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–Cap. 13 (a & b) Final de Kennedy Obscenity Los publicaré sábado y domingo. -j re

He recibido un mensaje de un miembro del Servicio Secreto. Me aconseja que en el viaje a Dallas mantenga la calma. Está escrito en un papel del lateral del New York Post: en Dallas pueden existir… cap 13

“–Chico, aún recuerdo cuando te montaste en mi taxi por primera vez.

–Era un novato.

–Tenías un aire de provincia.

– ¿Cómo cuál?

–Como aquel, y Braun P señaló un tipo medio rollizo de cabello peinado hacia atrás con un poco de gomina que bebía una cola en una de las mesas”. Cap 13

 

  -Cap 12 La Baraka (a)

–Hola. En la puerta de entrada de mi hotel estaba de pie un tipo gigantón con gafas de sol y rasurado al estilo maquina Philishave. Su peinado de nácar muy corto, amarillo y un lunarcito en el lateral de la nariz –del que no había reparado en mi última entrevista me decían que había charla. Salude al Director de la CIA; para Robert Rod aquella era una mañana fresca. En mi caso, Nueva York estaba en marcha desde la noche anterior e iba a ver el trastero gigante donde mi Director guardaba los documentos y… les acumularíamos durante años. Su cartel, lleva el pomposo nombre de “Grandes almacenes  de Servicios, Reserva y trasteros de N Y”.

– ¿Que quiere? –dije

–Me podría llevar hasta donde están los documentos de…

–Coincidimos –respondí, yo le llevo hasta allí y Ud. me da los datos del agente Joannides (1) que operaba con los cubanos. Mi insistencia no dio una solución, y rectifique buscando una colaboración, si el tipo quería visitar nuestra madriguera, preferí preguntar: “¿Qué necesita de allí?”

– ¿Tomamos un café? –respondió, como buscando un sitio para conversar. Fui tras él,  y dos moles llenas de cemento que le protegían nos siguieron. Entramos a un café asiático. Servían un jarabe hecho en África, que decían mejoraba la baraka (2). Nos sentamos en un estrecho habitáculo de casi un metro, mientras fuera montaban guardia sus colegas que por cierto hablaban con los dos de la CIA que me seguían a todos los sitios donde iba.

–Si Ud. me provee de un gráfico de los pistoleros que asesinaron a Kennedy que creo está en su poder,  yo puedo ayudarle a esclarecer este asesinato mirando en  nuestra base de datos.

– ¿Cómo conoce que existe ese grafico?

–En su momento estaba en manos del gobernador Rockefeller quien pago por el 100 millones de dólares, pero luego le perdimos la pista. No pude menos que preguntarme de donde tenía la información ¡Que estúpido! –pensé. Han oído alguna conversación en un móvil o algún mensaje. Pero no saben dónde está. “¿Por qué este afán de limpiar este asesinato?” –pregunté

–Ordenes de “el mago”

– ¿Clinton?

–Sí –respondió. Hasta ese momento no hubiera imaginado un presidente en  Washington, vestido con un turbante y haciendo favores mentales, pero  quizás tenía un don. Por ello dije:

–Tenemos el grafico pero no podemos establecer la relación con la cabeza que dio la orden pues pensamos que esa respuesta está en vuestros archivos. Aquel día se cambió el trayecto de la comitiva presidencial por la noche y, alguien dio esa orden. Ese factor y esa persona abrieron la puerta al asesino o asesinos. ¿Está de acuerdo en esta línea de trabajo?

–También lo vemos así.

– ¿Por qué tanto interés en un gráfico que tan solo prueba una hipótesis de trabajo?

–Si casamos ambos ejes –está vez parecía ser menos siniestro– estará resuelto un asesinato que resta credibilidad al sistema. La opinión pública piensa que le mato la CIA y la Administración, unidas con una parte de la Mafia.

–La opinión pública a veces es muy sabia –dije. Hace unos días estuve en Dallas ¿Sabe que me llamo la atención de allí? Su cara expreso extrañeza, pero conocía mi visita. En la empalizada detrás de Grassy Knoll, pone: “aquí estaba el otro hombre” escrita en diferentes colores,  por ciudadanos anónimos. Y ello me lleva a la misma pregunta, a la que me persigue desde hace meses: ¿Ud. conoce o intuye quien fue el cerebro?

