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by j re crivello

A la cita con las dos llego primero Carmen, no tuve tiempo de explicarle nada, Elsa R. apareció de repente y las presente. Ambas un poco turbadas siguieron el juego. ¿Debía hacer un preámbulo? Opte por ser directo –y dije:

–Estamos aquí porque… estoy enamorado de las dos y… no puedo elegir ¡no se hacerlo! ¡Nunca estuve enamorado de dos a la vez! –exclamé–. Y luego me hundí en un silencio, pero pude observar sus rostros. Carmen formó sus dos clásicos posos en las mejillas, Elsa dejo que sus labios rozaran discretamente uno encima del otro. Al fin Carmen –dijo.

–Algo intuía.

–Y yo.

–Pero, no podría haberme imaginado que mi rival era tan guapa –agregó Carmen.

–Y que tú fueras tan felina –a punto de reír abiertamente. Mi orgullo masculino estaba chafado, hundido en aquel espacio no sabía cómo reaccionar. Un golpe en mi cara, suave, irrepetible –por parte de Carmen–, quien dijo:

–¿Y tú que propones?.

–Estoy exhausto –dije–.

–Mira que ¡eres tonto! –dijo Elsa R.

–Y un recién llegado a esto –agrego Carmen.

–En mi caso –dije– ¡de las dos!, pero me temo que no quieran compartir.

– ¿Me propones nos casemos? –dijo Carmen, con una cara reluciente y alegre.

– ¿Me propones boda? –dijo Elsa. De repente un castillo inmenso se derruía y pasaba de dos amantes, a dos esposas y cuatro suegros.

–Te advierto que no tengo traje de boda –dijo Elsa R. “¡Ni yo! –agregó Carmen y siguió– “Mardi has tenido la mejor idea de tu vida, casarte con una rusa y una americana”. La risa de ambas era incontenible y en mi caso solo deseaba que un tajo me liberara de una, ¡de tan solo una!

–Pues pongamos fecha –dijo Elsa R. Mi estupor ya no resistía. De desear el final, cada minuto que pasaba me unía más a las dos. Propuse una tregua de ¡5 minutos! Pedimos la cena, elegimos un buen vino, mientras sus sonrisas se mantenían –dije.

–Me parece muy bien que me sigan el juego. Antes de pelearnos es mejor este show. Sus dedos se movían como diciendo no, estás equivocado, nos gusta la idea. Lo cual me hundía cada vez más. Las risas se espaciaban, en Elsa el mordisqueo de su labio había desaparecido y Carmen balanceaba las piernas protegidas al final por dos zapatos rojos. Al descubrir que no había solución propuse un juego. Yo preguntaba y ambas respondían. Asintieron.

– ¿Te gusta la música?

–Siempre –dijo Carmen

–A ratos –respondió Elsa R

– ¿Viviremos juntos los tres? –pregunte, destrozando ya mis últimas defensas.

–Claro.

–Me encanta la idea –agrego Elsa R.

–¿Tendremos hijos? Ya había perdido el norte, y hasta deseaba ser padre.

–Uno –dijo Carmen

–Dos –rio Elsa R.

– ¿Nos acostaremos juntos? –pregunté.

– ¡Uff!

– ¡Uy!

–Y si nos peleamos ¿Quién echa a quién?

–Yo daré la razón a Elsa –dijo Carmen

–Y yo a Carmen.

– ¡Dios! ¿Qué hago?

–Amarnos –contestaron a dúo. La cena acabo siendo una excelente receta de risas, pero me sentía atrapado por la idea de cuando nos acostáramos ¿Cómo narices actuaríamos? Abandonamos el restaurante cerca de las 12 de la noche. Al llegar al taxi, Braun P entreabrió sus ojos y se dispuso a escuchar. Intuía que parecía vivir una de aquellas grandes sesiones en la cual agregaría un lio más a su colección de historias del taxi. Me senté en la parte de atrás, en el centro. ¿Sería este mi sitio a partir de ahora? Le pedí nos llevara al hotel aunque se encontraba a pocas calles de allí, no podía permitir que Braun P no sintiera ese gran momento. Los minutos de silencio se hicieron largos e imprecisos, la fuerza del enamoramiento y la novedad nos mantenía en una nube. Como siempre mi taxista puso la radio y abrió el fuego:

