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pintura de Mario Krmpotic Valenchic

by J re crivello

La mañana es particularmente fría. En el alto Manhattan un taxi de amarillo bengala deambula solo. La ausencia de señales físicas marca la transición de la noche al día. Nadie conoce como U Faber –su conductor– como la rabia de la ciudad produce un ruido extraño. Es como si esa falta de silencio se apelotonara en las esquinas y rodeara las almas que esperan en el semáforo. Lleva hora y media sin caja. Duda en si regresar a su piso del bajo Manhattan y fabricar bolas de patata para la cena de la noche, o comprar una botella de güisqui para sus visitas. Pero se la jugará en los próximos 200 metros, en esa esquina de la 13 y 20, donde las prostitutas recalan cuando los sables de la noche han menguado sus fuerzas. Ve que le hacen una señal. Su futura clienta es joven y provocativa. Al subir un ópalo de brillante marca dos piernas delgadas, largas, extremas en su curvatura y con lunares aislados, casi como una película de Tarantino, y él, sintiéndose el capitán de Sim City. Mira por el retrovisor, el humo deja escapar dos ojos verdes que le inyectan dulzura en un mundo escamoteado a la solidaridad. ¿Sera yonki? ¿Comerá pavo asado los finales de año? ¿Tendrá un pescadito azul colgando entre sus senos? La impaciencia de los taxistas y sus sones incluyen una gran colección de clientes del asiento de atrás. Ella dice:

–A tres millas de aquí, Verbotten 12.

– ¿Es aquella zona de apartamentos de lujo? –pregunta el. De nuevo los ojos inmaculados hablan. Cuentan que la vulgaridad espesa de esa zona no contamina aquella donde le ha solicitado como destino final. No puede evitar y mira aquellas piernas que sisean su deseo. De la larga hora del trayecto, al final cual cuchara espesa, ella remite su ansiedad, al decir:

– ¿Eres de aquí?

–Sí, de esta perra ciudad hubiera respondido, pero prefiere un suave concierto que afine tal vez como: llegué hace 5 años. No quiere confesar donde bostezaba antes, donde gemía por un pan. Así es Nueva York –para él, un temible silencio que se rompe en los semáforos.

– ¿De dónde? Aquella pregunta ya se veía venir, ya le prevenía que fuera de donde fuera le situaría. “De Barcelona” –dice

– ¡Ah! ¡Estuve allí! Es fashion.

– ¿Mucho tiempo? Dos años y comenzó a hablar en un discreto español, con incrustaciones catalanas. “Quedan dos calles” –dirá él. “¿Tu trabajas de…?”

– ¿De puta?

–Bueno

–A veces las barreras del sexo dan alimento –y ella ríe, hasta acabar en una tos de cigarrillo mal curada– Qué, ¿vas a salvarme de este mundo? U Faber sonrió. Y se detuvo frente a un edificio con portero, alfombras rojas y dorados en los pomos. Volvió a mirar hacia atrás, los ojos verdes con un suave latiguillo rojo a su alrededor no dijeron nada. Un taxi de Manhattan es irreconocible en la carnicería de emociones que desata cada semana. “¿Bajas?” –pregunto ella

–Soy de los que me enamoro –respondió.

–Yo también. Mi nombre es Sara Vollendam. Aparcaron el coche. Ella compro dos cafés, el unas madalenas puertorriqueñas que le aconsejaban sus amigos. ¿Llevas protección?  –pregunto él. Sara sonrió, al estrechar su mano una corriente cálida y rellena de sal les catapulto al apartamento. Dicen que los coitos de desconocidos son frenéticos y les parecerán a sus miembros, como una subida al cielo y un descenso suave y en zigzag. Ella mordió sus labios y recito:

– ¡Ya no estoy triste! El respondió

–Los taxistas soñamos… hasta que. Podríamos decir que la gran ciudad es un cumulo de encuentros, banales, divertidos, malditos y algunos de sexo, donde al atravesar ese territorio uno conduce cegado por el deseo y… a veces al despertar su agitación es un drama o una violenta emoción que nos refunda.

–Hueles a almendra –dijo U Faber

–Es mi lunarcito que le cuido con crema de la Para-farmacia –respondió nublada de verde Sara V.

 

 

 

 

 

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