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Amigos comienzo una nueva serie donde nos preguntaremos sobre Dios y nosotros. Espero ser correspondido por vuestra lectura y opinión -­j re

02- Dios y la Razón

03- Stephen Hawking y un universo donde viven otros marcianitos

04- Stephen Hawking ¿Y Dios?

05- Un mundo atroz y denso

06-Conversaciones de El escritor y Dios: Drácula

 

¿Ateo o Dios?

Hace un tiempo un amigo alemán, afincado en la cerrada y apacible villa de Vilafranca me contaría una anécdota, que de ser cierta impresionaba: “hace un año al terminar una de aquellas pesadas reuniones de empresa en Alemania, decidí ir hasta un parque y saltarme una alambrada. Al final de una suave planicie, vi que pastaba un toro. Cual sería mi sorpresa, que comenzó a correr en mi dirección, preso del pánico no pude más que quedarme quieto. Su poder y frescura le detuvo a un escaso metro y se entretuvo en mirarme un largo rato. Sus ojos de carbón me veían el alma y yo la suya. Al tiempo se alejó manso y me repuse del calambre, para salir de aquel rectángulo”

Cruel final hubiera encontrado mi amigo, pero nada diferente, seria si le hubiera acertado con sus cuernos tal cual al espectáculo que nos pasan por la tele cuando hay una corrida. Pero, el animal le perdonó la vida. Esta unión entre el hombre y el animal, tan místico en la historia española, nos lleva a considerar como un ser puede actuar cual espejo. Deberíamos decir, que la naturaleza de este animal,  que es considerado bravo, reside en su habilidad de encarar con fuerza y no distinguir más que un bulto que le acecha.

Diríamos de una manera resumida: “yo le acecho y cuando el bulto se mueve le abato para garantizar mi ego. Luego me hago la foto de rigor”.

En el garaje inmenso de la actividad humana, los animales llegan a su cita para detenerse y observar; y, los humanos desencajados llegan tarde pero dispuestos a reafirmarse. Cada uno persigue un sueño, la humana si cabe, está dominada por la cultura. Un espacio caótico, breve, ensimismado ante el fin físico pero agrupada a ese espejo que algunos llaman Dios.

Los abandonados –a la frescura atea, rezamos diplomáticamente nuestro cruel existencia, de la cual sabemos acaba sin más.

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