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To set Up –cap. 11

“Su leyenda sedujo a la leyenda. El suyo fue el misterio oculto en el corazón de la caldera de la ilusión y el engaño (1). Para algunos, era el mal encarnado, para otros, el tipo más simpático del mundo”

Kennedy Obscenity. El lunes continua y para hacer gusto a la boca, va una de Don Elmer -j re

Dom Elmer decidió salir del bar. Fuera hacía un calor tremendo. En esta zona de Sicilia se ve como el largo día se estira, hasta dejar a sus habitantes fastidiados. Tenía que ir a comprar un pollo. Su costumbre era visitar el carnicero que estaba al lado del garito donde jugaba a las cartas. La tienda era muy antigua y si uno le pedía le mataban el bicho en su presencia. Al entrar no había nadie, le dejaron elegir un pollo marrón de pintas doradas y espolones anchos y duros. El dueño solo dijo: “estos los traen de una localidad de Barcelona, del Prat, son muy sabrosos”. Dom Elmer pensó, ¡quien narices es capaz de vender pollos venidos de tan lejos! En dos segundos una vez muerto el animal, pudo comprobar cómo le sumergían en agua caliente y como sus plumas se ablandaban. “Es de 4 kilos” -dijo el carnicero. Dom Elmer siguió el recorrido visual del despiece, hasta que un detalle le llamo la atención. La daga que iba y venía, tenía unas inscripciones en chino. Nunca se había detenido a mirar a los empleados, al levantar la vista pudo comprobar los rasgos asiáticos del ayudante del carnicero. Ante lo cual, pregunto: “¿es Ud. chino?”. El tipo le miro y dijo: “si”. “¿De dónde?” -pregunto. “De Shanghái”.

“Hace mucho que vive en Sicilia” siguió insistiendo Dom Elmer, su interlocutor respondió: “no, tan solo llevo aquí tres años”. Dom Elmer era un buen coleccionista de historias, la respuesta le llevo a relacionar las noticias o rumores que corrían en los últimos tiempos. Que: si los chinos se lo están quedando todo, que tal o cual. O, que el mercado de la coca está siendo dominado por una triada de chinos que han llegado hace tres años. ¡Madre mía! -fue su exclamación que no entendieron sus dos acompañantes.

Fue hasta la caja a pagar. Luego mientras se despedía del carnicero amigo, abrió la puerta que daba a la calle, con un acto reflejo intento apoyarse en la manivela para bajar dos escalones y empujo suave, le tranquilizaba saber que fuera le esperaban sus guardaespaldas. Sin mediar pudo ver la reacción de tres chinos que le dispararon a quemarropa, al caer fue a dar con una esquina de la pared que le rozo la frente. Aun no estaba muerto, podía respirar, su cabeza zumbaba mientras susurraba ¡malditos hijos de perra! Un tipo de cara asiática y mirada felina le salto encima, su daga, ¿era la del pollo?, ¿era la del carnicero asiático? Y le entro directo por el pecho. Dom Elmer se abandonó. Si alguien hubiera podido estar en su cabeza, tal vez lo último en pensar hubiera sido:

“La triada ya nos ha ganado”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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