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By juan Re crivello Este capítulo pertenece al libro de ficción histórica  Kennedy (obscenity) Imagen del barcelonés y  diseñador Mario Krmpotic Valenchic (C) Derechos reservados

 

9M79, era un número de taxi que le llevaba por Times Square. Pero para Mardi Grass, su alma había dado un vuelco, las imágenes que rodeaban la plaza eran de origen ruso, la antigua URSS, el acorazado Potemkin en un gran telón de 1905 y grafías de la hoz y el martillo. Mardi parecía despierto pero murmurando ante un nuevo enigma, inclusive el hotel infinito de Hilbert donde se alojaba, ya era de por si un atrevimiento y el recorrer esta espectacular puesta en escena le daba un toque surrealista. El puertorriqueño que conducía, fumaba un porro grande y redondo que llenaba de humo su coche, dentro la decoración recargada de juguetes, hacía honor a la hoja de marihuana, por ello Mardi se atrevió a preguntar en español:

– ¿Esta calle esta siempre con imágenes de Rusia?

–No, la han puesto esta semana para recordar aquellos años en que sus cohetes llegaban hasta la Luna. Es una idea de la NASA para homenajear a la carrera espacial con los rusos. Lo escuche por la radio –agregó.

–Y ¿le gusta?

– ¡Una mierda! Me parece fea, yo metería hojas de marihuana.

– ¿Por qué?

–Es el  color que hace feliz a la gente. ¿Dónde le dejo? Le va bien allí, dijo señalando un pequeño espacio casi en el límite de esta bella plaza.

– ¿Ve aquella rubia de mini falda? Ella me espera

– ¡Es una bomba! Todo piernas chico, –su acento cantaba. A lo que respondí

–Una bomba americana rodeada de cartelera rusa. El río, –y agregó

–Solo las rusas les superan. Conocí  a una que rezaba antes de follar, luego era un caramelo,  –según relataba—,  ella se volvía virgen porque su físico se estrechaba allí abajo hasta restituirse a su origen –y aumentando la voz– cada vez que pasaba una temporada sin encamarse.

– ¿Virgen?

–Pues, no sé qué propiedades tenía su piel, cerrada y tiesa. A mí me afectaba, por ello me compraba unas cremas en la farmacia, que aflojaban la presión de su virginidad y me quitaban la irritación de los días siguientes, sino no me era imposible trabajar en el taxi durante dos días. Se llamaba Verónica. Antes de hacer aquello, ella se untaba todo su cuerpo con crema de serpiente para parecer  más elástica, o eso decía. El olor y al sentir que me pegaba a una crema rara y resbalosa me resultaba desagradable, aunque… ¡ah!,  con sus vodquitas que preparaba me derretía. Hemos llegado –agrego–. Son 15 dólares.

– ¿Y si le llamo cada tanto para que me lleve por la ciudad? –pregunté.

– El coche es mío –respondió– ¿le parece, que lo haga de las seis de la tarde en adelante? “Ok”.

–Este es mi teléfono. Me llamo Mardi Gras —dije— Pagué y al bajarme saludé a mi amiga. Había contactado con ella vía Face, quería comprar  una colección de postales que vendía a buen precio. El vintage estaba de moda, me había quedado en paro en Barcelona e intentaba dar un vuelco a mi vida, quizás me estableciera un tiempo en Nueva York. Se llamaba Elsa Rockefeller, anticuaria, de unos 30 años, dura y recia en la mirada, de piernas largas, cabello rubio, y ojos azules. Desde que me agregue por Face a gente de esta ciudad, venía con una lista a quienes iría visitando. La cita la acorde hacia un mes.

– ¡Hola! –dije y ella respondió muy bajo

– ¿Ha llegado bien? ¿Dónde se hospeda?

–En el Hotel infinito de Hilbert.

– ¿Aquel que esta entre la 56 y la 68, del cual dicen que sus huéspedes se cambian de habitación?

–Sí. Una maravilla –dije sin creérmelo, aunque hubiera dicho lo mismo que el taxista ¡sus piernas son tan afiladas que desmayan! Pero opte por el clásico: ¿un café? Ella respondió con un acento spanglish. Recuerdo que entramos a una cafetería llena de imágenes de béisbol. Y al beber me desmaye. Desperté en un comedor amplio frente a Central Park, de grandes ventanas, una manta encima y unos tacones rojos que acomodaban a una señora que me daba la espalda. Elsa se giró y dijo:

– ¿Estás bien?