–En casa de mi madre, ella cocinaba sopa de ajo, decía con alegría: “verás Braun que nunca probaras sabores tan intensos”. El silencio continuo. Aquella intervención se diluyo y percibí que dos manos me rozaban. Braun volvió al ataque:

–Tenía una abuela, le decíamos Chiquita, que preparaba un flan inquieto. Le llamábamos así por poseer un gusto dulce mezclado con picante que provenía de una flor exótica cortada a trocitos e introducida –por mi abuela– que lo definía como “la ausencia de miedo”, para ella, quien lo probara, una serie de sucesos le llevarían a la alegría.

–Quizás su abuela tenía razón –dijo Carmen.

–A veces probar nos da un nuevo giro –agrego Elsa R–. Braun P me miro por el retrovisor, luego dijo:

–Chico, vas a desayunar, pero no a ayunar. Todos nos reímos, mientras el taxi se detenía. Él no me permitió le pagara, y me dio una botellita del fabricante chino, ponía “Jarabe del Lago –estimulante para la tos, la sexa y febril”. Al llegar a la habitación asumí que para dormir me tocaba el centro, ¿o no dormiría? Ambas se desvistieron, mis calzoncillos blancos despertaron de nuevo las risas. Decidí apagar la luz. La oscuridad me protegería, prefería no saber si cada vello o cada piel tenían dueño. Aunque el arte amatorio estaba teñido de un gran cariño. Mientras la selva de piernas se entrelazaba descubrí que mis manos y mi lengua eran más potentes que mi pene. Y a ello me aplique.

El despertador no sonó, era domingo. Alrededor de las 10 pedí un desayuno variado. Luego las desperté, sentía muchas ganas de hablar, de establecer y pactar unas normas, pero en esto aún era muy tierno. Mis dos leonas ¿las podía llamar de esta forma?, mostraron rápidamente su personalidad. Aquella dejo la mantequilla a un lado, la otra se sirvió leche desnatada y el “café está malo e insípido” –dijo Elsa R–. A una le apetecía correr por Central Park –era Carmen– y Elsa R estaba dispuesta a esperar –a lo sumo– unos minutos pues deseaba sucumbir en una exposición de pintura de Rubens que atraía a todo Nueva York.

––Pues, ¿votamos? –pregunte. “Ni hablar” –respondieron. Pude constatar que en las relaciones complejas uno debe avisar de cada gusto, o suicidarse, o ceder. Después de unos minutos el programa estaba pactado. A la mañana –o lo que quedaba de ella– Elsa R. y yo iríamos a la exposición. En la tarde veríamos la tele los tres, quizás una vieja película que elegiría Carmen –en su piso y con unos deliciosos rosquitos de chocolate que prepararía. Podía desfallecer o sumarme a ellas y su estilo femenino, cargado de pactos, entrelineas, trabajo en equipo que le distinguían del tradicional orgullo masculino de posesión y enfrentamiento. Es más, aquella tarde hasta escribiría a mi madre cuatro líneas en un folio para contarle que en Nueva York están más preparados para registrar las sensibilidades del amor. No lo entendería     –pensé– pero como toda madre le explicaría a su amiga: “mi hijo está bien y eso es lo más importante”.

Además, Elsa R y yo llevaríamos ropa para vivir unos días allí.

 

Aquel lunes, mi despertador sonó a las 7. Me estire por encima de Elsa R, dormía entre las dos pero no estaba muy convencido del sitio para dormir que me tocaba. Había quedado en los Almacenes del Alto de Nueva York para seguir desprecintado cajas, me esperaba allí mi Director. Me vestí y prepare café. En la mesa una caja rosada con flores ponía “Mardi no olvides de comprar ½ Kg de plátanos que para esta noche preparare un postre de las Antillas”. Hoy hemos decidido  dormir los tres en esta casa. “Hemos decidido” aquello me sonaba a nuevo; ¿Dónde lo decidimos?; ¿en el baño?; ¿durante el sexo? ¡Que rápida era la civilización femenina! Me apunte el encargo y puse un OK y besos en el papel.

