baje las escaleras. En recepción no había nadie y desde el comedor un ruido de platos me invitaba a entrar. Fui en aquella dirección, al entrar en la amplia sala, dos parroquianos de traje y corbata hablaban en voz muy baja.

“Buenos días” —dije. El más regordete me miro y contesto. “Hace mucho calor”. No entendí aquella respuesta. Su camisa ajada y estrecha nadaba en agua. El otro levanto la taza y sorbió su café. Al sentarme, una mujer tranquila y espesa me puso un plato con dos huevos fritos y bacón. Luego fue a buscar una taza y me sirvió café, luego agarro una jarra e hizo el ademán de agregar leche, pero se detuvo al límite como esperando mi conformidad. Asentí con una leve inclinación. El líquido espeso y cauto fue estirándose hasta llegar al tope.

—Es de cabra –dijo. Tal vez para decirme que la leche era más espesa que la conocida. No le había preguntado, pero quizás al ver mis ojos, pensó la infeliz que aquello colmaba mi inquietud. Mientras se marchaba, un enjambre de moscas planeo con fuerza en el líquido. Las aparte y me lleve la loza a los labios. Al levantar la vista mi mirada atravesó una ventana hasta dar con la foto-cuadro de mi padre. Me puse de pie y me dirigí hasta allí. Sus ojos me miraban como la miel del bosque. Estuve un rato sin saber qué hacer. De repente, sin pensarlo descolgué ese inmenso retrato y lo deposite en el suelo, lo gire un poco y mire detrás. Una letra retorcida y rojiza decía: Sauce Viejo 18. Con mis dedos intente borrar aquello y se deshizo cual frío térmico y astuto. Deje el retrato en su sitio volviendo hasta la mesa. Las moscas ya navegaban dentro del líquido y algo furiosas, se apartaban unas a otras.

Definitivamente la leche de cabra o este pueblo eran la causa. Me puse de pie y fui en busca de la mujer. Había una puerta que parecía dar a la parte trasera de la cocina y entre, lo primero que vi eran unos sacos de arpillera amontonados y encima recostada dormitaba aquella inútil. Le toque suavemente, pero no reacciono. Le empuje el hombro y despertó. Me miro. Le pregunte por Sauce Viejo 18. “Venga” -dijo. Su mano cogió la mía, transfiriendo una inusual corriente eléctrica entre ambos. Pasamos la cocina, hasta dar con una puerta. Abrió con llave un pesado portalón y al salir estábamos en la calle paralela a la entrada. Ella dijo:

—Ve aquella esquina. Siga por allí a la derecha casi hasta el final en que se corta por Sau. “¿Sauce?”.

—Si. ¿Quién vive allí?

—Un señor de mucha edad. “¿Cuántos?”.

—Más de 100. Me di la vuelta y ansioso atravesé los escasos 700 metros hasta dar con Sau. La calle solo tenía una acera y tres casas. En la 18 observé que estaba con su puerta entreabierta. La empuje y fui a dar a un pequeño patio. Unas 30 ó 40 víboras colgaban boca abajo secándose al sol. Aparte algunas y di con una puerta. Golpee. Nadie respondía. ¿Qué hacer? El viento empujaba aquellas alimañas resecas por encima de mi cabeza logrando producir una sensación de claustrofobia que me impelía a atravesar aquella entrada. Tire hacia dentro. Una habitación larga y en penumbras la cual dejaba salir un fuerte olor ¿de salitre? En una reposera un viejo tiznado, con sombrero de ala y vestido con corbata y traje negro arrugado de solapas estrechas me miraba. Dije:

—Hola.

—Le esperaba —contesto. Tome asiento. ¿Qué le trae por aquí?

—Soy el hijo de Cárdenas y quisiera saber si Ud. conoció a mi padre y… si esposible saber: ¿qué fue de él?

—Recuerdo que le enterré una tarde de mucho frío. Cave la fosa de dos metros con esmero, el cajón era de pino de Oxaca. Llevaba un traje gris con una corbata oscura. Sus zapatos estaban cubiertos con polvo cercano a las casas del río. Estaba cagado y olía fuerte. Su bigote llevaba gusto a dulce y pan frito. Le abrí la boca y vi que le habían quitado la dentadura de oro que tanta fama le había dado. Su pausa se prolongó con un eructo. Volví a insistir: “¿Asistió alguien a su entierro?”.

—Solo una mujer joven, rellena, envuelta en tul y con las botas cubiertas con tierra del río. Un sombrero pesado le tapaba media cara. Daba sensación de estar loca de amor o de odio. Al retirarse, el vaivén de sus caderas hablaba del interés por lo que dejaba del muerto.

— ¿Cómo puede saber de todo esto? El tipo se giró para dar un leve escupitajo y sus ojos recuperaron el brillo, luego dijo:

—Tanto como que sé que… Vd. aprieta las nalgas por unas hemorroides mal curadas. O, que su pelo es rebelde de la angustia de no saber porque está aquí. Es simple observación. Es mi oficio. Los enterradores conocemos a nuestros muertos pero olfateamos a los deudos, hablamos poco, observamos las ligeras expresiones de fastidio, de suficiencia, de orgullo.