– ¿Qué me ha pasado? –pregunté

–Un corte de digestión quizás. O, la falta de aire. Decidí traerte a mi estudio. Está a pocos metros del lugar. Llame a mi seguro y dos enfermeros te cargaron. Me puse de pie y me permitió lavarme. Estaba bien y me había regresado el buen humor. Ella me pregunto si quería dejarlo y vernos otro día, pero me sentía bien y pensé que podíamos seguir. Serían las dos del mediodía. Al aceptar, ella llamo a un Restaurante chino y comimos. Desde esos grandes ventanales aparecía Nueva York llena de fuerza y sabiduría. Le pregunte si era familia de los Rockefeller, y me respondió que era una nieta directa. El giro inesperado nos había acercado a una mayor intimidad, pude percibir una mujer culta, llena de aspiraciones pero cargada del mal femenino contemporáneo, la ausencia de confianza en los hombres y una relativa soledad que me embriagaba. Sus diferentes poses de aquí a allá, mostraban un excelente diseño de sus  formas, pero cada vez que relajaba el mentón hacia abajo, aparecían unos brillantes ojos que entraban en ráfaga. En la mirada actual siempre combinamos la desconfianza con la seducción, Elsa asomaba en intensas y superpuestas calidades de seducción. Pero aquellas ramas de la presencia femenina se doblegaban ante su coraza defensiva. Una prueba de ello puede ser uno de los diálogos de aquella brillante tarde:

–La selección de imágenes es maravillosa ¿Cuánto pides por ellas? –dije- inclinado en una mesa frente al portafolio.

–100.000 dólares

– ¡Joder!

– ¿Joder que significa? –preguntó

–Es una exclamación de sorpresa, muy vasta, y también una acción de follar.

– ¿Follar? Los hombres españoles sois como los italianos ¿unas máquinas de… follar?

–No –que iba a decir, tal vez negar nuestro tradicional deseo de saltarles encima, pero opte por decir, somos más austeros en las formas. Pero intensos y con medias verdades.

– ¿Medias verdades? Pude ver que no entendía la frase e insistí:

–Decimos que vamos, no deseamos aquello que damos por supuesto, pero nos remitimos a follar

–O sea, queréis un deseo ¿un estoque? y lo atraéis con una capa roja que ondula y distrae.

– ¡Bravo!

–No, bravo no, las mujeres deseamos hombres ardientes que nos intuyan, pero no nos distraigan. El arte de amar es complejo, pero acepta golpes directos. Y se puso de pie. Ven  –dijo. Y me mostró una serie de grabados referidos al amor en el siglo XVII. Las poses sucesivas hablaban de escenas tórridas detrás de distracciones para asegurar la posición conquistada. ¿Los españoles estáis en el siglo XVII? –dijo. Me sentía fuera de juego. Sus manos suaves e intensas despejaron el espacio para guardar aquellas láminas. Solo pude confirmar que mi razonamiento relativo al amor no encajaba en el espíritu de esta ciudad, o era latino y azuzaba, o era sajón y remaba dentro de la ola estilo Obama. Los toreros no eran bien recibidos, estaban anticuados en la femineidad contemporánea. ¿Cómo podía recomponerme?

–Con respecto a las láminas –dije. Es un presupuesto muy alto, pero ¿podrías autorizarme a encontrar un comprador mediante una comisión del 10%? Ella no respondió, si pude escuchar una nueva pregunta:

– ¿Quieres un café? Asentí y le acompañe hasta una cocina sencilla. Mientras ponía dos tazas, recordé la escena de publicidad de esa deliciosa experiencia que un actor utiliza para vender los famosos Dolce Gusto. Era definitivo, los italianos intuían que el juego era la primacía de la conquista y los españoles atraíamos para matar. Ellos demasiado directos, nosotros ambiguos e intensos.

– ¿Azúcar?

–Sí.

– ¿Qué haces mañana a la noche?

–Nada

– ¿Quieres ver una película conmigo?… En casa

–Vale. La taza de café me temblaba en la mano. Anochecía y me debía ir. Bebí un sorbo y me invente una salida para escapar de aquel embrujo latino que me rodeaba. Y, dije: ¿nos vemos mañana?.

–Ok. Central Park estaba muy cerca del Hotel infinito de Hilbert y decidí caminar. Hacia una temperatura de comienzos del invierno pero se respiraba un aire de ciudad inquieta.

 

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