Al llegar al trabajo, mi Jefe me esperaba sentado en el sillón azul. Le salude. Le veía con cierta alegría. Antes de comenzar, tome un café a su lado y preparamos la agenda de trabajo, le dije que me marcharía cerca de las seis.

– ¿Tienes cita Mardi? –preguntó–.

–Sí, con dos. Él sonrió –y dijo.

– ¿Has elegido a Carmen o a Elsa?

–No. Hemos decidido vivir juntos los tres. Mi Jefe respiro y saco de su bolsillo interior un pequeño libro, se puso las gafas y leyó un párrafo:

Aquellos que amen

Inundarán de cantos y esperanza

La isla

– ¿De quién es?

–Está en el Quijote, es cuando Sancho Panza se hace gobernador. Has tomado una buena decisión –agrego–, para marcar en su agenda con lápiz rojo: “cenar con ellas, luego tacho ellas y puso vosotros.

 

Llegue a casa sobre las seis, con mi medio kilo de plátanos. Estaba Elsa R, y esplendida como siempre. Corto los plátanos en rodajas y los doro en mantequilla, luego repartió las rodajas y pan previamente puesto en remojo, y los vertió en una fuente. Le echo una preparación de huevos encima y lo puso 20 minutos en el horno “Ya está” –dijo. Aproveche para subir unos documentos a la red entre los que estaba el diagrama de los participantes del Complot escaneado del original guardado en casa de Elsa. Hacía mucho que no lo miraba y pude observar que coincidía a grandes rasgos con las conclusiones a las que habíamos llegado últimamente. Los tres cenamos cerca de las 8. Carmen había estado en un chatroom practicando su spanglish con un grupo de amigos. En la conversación apareció nuestro compromiso. Elsa R, comenzó diciendo que por la mañana habían estado juntas en el loft y a Carmen le había encantado. Por ello proponían mudarse allí. Tenía un comedor estudio grande y cuatro habitaciones que podíamos repartir. Carmen pregunto:

– ¿Qué piensas Mardi?

– ¿Dormiremos juntos?

– ¿Si habrá sexo? –Dijo Elsa R. “Los hombres siempre piensan en lo mismo” –agrego Carmen

–Me gusta dormir agarrado –dije– metido en un embarazoso sentimiento       –para agregar. No deja de ser algo nuevo para mí. Si dormimos separados los tres, cuando nos crucemos de cama…

–Para el sexo –dijo Carmen

–Por ejemplo, si estoy más con una y no con otra ¡que pasara! Y si dormimos juntos los tres, pero solo lo desean uno de las dos.

–Quiere sexo –agrego Carmen

–El ruido puede molestar a la otra –agregue

– ¡O sea que tú siempre querrás! Que las que tendremos algún bajón, ¡seremos nosotras! –Exclamo

– ¿Y si lo tienes tú? –dijo Carmen

–Como tu mayor problema es este –la cara de Elsa R brillaba casi como un consuelo a mis torpes habilidades– propongo que la habitación 4 sea la del sexo y durmamos juntos. A esa habitación solo irán los que coincidan.

–Vale –dije para agregar con ironía– ¡Lo pasareis las dos juntas allí todo el día! Al tratarlas como lesbianas no les gusto, pero aceptaron que eran mis miedos en esta relación. Carmen dirigió una mirada acerada y dijo:

–Ahora que hemos resuelto ¡tus miedos!, deberías saber que el compromiso va más allá que un reparto de espacios o cultivo de la sensualidad. Allí recordé a mi amigo Braun P, esta mujer llena de una fuerza inusual me atraía. Hoy vestía un chándal de colores marrones que dejaba sobresalir su tez blanca. El acento ruso para los temas íntimos me excitaba aún más.

–Me cuesta entender esta relación a tres –intervine, casi con un tono de súplica–.