— ¿Sabe dónde está enterrado?

—En el Cementerio. Conforme entra y pasa tres tumbas una losa de granito gris le delata.

— ¿Hubo algo más que le llamara la atención?, no sé, algún pañuelo, o un reloj o un cinturón.”.

—Sí. Los dos agujeros del pecho. Calibre del 38, de pistola larga y antigua de comienzos del siglo –respondió.

— ¿Quiere decir que le asesinaron? —pregunte.

—Ello lo sabe todo el mundo. Recuerdo –agregó sin pausa- que a los dos años de llegar, me visito una noche cerca de las tres. Apenas se sentó en aquella silla –y señalo a un mueble relleno de paja que parecía estar allí desde antes de la Revolución, diciendo: #me quieren matar#”.

— ¿Quién? –fue mi pregunta.

—No estoy muy versado –continuó, pero de las pocas frases que dijo una me llamaría la atención #la deuda con el matarife me ha obligado a estrangular a varios#. No fui capaz de obtener una sola palabra más. Se quedó unas horas, bebimos tequila de heno y se marchó”.

—Por cierto, pregunte: ¿quién es el más rico del pueblo?

—La viuda.

— ¿Fue la que lloraba en el entierro de mi padre? –puestos a preguntar me estaba animando. Su sonrisa se entretuvo antes de dar una contestación, pero se le escapó de su boca como resbalando un sí. ¿Dónde vive? -agregue. Él estaba agotado pero fue capaz de realizar una descripción:

—Al final de la antigua arboleda cerca del curso del río antes que este se secara. Pero… tenga cuidado, ella vive con un hombre escuálido, lento e impreciso para beber tequila pero muy rápido con la daga. Es de piel cobriza, de pies del 44, con 1.60 de altura y suele llevar un sombrero negro de ala corta y vuelta para atrás en la parte delantera. Su frente es amplia y despejada y mira desde dos vejigas azules que le han incrustado los genes de los Patricio. Aquella última descripción le dejo al borde de la extremaunción; un apellido había aparecido y pregunte: “¿Los Patricio?”.

—Es una antigua familia que vive en la calle Compromiso, 10. ¿Ha comido ya? Mire la hora, eran las 2. Estaba confuso, parecía que había llegado hace unos minutos. Dije “no”. Él se puso de pie, no era muy alto su aspecto fino y delgado, el traje negro le daba un aspecto de tipejo que vive en otra vida y saluda a esta por alguna traición anterior, caminando despacio se dirigió hasta una mesa. Aquel cuadrado tenía una lámpara que colgaba justo encima de ella. Puso una madera ennegrecida en el centro y dos cuchillos de alpaca largos, desgastados hasta dejar ver una hoja estrecha y arisca. Salió fuera y regreso con una víbora reseca, la apoyo en la tabla y corto aquello en trozos rectangulares. Puso dos vasos pequeños y una botella de tequila de heno. Se sentó y me invito a seguirle. Dijo: este tequila –mientras llenaba los vasos- lo destilábamos del heno que crecía abundante en nuestros campos, antes de que se secara el río y apareciera este viento encabritado.

— ¿Y la carne reseca? —pregunte.

—Es una costumbre de la comarca, nos encanta coger vivas a las serpientes y colgarlas boca abajo hasta que se mueren. Luego el viento y la sal que le ponemos nos la dejan preparadas y al gusto.

— ¿Cuánto tiempo las dejan… colgadas? Nunca había visto esta afición por la carne reseca y llena de antiguo veneno. Su sonrisa apareció nuevamente, era contagiosa y picara, llena de sabiduría y con ese aspecto de hielo frio.

—De dos a tres meses —respondió. Me acerque un trozo a la boca. Era recio, con sabor seco y salado. Al tragar su carne se desmenuzaba como un pedazo de cuero correoso e infame. Me explicó que le debíamos empujar hacia dentro con tequila. Me tome varios vasos rápido, sin respirar, empujaban la carne y quemaban la tráquea, luego al llegar al estómago parecía que un volcán le retenía intentando regresar hacia arriba transformada en vómito, para calmarse nuevamente.

Al salir de allí la cabeza me daba vueltas y las piernas parecían dos canguros que rebotaban enloquecidos. Pude llegar hasta la posada empujado por esa fiebre y la boca seca y agria. Al entrar el gordo ya ocupaba su sitio. Me acerque hasta él y pregunte:

— ¿Tiene agua? Me acompaño hasta un aseo y metí la cabeza bajo el chorro de líquido. Una vez más calmado me seque el cabello y vi que el gordo esperaba en la puerta. Le pregunté: ¿Qué hacen por la noche en este pueblo?

—Van todos a apostar a las peleas de gallos. “¿Me despierta a las 10? Creo que iré”.

—Vale.


 

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