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Hoy nos visita Iván Regadera quien participa en el Taller de Escritura de FlemingLAB le he invitado para que nos lleve a una historia sugerente: la de los pueblos olvidados, pero en los que pasan historias extraordinarias. Mañana intentaré escribir una por mi parte e invito a quien quiera participar el día sábado. -j re

Iván Regadera

8va actividad FlemingLAB

Alfonso Carabela se llamaba el individuo, y aunque ni él ni ninguno de sus antepasados conocían el mar más que de oídas, se adivinaba en su mirada ese poso de melancolía y decisión que sólo los marinos más viejos y experimentados alcanzan a tener. Y ahí, de pie como estaba sobre una tapia a punto de venirse abajo, aguantando el equilibrio con más suerte que destreza, protegiéndose del viento con el tosco cuello del abrigo y refugiado de unas primerizas gotas de lluvia bajo un chopo retorcido pero todavía frondoso, ofrecía una estampa que venía a ser, para quien lo viera de lejos, la de una especie animal todavía no descubierta, no se sabe si mansa o de esas que muerden con rabia pero nunca a traición. Oteaba la verde campiña frente a él, mirando aquí y allá con nervio pero sin arrugar en ningún momento el semblante, divisando cortijos y masías aparentemente vacías, hasta que sus ojos se pararon en un punto blanco sobre un cerro que asomaba por encima de un pequeño bosque; allí estaba la Casa Alta, la primera vivienda, ya abandonada, de la Villa del Doctor. Bajó de un salto que por poco le costó si no un tobillo torcido sí un susto, y caminó animadamente con las manos en los bolsillos y encogiendo los hombros hasta acabar cubriendo su rostro por completo. Lo que en aquel lugar iba a encontrar todavía lo ignoraba, pero la tormenta que ya venía pisándole los talones de alguna manera le estaba insinuando que no iba a ser nada bueno.

La Villa del Doctor era una población situada junto a un cruce de caminos. El nombre de Villa no le hacía justicia, pues su tamaño era considerablemente más grande, pero en su día se pensó que llamar ciudad a algo que estaba en mitad del campo tampoco sería acertado; ya ven ustedes, como si las ciudades no hubiesen ido apareciendo así, en medio de ninguna parte, pero en fin, que al final se quedó como hoy se la conoce. Era además un emplazamiento muy concurrido ya que en realidad vivía allí un médico, el único que había en toda la zona, por lo que además de lugar de paso también era destino de muchos y muchas que, viviendo en los caserones de alrededor, aislados de cualquier cosa o persona remotamente civilizada, no tenían más remedio que ir hasta allí para resolver sus problemas de salud, si es que tenían solución, o volverse por donde habían venido sin remedio alguno y pensando que para eso bien podrían haberse ahorrado el trajín del viaje. Sin embargo, pocos eran los que regresaban, por no decir ninguno. Y es que en la Villa del Doctor había todo lo que comúnmente uno podría esperar encontrarse en sitios de esta naturaleza, véase una iglesia con su campanario, una placita con su fuente, esas callejuelas con su zapatero en un lado y su afilador en el otro, sin olvidarse claro está de las correspondiente tabernas y antros de moral relajada. Pero lo único de lo que carecía era, si no lo más importante, si al menos algo tan necesario como obvio, esto es, un cementerio. Y si no lo había era por la sencillísima razón de que ahí no se había muerto nunca nadie, lo cual no era poca cosa teniendo en cuenta que era un sitio con más de dos siglos y medio de historia. Nadie sabía por qué, pues no eran estas gentes de una naturaleza distinta a la de otros lugares, ni más fuertes ni más endebles, ni se alimentaban mejor ni peor, si acaso y dependiendo de la época del año poco o nada, que en los últimos tiempos las cosechas habían venido siendo lo que se dice escasas. Y sin embargo ahí estaban, viviendo más que cualquiera sin importar lo mucho o lo poco que llenasen el estómago. No obstante, y quizá tratando de dar una explicación a algo que de una manera o de otra debía de tenerla, los que por allí se acercaban solían coincidir en que la razón de tanta longevidad era una y no más: el médico. Y el motivo por el que nadie regresase… bueno, ese se verá enseguida.

Alfonso Carabela, enfilando ya la subidita que llevaba a la Casa Alta y después de atravesar un bosque que le había deparado menos espantos de los que en un primer vistazo y con este tiempo tan negro cabría esperar, no tenía todavía una opinión al respecto. Pero sí que había venido haciendo cábalas, y una vez estuvo junto a la vieja casona y pudo observar el pueblo desde lo alto del montículo, comenzaron a confirmarse sus sospechas y empezó a hacerse una idea de por dónde iban los tiros. Y es que si se decía que nadie allí la había espichado nunca podría ser por dos razones, siendo la primera y, a juicio suyo, menos plausible, que efectivamente en aquel lugar nadie había estirado la pata todavía; o bien, y en breve entenderán por qué, que efectivamente la gente había ido pasando a mejor vida conforme les iba llegando la mala hora pero, y aquí está el quid de la cuestión, nunca nadie se enteraba. La noticia del triste suceso apenas conseguiría llegar dos o tres calles más allá del hogar del difunto, y mucho menos fuera del pueblo. Y todo por un motivo muy elemental, el mismo por el que nunca nadie había vuelto de aquel lugar y por el que él había ido viendo tantas casas abandonadas por el camino: la Villa del Doctor era un laberinto como nunca se había visto uno igual. Tan endiablado que después de estarlo mirando un rato se había tenido que sentar encima de un pedrusco del mareo que le había entrado. ¿Y ahí dentro tenía que meterse él?

—Hay que joderse, ¿eh? – masculló.

Sólo los afortunados vecinos de las casas situadas en el exterior podían entrar y salir a voluntad. E incluso se dedicaban a lanzar enormes ovillos de lana de los colores más chillones al interior de las calles, después de sujetar uno de los extremos a cualquier árbol, a lo Ariadna y Teseo y pensado que allí, al no conocerse minotauro alguno, iba a funcionar todavía mejor; pero aquello no parecía surtir efecto, y jamás nadie se atrevió a adentrarse en aquellas profundidades para ver qué había pasado con el otro extremo del hilo, no fuese cosa que por querer saber la solución al misterio acabasen siendo una incógnita más de él. Con cuestiones similares rondándole la cabeza estaba Alfonso Carabela cuando, empujado por el mal tiempo y el frío, bajó para adentrarse en lo que probablemente acabaría siendo su propia tumba. Quién sabe, quizá la Villa del Doctor no tenía cementerio porque toda ella era uno.

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