– ¡A nosotras nos es muy fácil! Exclamo con cierta ironía Elsa R, y nos reímos un buen rato. Luego Carmen dijo:

–Quiero quedarme embarazada. A la mierda con la habitación del sexo –pensé–. Es mi momento  y mi oportunidad. Mirándome agrego: Mardi no sé cómo acabara este lio, pero un hijo es una aventura. Me sentía tocado, ahora además iba a ser padre. Mi cabeza botaba de ideas donde repetía sucesivos intentos de quitar muebles envejecidos para sustituirlos con una rapidez inusual. Elsa R. a su vez –dijo:

– ¿Sabéis de esa historia de las coincidencias múltiples?

–¿?

–Es una teoría que habla que las personas sintonizan sus deseos en determinados momentos con una buena dosis de amor, sexo y salidas imprevisibles.

– ¿Y eso a que viene? –pregunte.

–Yo también quiero tener un hijo –dijo Elsa. En su mirada volaba la ilusión. Elsa R poseía esa natural convicción que surge de lo fácil y estimulante de personas tocadas con la dulzura. Me contuve pero dije:

–Ya, yo quiero tener… dos hijos. Carmen –agrego–

–Pues vamos. Mientras en mi caso pensaba que necesitaba dos momentos separados hasta acertar. La esfera práctica, la solución femenina, la irresponsabilidad bordeaban cada vez mi vida. Me sumergía en unas relaciones que le otorgaban una nueva vida a aquella anodina que había abandonado en Barcelona. Todo era un fluir donde por primera vez me permitía amar y ser amado, en la cual mis dos compañeras intuían que compartíamos un mar existencial plagado de ocultas posibilidades.

 

 

–Mardi

– ¿Qué?

– ¡Despierta! Son las 7. Carmen se puso de pie. Te has quedado dormido. Ya te preparo un café mientras te duchas. Fui como un zombi hasta el lavabo, bajo el agua apareció ante mí el recuerdo de esta noche, intensa y con un final atrevido. Al llegar a la cocina Carmen había preparado un trozo de tarta y un café con leche. Le bese. Su cara pálida y seca estimulaba mi próxima cita. “Hoy comenzare el cambio de casa a la de Elsa R.” –dijo.

– ¿Tienes miedo a la aventura? –pregunte

–No. He visto un modelo de cama redonda donde los tres dormimos con la cabeza en el centro y… tú no estás en el medio –y sonrió. Me despedí. En el taxi pude hablar de nuestra decisión de tener hijos. Braun P puso música de los Bee Gee, aquel grupo de voz chillona y azucarada de los años 70 –y dijo–.

–Chico ¿puedo ser padrino de uno de tus hijos?

–Ok –respondí.

 

Era sábado, mi Director venía a cenar, cerca de las 8. Habíamos preparado una lasaña y de postre Carmen había hecho una crema de chocolate a la naranja que se servía acompañada con un vasito de Kirsh, pero ella lo sustituiría por vodka. Al entrar, mi jefe vestía un traje oscuro de lino, con un pañuelo y corbata azul que le daba un aire de profesor distraído. El tipo congenio con ellas en el acto. Sus noventa años le impedían estar mucho tiempo de pie, le pusimos un sillón y Braun P le trajo en el taxi hasta nuestra casa. Al ser una mesa redonda a la hora de cenar se sentó delante de mí. Al ser mayor, a las 9 empezamos para que se pudiera retirar pronto. El pacto consistía en no hablar del caso Kennedy. Así que muy tradicional él comenzó por preguntar por el Barcelona y Messi. Me extendí en decir que era un grupo fabuloso, pero aquello naufrago rápidamente. Carmen pregunto:

– ¿Ud. vivió en Alemania?

–Sí, ¿Cómo lo sabe? – pregunto rápidamente el ex jefe de la CIA

–Lo pone en Internet –dijo Carmen y agrego– Pienso que vivir aquellos años debe haber sido interesantísimo. ¿El ascenso nazi le sorprendió? Mi Director se puso cómodo y acepto un cigarrillo del que dio dos caladas para apagarlo.