–No, y no creo que tengamos en nuestros archivos el nombre del cerebro. Parecía transmitir una cierta frustración. Se quitó las gafas y por primera vez había un tipo de carne y hueso –dijo: he hablado de este tema con “el mago”, ha firmado una autorización especial para seguir unas líneas de investigación referidas a esos días y las comunicaciones intercambiadas. Estamos sinceramente preocupados ante las teorías de la conspiración que señalan que la catástrofe surgió desde la CIA

– ¿O fue dirigida? —dije. No sé por qué extraña situación ellos no sabían mucho más, estaba por primera vez ante una Agencia que había roto con su pasado, pero que no tenía aún capacidad de conocer los acuerdos de sus anteriores jefes; quienes por su parte, habían borrado las huellas. ¿Estamos ante un Watergate inverso? –pregunte. Su frustración de burócrata ejemplar apareció una y otra vez. Pero quizás observaba la parte en la que siempre habíamos pensado residía nuestra inocencia, considerar, que encontraríamos algún papel comprometedor y ello abriera una vía de investigación hacia el seno de la CIA y nos llevara hasta el cerebro que organizo el complot. ¿Y si no sabían nada? ¡Qué terrible! Tendríamos ante nosotros una investigación donde el cerebro habría engañado hasta al Estado. En ese aspecto mi Director era la pauta de una forma de entender el Complot alejado del terreno de la especulación. ¿Qué ocurre si Ud. convence a “el mago” y él nos brinda 10 agentes para revisar el material que hay en nuestro poder?, y del cual solo no tengo tiempo para repasar tantas cajas –agregué.

–Podría ser

–Pero esos papeles son intocables, son de una fundación que recordará el complot–puntualicé.

–Hablare con él y conseguiré otros diez hombres que revisen algunos documentos que intuyo pueden ser comunicaciones de los días previos y están a punto de ser desclasificados al cumplirse 50 años del magnicidio. Le haré llegar un mensaje en los próximos días para empezar. Hice una última pregunta antes de despedirnos

–Esos dos intentos de matarme ¿de dónde provienen? No contesto. Intuí que poseía un cierto conocimiento pero no dominaba aun la totalidad de la Agencia. Me despedí y decidí pasar antes por los Almacenes y hablar con mi Director personalmente. No sabía si estaría de acuerdo con el convenio.

 

 

–Ok. Trabajaremos con la CIA –dijo mi Director Frend Law. Estábamos en una terraza llena de grasa de alce. Debajo, en el edificio una inmensa fabrica propiedad de un chino, fabricaban potes de glucosa para hacer postres e incluían grasa de este animal para mejorar la textura. El olor que nos rodeaba era a un cierto jarabe de fresa que me daban para la tos en mi niñez. No podíamos movernos pues los barriles desparramados tapaban casi toda la vista al rio. La bruma y el color  de los ocres reinaban a nuestro alrededor. Estos sitios eran los que gustaba mi jefe para quedar y tener largas charlas donde repasaba desde la acción hasta nuestra situación anímica. A pesar de sus casi 90 años se mantenía ágil. En una mano apretaba una botella de anís pacharán, que había comprado en un súper como homenaje a nuestro trabajo en común. ¡Es la primera vez que estos miserables quieren colaborar! –exclamó. Intervine para decir que era una orden de “el mago”. Él no se inmuto, y sirvió aquel correoso líquido en dos copas brillantes y con garabatos de lagartos chinos. Venían de regalo con el anís. “El chino me dijo que si los utilizaba para disfrutar de la bebida, mis años de vida se extenderían otro siglo más”. Una mueca agridulce baño su cara. Para agregar: ¡Que imbécil!  Es probable que en esa pila de documentos que tenemos en aquellos almacenes este algo que les interese y en estos años no me haya dado cuenta. Pues bien, dile que sí y te ruego que no dejes entrar ni móviles, ni ningún artefacto que les permita copiar los contenidos. Te enviare dos colegas que harán de guardaespaldas, se han retirado hace tres años y desean volver a la acción. Ellos serán los perros de presa que impedirán que nadie salga o entre con ningún documento en su axila. Y sonrió. Estaba distendido, sus ojos brillaban y su mirada directa se atrevió a preguntar: ¿Será Carmen o Elsa? Por primera vez me hacia una pregunta personal. Pude pensar que se refería a una competición, a dos yeguas en las que cada interlocutor apostaba. Dije:

– ¡No son dos yeguas! El anís se vació y repetimos otra vez, la humedad se pegaba a los huesos. Nos despedimos y dijo:

–A mí me gusta Carmen.

 

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