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A veces estimados, cuando un padre o una madre acompañan a su hijo al hospital puede ser por un accidente o por el control rutinario de una enfermedad que ha remitido pero es necesario mantener unas visitas hasta un cierto tiempo…

Nuestros hijos en esos momentos —por más que somos casi expertos en sobrevivir— nos enseñan. Con alegría, o ternura, o desagrado. Y nosotros grandes amantes de la vida guardamos en una cajita, a veces compartida con nuestra pareja o si estamos solos con un familiar ese dolor, esa esperanza, ese alivio que constata que todo marcha bien y una valla ha quedado detrás. ¡Una más! Luego subimos al coche de regreso y la conversación se diluye en senderos, en calles y laberintos, hasta algún momento encontramos solos. Frente a la vida. Frente a esa pesada y alocada pelea por ese minuto vital que se suma alargando más tardes. Es allí cuando uno rompe a llorar.

Es agradecimiento. Es calor. Es emoción que escapa. Si eres madre o padre tal vez hallas vivido este ratito de decir: ¡Gracias!

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