–Llegue allí a comienzos de 1930 y con tan solo 23 años, después de mentir sobre mi edad. No existía la CIA, sino una organización del Servicio Secreto que dependía del Ejército. Pude presenciar como la sociedad se degradaba e iba en aumento un discurso incomodo, reiterativo y con un líder de un gran magnetismo. Los rituales, las banderas, los uniformes, la riqueza de símbolos apartaban a la gente del pensamiento. El liderazgo de Hitler lo invadía todo.

– ¿Se puede decir que en esa época todos creían en su efecto salvador? –pregunto Carmen

–Era difícil sustraerse. Aún recuerdo conversaciones con amigos que no resistían a considerar sus opiniones como interesantes. Todo se solucionaba con Hitler, hasta el sexo –y sonrió–. Carmen insistió. La poderosa fuerza que ejercía mi Director detrás de una vida tan intensa, favorecía un regreso al pasado.

– ¿Estuvo alguna vez en presencia o en un acto de Hitler?

–Era muy joven, pero una carambola me situó en una entrevista para empresarios americanos que deseaban invertir, recuerdo que estaba a un metro de él. Se inclinaba lateralmente y basculaba su cabeza para mirar al interlocutor. Seria alrededor de 1935, en mi embajada estábamos muy preocupados por su creciente poderío en armamento. En esa entrevista un empresario cometió la torpeza de preguntar por Eva Braun. Hitler le fulmino con unas palabras:

–Bien. Ella prepara que el ciervo se transforme en águila. Nunca entendí aquella frase. Con Carmen nos levantamos para servir el postre, escogí las copas de vodka y apartó los platos. Antes de salir de la cocina le dije en voz baja: “ya tenemos abuelo para los niños”.

 

Un mensaje del Director de la CIA nos hizo decidir asistir con mi Jefe a una reunión en su oficina. Por más que intentamos clarificarlo previamente no fue posible, durante todo el viaje, él no paraba de protestar con insinuaciones del tipo: “ahora verás una vez que está casi todo esclarecido la intentaran enredar”, o “es una estratagema para quitarnos los fondos federales” o, “aún nos queda escanear un millón de documentos y con los agentes a préstamo vamos más rápido”.

–Aunque hayamos terminado –dije– vendría muy bien dejar una Fundación al estilo del que tienen en Israel sobre el Holocausto.

–Más sencilla –dijo sonriendo con picardía.

–Está claro –respondí. Al subir al ascensor, mi Director llevaba un traje gris con un pañuelo en tono negro y corbata haciendo juego. Sus zapatos brillaban aumentando su especial presencia. Al pasar por los pasillos y las diferentes salas el rumor de su presencia se extendía. En algunas un sonoro aplauso permitía que este ex jefe de la CIA vaciara su ego. La noticia de los diferentes periódicos de la mañana ya mostraban las líneas de trabajo que habían permitido despejar un periodo de la vida de esta nación. Camelot ¡oh Camelot! Pensaba en mi fuero interno. Tal vez mi jefe repasaba Vietnam, Watergate, las operaciones encubiertas de la Agencia. Al observar cómo le aplaudían a ráfagas, con gran espontaneidad, no podía menos que sentir una gran emoción ante este sentido hombre que solo poseía una fuerza que le alimentaba: su integridad, y el respeto a las leyes. Al entrar al despacho, no solo le esperaba el Jefe de la CIA, sino todos los Directores Operacionales de las áreas globales. . Y… un sillón azul. Aquel que habíamos traído desde Harlem. Ese era el mayor reconocimiento en su honor. Nos sentamos luego de las presentaciones de rigor. El Director de la CIA, hiso una señal y dos funcionarios entraron dos carros llenos de carpetas; en uno estaban los originales y en el otro las fotocopias. –Y dijo.

