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Son los Dolan. De ellos he escrito más de una vez. Vivian del otro lado de la tapia de la vivienda de mi abuela paterna. Salvajes en su vida, a veces, sentía que su casa era una esfera grande e inservible. En aquel patio del que me atrevía a espiar, casi al final, le dominaba una casa y un árbol inmenso. Luego un rectángulo de tierra sin una hoja de verde, sin ninguna maleza, ni ninguna planta.

¿Cómo era posible mantener aquel inmenso espacio de sangre marrón, tan desierto y tan plano? Debo decir que mi inquietud iría en aumento. Pasaron las estaciones, de secano, de agua; hasta estornudar el cielo y sus nubes. Siempre seco y mustio. Y en aquel escenario una niña ocasional y dos padres. De él. De su madriguera solo escapaba un ruido de trabajo. Era mecánico. Sus coches, o mejor los de sus clientes entraban por la otra calle. Da igual fuera  un motor u otro. Él se las arreglaba para disolver las dudas de su capacidad. Solo se permitía una cerveza a las siete de la tarde. Siempre fría. Y de pie. Alguna vez he visto llover con fuerza y verle tieso con su botella rodeado de aquel charco volteado encima de un motor abierto. No le temía ni a los rayos. Siempre se metía en el mismo espacio para dejar ir sus sueños. ¡Que los tenia no cabe duda! Mi abuela me había contado que su profesión era de la Primera Guerra Europea. Sin ganas de disparar, él fue el único que iba donde fuera para reparar los camiones del frente. No era muy alto, pero sus ojos verdes y el cabello rubio le daban buen parecido. De los comentarios siempre recordare aquel que decía lo siguiente:

“Padre Dolan fue a comprar pan y le vendieron una barra un poco antigua. Al llegar a su casa se enteró del engaño y regreso a la panadería sin más. Allí puso una pieza engrasada de su taller encima del pan y dijo al depositarla encima del mostrador de la panadera:

— ¡Esta esto muy sucio! Y luego mirando a la dueña –preguntaría: Puede ser que me haya parecido que el pan que me ha vendido hace unos minutos era… ¿de ayer? Y, cuentan los lugareños, acto seguido golpeando con la barra destrozo los cristales donde se exponía el pan fresco. Nadie en el barrio fue capaz de denunciarle, ni en ese ejemplo ni en los que se labro en sus 30 años. De lo cual mi agujero en la tapia era tan vil y austero que lo encendía a las siete, siempre estaba convencido de sintonizar con sus sueños.

Pasados los años, he llegado a la conclusión, que aquello que imaginaba y veía de sus actos, eran labrados con rabia. Y, no disminuía el desmayo en su insolencia. Tan secos, como el rectángulo de tierra que le prestaba cobijo.

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