–Me complace entregarles las fotocopias de los documentos originales del dossier de Joannides. El presidente ha firmado esta mañana la orden para desclasificarlos y mañana serán entregados para su consulta a la prensa. Con estos documentos se demuestra que la CIA conocía las operaciones en curso para asesinar al Presidente John F Kennedy y no impidió, ni aborto su desarrollo. Esta es nuestra manera de reconocer nuestro error y devolver la Ley por encima de la Seguridad Nacional. Mi Director no se inmuto, espero que terminara su discurso, luego se puso de pie y al acercarse paso su dedo con la uña hacia abajo por encima de los originales. Esta forma de recibir los archivos hablaba de su excepcionalidad como persona. Luego se volvió hacia el Jefe de la CIA y esbozando una suave sonrisa –dijo:

“Muchos hombres y mujeres han muerto y otros han sido engañados, inclusive hasta han asesinado a un Presidente excepcional. Hoy podemos decir que la vía que lleva hasta Oswald está sellada, ahora nos toca delimitar las responsabilidades de la Agencia y pedir disculpas”. Luego saludo a todos e invito al Director de la CIA a la Fundación a las seis de la tarde para cerrar la Investigación.

 

 

Esa tarde los documentos de Joannides fueron escaneados y subidos a la página web de la Fundación. Luego se reunieron los 13 agentes, el hermano de Meyer Pichot, mi Jefe y yo. A las 18 Horas, llego el Director de la CIA y una visita excepcional, el Presidente Bill Clinton. Servimos champagne español y brindamos. Mi Director me cedió la palabra y dije:

–Queda mucha tarea aún, debemos escanear todos los documentos y ponerlos en la red al servicio de la sociedad. La Fundación ha llegado a un acuerdo con el gobierno de EEUU y seguirá trabajando con ellos un grupo con recursos estatales.

Señor Presidente, amigos, la tarea ha concluido, pero todos esto se lo debemos a un hombre excepcional. Señale a mi director y se puso lentamente de pie. Estaba emocionado, sus ojos brillaban una danza vivaz y llena de fuerza. –y dije:

¡Gracias! Un aplauso cerró la reunión.

 

 

 

Mardi Grass fue invitado al cementerio de Arlington por Bill Clinton, en una ceremonia sencilla, al que asistieron los jefes de la CIA, y los ex agentes de la agencia que financiaban “La Fundación” que había publicado todos los documentos. Mardi era el único civil que no pertenecía a la Institución. Pusieron tres rosas rojas en la tumba de John F. Kennedy y su Director pronuncio un emotivo discurso referido a los valores y el respeto a la libertad. Para Mardi la frase que mejor rescataba y decidió subir como título a la web, era “somos una nación de ciudadanas y ciudadanos que aceptan la ley para dirimir nuestros desacuerdos”. Antes de despedirse, Bill Clinton se acercó hasta el para darle un emotivo abrazo. Parecía que el político de despojaba de su angustia y un ser humano recaía en su hombro. Luego refiriéndose a Mardi Grass –dijo:

–Gracias por venir a este país a ayudar a encontrar la verdad. Y se dio vuelta para dirigirse hasta un coche negro donde una nube de agentes del Servicio secreto cuidaba del presidente, a diferencia de aquella infausta tarde en Dallas.

 

Al año siguiente su Director fue condecorado por el presidente George Bush. El discurso definió su tarea como la de un “agente que permitió esclarecer un asesinato que minaba las bases del sistema fundado en el respeto a la libertad”.

 

Mi Director falleció, tres años después, en el año 2005. En mi caso tuve dos hermosas hijas. Elsa Rockeffeller continuó trabajando de restauradora, y Carmen comenzó a trabajar de traductora para la ONU. Y aún continuamos los tres y nuestras dos hijas viviendo juntos. De aquella época, mantengo una cita cada semana en un bar de nombre Jake´s Dilema entre las calles 80 y 81, con mi amigo el taxista Braun P. Del que retengo sabrosos diálogos, del que comparto:

–Chico, aún recuerdo cuando te montaste en mi taxi por primera vez.

–Era un novato.

–Tenías un aire de provincia.

– ¿Cómo cuál?

–Como aquel, y Braun P señaló un tipo medio rollizo de cabello peinado hacia atrás con un poco de gomina que bebía una cola en una de las mesas.

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